Catecismo

9 La vida después de la muerte

La continuidad de la vida después de la muerte del cuerpo es una convicción cristiana básica. La Sagrada Escritura nos permite hacernos una idea sobre la vida después de la muerte. Además, la doctrina del más allá se basa en revelaciones del Espíritu Santo.

9.1 La inmortalidad del alma Volver arriba

El hombre es al mismo tiempo un ser físico y espiritual. La Biblia concibe al hombre como una unidad de espíritu, alma y cuerpo (ver 3.3.4). La existencia material del hombre, el cuerpo, está sujeta a la transitoriedad. Ha sido tomado de la tierra y volverá a la tierra (Gn. 3:19). En cambio, el alma y el espíritu existen para siempre (Mt. 25:46). De esa manera, está justificado hablar de la inmortalidad del alma o de la “continuidad de la vida después de la muerte".

La inmortalidad del alma no es lo mismo que el concepto bíblico “vida eterna", ya que este último se refiere a la perpetua comunión con Dios.

9.2 La muerte Volver arriba

La Sagrada Escritura habla de la “muerte" con varios significados.

En primer lugar, el concepto se usa para describir la muerte “física" del hombre, el final de su vida sobre la tierra. Cuando se ha producido la muerte, el alma y el espíritu han dejado al cuerpo.

La “muerte espiritual" es la separación del hombre de Dios que resulta de una vida en el pecado (Ro. 6:23).

La Sagrada Escritura también habla de la “segunda muerte" (Ap. 20:6; 21:8). Esta hace referencia a la separación eterna de Dios que se hará efectiva después del juicio final.

Finalmente, la Sagrada Escritura se refiere a la muerte como un poder opuesto a Dios, que amenaza y quiere destruir tanto la vida física como la espiritual. A veces este poder es presentado en forma de persona (entre otros, Ap. 6:8).

Jesucristo venció a la muerte y con ello posibilitó a la humanidad acceder a la vida eterna (2 Ti. 1:9-10). Su poder ya se manifiesta cuando resucitó a muertos (Mt. 9:18-26; Lc. 7:11-15; Jn. 11:1-44), pero ante todo en su propia resurrección (1 Co. 15:54-57).

Al final de todas las cosas, a la muerte le será quitado todo poder (1 Co. 15:26; Ap. 20:14).

9.3 Continuidad de la vida del alma Volver arriba

A través de formulaciones como “ser reunido a su pueblo" o “venir a sus padres", el Antiguo Testamento ya expresa que el alma sigue viviendo después de la muerte física (Nm. 20:23-24; 27:12-13). El Nuevo Testamento, en forma mucho más clara, da cuenta de la continuidad de la vida después de la muerte física (Lc. 9:30-31; 1 P. 3:19-20; Ap. 6:9-11).

El informe sobre lo acontecido en el Monte de la Transfiguración muestra, entre otras cosas, que después de la muerte física el hombre retiene su personalidad: aparecen allí, del más allá, Moisés y Elías, y son reconocidos como tales.

Por lo tanto, ideas como la del “sueño del alma" o la “reencarnación" (repetidas vidas sobre la tierra) se contradicen con el testimonio neotestamentario (He. 9:27).

EXTRACTO Volver arriba

El hombre sigue viviendo después de su muerte física. Mientras que el cuerpo está sujeto a la transitoriedad, el alma existe para siempre. Es inmortal. (9; 9.1)

Jesucristo venció a la muerte y con ello posibilitó a la humanidad acceder a la vida eterna. Al final de todas las cosas, a la muerte le será quitado todo poder. (9.2)

El Antiguo y el Nuevo Testamento dan cuenta de la continuidad de la vida del alma. Después de la muerte física, el hombre retiene su personalidad. (9.3)

9.4 El más allá Volver arriba

El concepto “más allá" se refiere en general a todos los ámbitos, procesos y condiciones que se hallan fuera del mundo material. En sentido más restringido, hace referencia al reino de los muertos (en hebr.: “Seol", en gr.: “Hades"). Con este significado será utilizado este término a continuación. Así, el más allá con los muertos es básicamente invisible para los seres humanos. No obstante, los difuntos en algunos casos se pueden mostrar. Establecer contacto con los difuntos mediante necromancia o consultando a los muertos está prohibido por Dios, y por lo tanto, constituye pecado (Dt. 18:10-11).

El Antiguo Testamento describe el reino de los muertos como un lugar predominantemente oscuro (Job 10:21-22), en el cual los muertos se encuentran privados totalmente de alegría (Sal. 88:10-12; 115:17). Pero allí también resuena desde la oscuridad una nota de esperanza de redención (Sal. 23:4; 49:15).

En la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, Jesucristo se refiere al seno de Abraham, símbolo de seguridad (Lc. 16:19-31). De esta parábola aún podemos deducir lo siguiente:

  • Después de la muerte física, el alma del hombre sigue viviendo en el reino de los muertos, reteniendo su personalidad.

  • En el reino de los muertos hay un lugar de seguridad, así como un dominio de tormento, separados uno del otro.

  • El lugar donde está el alma del hombre después de la muerte, depende de su conducta frente a la voluntad de Dios durante su tiempo de vida.

  • El difunto puede ser consciente de su condición. El que padece, espera ayuda.

Además, la parábola hace referencia a la resurección de Jesús, y por ende también a su muerte en sacrificio y a la posibilidad de redención basada en ella. Muestra simbólicamente las condiciones del más allá en tiempos del antiguo pacto: la sima entre el lugar de tormento y el lugar de seguridad era infranqueable en ese tiempo.

Con su mérito, Cristo, la “primicia de la resurrección" (1 Co. 15:23), venció al diablo y derrotó a la muerte (1 Co. 15:55; He. 2:14). Él también hizo accesible a las almas del más allá una posibilidad hasta entonces inimaginable para llegar a estar cerca de Dios: la sima entre el lugar de tormento y el lugar de seguridad ahora puede ser franqueada.

9.5 La condición de las almas en el más allá Volver arriba

La condición de las almas en el mundo del más allá es expresión directa de su cercanía o lejanía de Dios, y por eso es muy diferente. Por la muerte, las almas no han experimentado cambio alguno. Su condición, más bien, es idéntica a la que tuvieron durante su vida.

En relación con la cercanía o la lejanía de Dios también utilizamos el término “ámbito". El ámbito al cual llega el alma en el más allá, depende de la conducta que ha tenido el individuo frente a la voluntad de Dios. Cada uno es responsable por sí mismo. Por ejemplo, la fe o la incredulidad, el buscar la reconciliación o ser irreconciliable, el amor o el odio, no sólo modelan al hombre en este mundo, sino también para el de allende.

En 1 Tesalonicenses 4:16 se puede leer de “los muertos en Cristo". Son las almas que renacieron por agua y Espíritu y que se esforzaron seriamente por vivir su fe. La comunión con el Señor a la que llegaron en su vida sobre la tierra a través del Santo Bautismo con Agua y el Santo Sellamiento y que han cultivado en la Santa Cena, sigue existiendo después de la muerte. Junto a los creyentes de la tierra pertenecen a la comunidad del Señor y se hallan en una condición de justicia ante Dios (ver 4.2.1.2 y 4.8.2). Para tales almas, la preparación para el retorno de Cristo fue un elemento esencial de su vida terrenal y el anhelo por ese instante también las llena en el más allá. Ellas son y seguirán siendo devotas al Señor, experimentan seguridad y paz.

Sobre la posibilidad de una condición de seguridad, ya habla la Sabiduría de Salomón 3:1-3: “Las almas justas están en la mano de Dios y ningún tormento las alcanzará. Los incomprendidos les consideran como moribundos y toman su despedida como una desgracia, y su partida como una pérdida; pero ellos están en paz".

Los difuntos en Cristo tienen acceso a la palabra de Dios. En la palabra, así como a través de la Santa Cena que les dispensan los Apóstoles (ver 12.1.9 y 12.1.13) reciben lo que necesitan para alcanzar la vida eterna.

También llegan al más allá almas que han renacido y que no han vivido su fe. Para reparar sus insuficiencias necesitan, así como sucede en la tierra, la gracia del Señor en palabra y Sacramentos.

En el más allá, las almas que nunca han escuchado sobre el Evangelio, que nunca han experimentado el perdón de los pecados y que no han recibido Sacramento alguno, se encuentran en una condición de lejanía de Dios, la cual sólo puede ser superada creyendo en Jesucristo, aceptando su mérito y recibiendo los Sacramentos.

EXTRACTO Volver arriba

El concepto “más allá" se refiere a todos los ámbitos, procesos y condiciones que se hallan fuera del mundo material. A menudo el más allá se equipara con el reino de los muertos. (9.4)

Cristo, la “primicia de la resurrección" derrotó a la muerte y con ello hizo accesible a las almas del más allá la posibilidad de llegar a estar cerca de Dios. (9.4)

La condición de las almas en el mundo del más allá es expresión directa de su cercanía o lejanía de Dios, siendo idéntica a la que tuvieron durante su vida. Los renacidos que pertenecían al Señor se hallan en una condición de justicia ante Dios. La almas que nunca han escuchado sobre el Evangelio ni experimentado el perdón de los pecados ni recibido Sacramento alguno, se encuentran en una condición de lejanía de Dios, la cual sólo puede ser superada creyendo en Jesucristo, aceptando su mérito y recibiendo los Sacramentos. (9.5)

9.6 Ayuda para los difuntos Volver arriba

A partir del sacrificio de Cristo, ha sido posible a las almas en el más allá mejorar su condición. Así, la salvación también puede alcanzarse después de la muerte física.

9.6.1 Intercesión Volver arriba

Ya en el tiempo del antiguo pacto hay evidencias de la creencia de que es posible obrar en favor de los muertos para ayudarles a aliviar su situación: en 2 Macabeos 12 se relata sobre judíos que habían adorado a los ídolos y luego murieron en batalla. Se imploró por ellos para que estuviesen libres de pecados y se reunió dinero para comprar animales a efectos de realizar una ofrenda de propiciación. Esto se hizo en la convicción de que los muertos alguna vez resucitarían.

La esperanza en la resurrección de los muertos es desde tiempos inmemoriales un componente fundamental de la doctrina cristiana. Se vincula con ello la convicción de que la intercesión por los difuntos es necesaria y ejerce en ellos sus efectos.

Lo mismo sucede con la administración de los Sacramentos para los difuntos. El punto de partida en la Biblia es 1 Corintios 15:29: En Corinto se bautizaba a los vivos para los muertos. Esta práctica impulsada por el Espíritu Santo fue tomada nuevamente por los Apóstoles del nuevo tiempo. Así se desarrollaron los habituales Servicios Divinos en ayuda para los difuntos.

Los cristianos nuevoapostólicos interceden en oración por los difuntos: ruegan al Señor que brinde su ayuda a aquellas almas que han ido al mundo del más allá no estando redimidas.

9.6.2 Colaboración de los muertos en Cristo Volver arriba

2 Macabeos 15:11-14 explica que también los difuntos pueden interceder: “[Judas Macabeo] les refirió además una visión digna de crédito, que él había visto; esto dio valor a todos. Su visión fue tal como sigue: Onías, el sumo sacerdote, [...] suplicaba con las manos tendidas por todo el pueblo de los judíos. Luego se apareció también otro magnífico hombre anciano en preciosos vestidos, de muy distinguida figura. Onías había dicho a Judas: Éste es Jeremías, el Profeta de Dios, quien ama mucho a tus hermanos y ora siempre por el pueblo y por la ciudad santa". La Escritura también informa que los espíritus y almas de los justos pueden glorificar y ensalzar al Señor: “Espíritus y almas de los justos: ¡Alabad al Señor, glorificadle y ensalzadle eternamente!" (El canto de los tres varones en el horno 62).

Los muertos y los vivos en Cristo conforman una comunidad, juntos pertenecen a la Obra Redentora del Señor. En este mundo como en el de allende obran en su sentir, intercediendo ante Dios por los no redimidos.

Lo acontecido en el Monte de la Transfiguración confirma la convicción sobre el obrar de las almas redimidas en el más allá (Lc. 9:30-31).

9.6.3 Transmisión de salvación para los difuntos Volver arriba

Según 1 Pedro 3:18-20, los que murieron en el diluvio recibieron particular atención de Jesucristo cuando después de su muerte en sacrificio les anunció el Evangelio en el reino de los muertos. El hecho de que los difuntos, para poder “vivir en espíritu", necesitan la proclamación del Evangelio, lo afirma también 1 Pedro 4:6: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios".

Jesucristo es Señor sobre muertos y vivos; su Evangelio es igualmente válido para ambos. Está en la voluntad de Dios que todos los hombres sean salvos (1 Ti. 2:4-6; Jn. 3:16), esto significa que la voluntad salvífica de Dios es universal. La salvación es ofrecida por la prédica, el perdón de los pecados y los Sacramentos, los cuales también están dirigidos a los difuntos. Es válido para ellos como para los vivos, que la fe en Jesucristo es imprescindible para alcanzar la salvación. La redención acontece únicamente a través de Jesús.

El encargo de Jesús de anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y administrar los Sacramentos, es cumplido por los Apóstoles en los que viven como en los muertos. Ellos obran en lugar de Cristo y en su nombre. Así como Jesucristo ofreció sobre la tierra su sacrificio, la transmisión de salvación también se realiza sobre la tierra a través de los Apóstoles. Ya que los Sacramentos siempre tienen un lado visible, sólo pueden ser llevados a cabo en el ámbito de lo visible. El efecto de los Sacramentos como elementos esenciales de la transmisión de salvación, es el mismo para los vivos y para los muertos.

La dispensación del Santo Bautismo con Agua, el Santo Sellamiento y la Santa Cena para los difuntos tiene lugar al efectuarse en cada oportunidad un acto visible entre los que viven (ver 8 y 12.1.13). El efecto salvífico no redunda entonces en beneficio de los vivos sino solamente en el de los muertos.

Los difuntos que a través del Santo Bautismo con Agua y el Santo Sellamiento han experimentado el renacimiento de agua y Espíritu, se hallan en la misma posición que aquellos que murieron en Cristo (1 Ts. 4:16).

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A partir del sacrificio de Cristo, la salvación también puede alcanzarse después de la muerte física. (9.6)

Los cristianos nuevoapostólicos interceden en oración por los difuntos: ruegan al Señor que brinde su ayuda a aquellas almas que han ido al mundo del más allá no estando redimidas. (9.6.1)

Los que están en Cristo, tanto los muertos como los que viven, pertenecen todos juntos a la Obra Redentora del Señor. En el mundo de allende como en esta tierra interceden ante Dios por los no redimidos. (9.6.2)

La voluntad salvífica de Dios es universal. El encargo de Jesús de anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y administrar los Sacramentos, es cumplido por los Apóstoles en los que viven como en los muertos. (9.6.3)

El efecto de los Sacramentos es el mismo para los vivos y para los muertos. Los fallecidos que han experimentado el renacimiento de agua y Espíritu están en la misma condición que los muertos en Cristo. (9.6.3)