Catecismo

5 Mandamientos de Dios

Dios ha hado mandamientos al hombre, en los cuales da a conocer su voluntad para bien de la humanidad.

5.1 Vivir con fe conforme a los mandamientos de Dios Volver arriba

La fe en Dios repercute decisivamente en toda la vida del hombre. El creyente aspira a que sus pensamientos y sus obras sean acordes a la voluntad de Dios. Reconoce en Dios al Iniciador de un orden justo.

Para que los hombres se puedan mover en este orden, Dios como su Creador les dio mandamientos. Los mandamientos expresan la voluntad de Dios acerca de cómo debe ser la relación con Él. Además constituyen el fundamento para un buen trato mutuo entre los hombres.

Como el creyente reconoce a Dios como su Señor y es consciente de la omnisapiencia de Dios, confía en sus disposiciones, pregunta cuál es su voluntad y se esfuerza en subordinar su propia voluntad a la de Dios.

Ya en el tiempo del Antiguo Testamento había hombres y mujeres creyentes que permitían que la fe determinara sus obras; en Hebreos 11 se mencionan algunos ejemplos. Estos testigos de la fe también son ejemplos para los cristianos. Hebreos 12:1 exhorta a despojarnos “del pecado que nos asedia" y en la lucha contra el pecado transitar con paciencia el camino de la fe.

El ejemplo más grande es Jesucristo, el Autor y Consumador de la fe. Él era uno con su Padre y siempre colocó su voluntad bajo la voluntad de Dios (Lc. 22:42). Su obediencia incondicional, el cumplimiento de todo lo indicado por su Padre, convoca al seguimiento y exige un modo de vida conforme a su ejemplo: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor" (Jn. 15:10). Así Jesucristo es para todos los que lo siguen en obediencia en la fe, el Autor de eterna salvación (He. 5:8-9).

El reconocimiento de que la salvación se alcanza recibiendo los Sacramentos, forma parte de la fe de un cristiano. Aceptar estas acciones salvíficas de Dios y esperar el pronto retorno de Cristo hacen “que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tit. 2:12-14).

“Vivir en este siglo piadosamente" significa que a partir de nuestra confianza infantil orientemos nuestros pensamientos y nuestras obras en la voluntad de Dios sin santidad fingida ni hipocresía. El fundamento de la confianza infantil en nuestro Padre celestial es su amor al ser humano. En obediencia en la fe, el hombre se subordina a la voluntad divina.

Alentar la “obediencia a la fe" en el nombre de Jesús, es tarea del ministerio de Apóstol (Ro. 1:5; 16:25-26). Quien se halle en esta obediencia, orientará su vida conforme a la doctrina de Cristo (Ro. 6:17). Esto es vivir verdaderamente con fe conforme a los mandamientos de Dios. De esta manera se manifiesta el amor del hombre a Dios.

EXTRACTO Volver arriba

Los mandamientos expresan la voluntad de Dios acerca de cómo debe ser la relación con Él. Además constituyen el fundamento para un buen trato mutuo entre los hombres. (5.1)

En la fe el hombre reconoce a Dios como su Señor; confía en Él y aspira a que sus pensamientos y sus obras sean acordes a la voluntad de Dios. (5.1)

La obediencia incondicional de Jesús a su Padre convoca al seguimiento y exige un modo de vida conforme a su ejemplo. (5.1)

5.2 Los mandamientos de Dios, expresión de su amor Volver arriba

Dios es amor (1 Jn. 4:16) y sus mandamientos son expresión de su amor. El objetivo de los mandamientos es ayudar al hombre a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios y en una armoniosa relación con los demás. Los mandamientos de Dios deben impulsar al hombre al “amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida" (1 Ti. 1:5).

Dios creó al hombre y lo bendijo. Lo ama desde el principio y aun después de haber caído el hombre en el pecado, le sigue brindando su amor y protección. Todo el obrar divino de salvación se fundamenta en su amor. Por amor eligió al pueblo de Israel (Dt. 7:7-8). Mediante los mandamientos, Dios anuncia su voluntad a este pueblo, por el cual deben ser bendecidos todos los pueblos, a fin de protegerlo y, como la máxima expresión de su amor por el mundo (Jn. 3:16), brinda en medio de este pueblo a su Hijo Jesucristo.

También Jesucristo hace alusión a la extraordinaria importancia que Dios le brinda al amor ya en la ley y en los anuncios proféticos en el antiguo pacto. A la pregunta por el “gran mandamiento en la ley" (Mt. 22:36), Jesús responde con dos citas de la ley mosaica: “‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente´. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo´. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas" (Mt. 22:37-40).

Jesucristo es el final del antiguo pacto y el comienzo del nuevo. En el nuevo pacto, Dios hizo accesible al hombre la posibilidad de llegar a ser su hijo y recibir la esencia divina por excelencia, que es el amor: “... porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado" (Ro. 5:5). Este amor inmanente a Dios ayuda a reconocer que en los mandamientos de Dios se manifiesta ese su amor. Esto lleva a cumplir los mandamientos no por temor al castigo, sino por amor al Padre celestial: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos" (1 Jn. 5:2-3; comparar con Jn. 14:15, 21 y 23).

5.2.1 El amor a Dios Volver arriba

El amor del hombre a Dios y a su prójimo se fundamenta en Dios. El amor es la esencia del Creador y por eso es eterno: el amor divino existe desde antes de todo lo creado y no acabará jamás. De Dios, por Dios y para Dios son todas las cosas (Ro. 11:36).

Por el amor que Dios le prodiga al hombre, se desarrolla en el creyente el deseo de retribuir ese amor (1 Jn. 4:19). Así como la fe es la respuesta del hombre a la revelación divina, así su amor a Dios es la respuesta al amor divino recibido.

Sirach 1:14 dice: “Amar a Dios es la más hermosa de las sabidurías". Quien ama a Dios, ansía lograr la comunión con Él, para lo cual contribuye particularmente que el amor de Dios haya sido derramado en los corazones de los renacidos por el Espíritu Santo (Ro. 5:5). Gustando dignamente la Santa Cena, el amor a Dios se fortalece, crece en el renacido y trasciende en él cada vez más.

Quien ama a Dios, sigue el amor (1 Co. 14:1). Amar a Dios es un mandamiento que comprende al hombre íntegramente y exige su total disposición: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas" (Mr. 12:30). Cumplirlo da contenido y sentido a la vida.

El amor a Dios debe caracterizar la naturaleza del hombre y determinar su conducta.

EXTRACTO Volver arriba

Los mandamientos de Dios son expresión de su amor. Su objetivo es ayudar al hombre a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios y en una armoniosa relación con los demás. (5.2.)

El reconocimiento del amor de Dios en sus mandamientos lleva a cumplirlos no por temor al castigo, sino por amor a Él. (5.2)

5.2.2 El amor al prójimo: el amor a nuestros semejantes Volver arriba

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv. 19:18). La ley mosaica consideraba como “prójimo", en primer término a los miembros del pueblo de Israel; en principio este mandamiento sólo tenía validez en este marco. Sin embargo, más adelante fue ampliado en cuanto a que debía proteger también a los extranjeros que vivían en la tierra de los israelitas (Lv. 19:33-34).

El Hijo de Dios fusionó el mandamiento de Levítico 19:18 y el de Deuteronomio 6:5 en un doble mandamiento del amor (Mt. 22:37-39).

El ejemplo del buen samaritano (Lc. 10:25-37) demuestra que Jesús derogó la delimitación del mandamiento del amor al prójimo que regía para Israel. Mostró que nuestro prójimo es el necesitado. Queda abierto si se trataba de un israelita o un gentil: “Un hombre descendía de Jerusalén ...". El prójimo es, por otro lado, el que ayuda; en la parábola, a un miembro de un pueblo despreciado por los israelitas, un samaritano. Se pone en evidencia que en el instante mismo en el que una persona ayuda a otra, los dos se transforman en prójimos el uno del otro. Por lo tanto, el prójimo pueden ser todas las personas con las que nos relacionamos.

Basándonos en este pensamiento se puede deducir que también debe ampliarse el ámbito de aplicación de los Diez Mandamientos (decálogo) y que por lo tanto, son válidos para todos los seres humanos.

La mayoría de los Diez Mandamientos se refieren al prójimo (Ex. 20:12-17): esto sería subrayado por el hecho de que el Hijo de Dios frente al joven rico, además de otros mandamientos del decálogo, mencionó el mandamiento del amor al prójimo (Mt. 19:18-19).

El Apóstol Pablo considera que las disposiciones que se refieren a nuestros semejantes, están unificadas en el mandamiento del amor al prójimo (Ro. 13:8-10). Este reconocimiento se basa en la palabra del Señor de que en el doble mandamiento del amor reside “toda la ley y los profetas" (Mt. 22:37-40). Este enunciado también está en el Sermón del Monte, y precisamente en relación con la “regla de oro": “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas" (Mt. 7:12).

Toda persona puede ser nuestro prójimo. Cuán consecuente es Jesús cuando se refiere a esto, también surge del Sermón del Monte, donde exhorta a amar incluso al enemigo.

El amor al prójimo induce a practicar la misericordia con todos cuando están necesitados de ella, incluso con los enemigos. En la práctica, el amor al prójimo se encuentra, por ejemplo, en la acción desinteresada en bien de otros, principalmente de aquellos que de alguna manera son discriminados.

Los seguidores de Cristo no sólo son convocados a practicar el amor al prójimo en asuntos materiales, sino asimismo a llamar la atención de los hombres hacia el Evangelio de Cristo. Esto es amor “de hecho y en verdad" (1 Jn. 3:18). En relación con esto también está la intercesión por los difuntos.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt. 22:39): estas palabras de Jesús confieren al hombre el derecho de pensar en sí mismo; por otro lado, el Señor coloca límites claros al egoísmo y exhorta a tratar con amor a todos nuestros semejantes.

El amor al prójimo practicado en todas sus formas, merece un gran reconocimiento. Cuanto más se aplica, más necesidad se aliviará y tanto más armónica será la convivencia. La doctrina de Jesús muestra que el amor al prójimo llega a toda su plenitud a través del amor a Dios.

5.2.3 El amor al prójimo: el amor en la comunidad Volver arriba

El amor al prójimo se debe hacer evidente ante todo en la comunidad: “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación" (Ro. 15:2). Jesús enseña: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado [...]. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Jn. 13:34-35). Por lo tanto, el amor que los seguidores de Cristo se profesan entre ellos, es una señal que distingue a la comunidad del Señor.

El parámetro utilizado para medir su amor pasa por la “regla de oro" de Mateo 7:12: Que cada uno ame al otro, así como Cristo a los suyos. Este amor se hizo ostensible en la primera comunidad cristiana cuando la multitud de creyentes eran “un corazón y un alma" (Hch. 4:32). Igualmente las comunidades fueron exhortadas una y otra vez a que hubiera en ellas reconciliación, paz y amor.

1 Juan 4:7 y los versículos siguientes relacionan el mandamiento del amor recíproco con el mandamiento del amor a Dios. El Apóstol describe, en el envío de su Hijo y en el sacrificio de Cristo, la aparición del Dios lleno de amor para con los hombres, llegando a la siguiente conclusión: “Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros". Continúa en forma consecuente la ilación de pensamientos: Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Deduce de ello que: “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano".

Por ende, el amor a Dios se manifiesta también en la amable dedicación hacia el hermano y la hermana en la comunidad, independientemente de su manera de ser o de su posición social. El Apóstol Santiago califica de incompatible con la “fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo" que se hagan diferencias dentro de la comunidad. Sea donde fuere que estuviesen dirigidos los prejuicios en la comunidad, estos violan el mandamiento del amor al prójimo. Santiago concluye de esto: “... pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado" (Stg. 2: 1-9).

El “amor recíproco" evita el ser irreconciliable, los prejuicios, el menosprecio de algún miembro de la comunidad. Si ya el mandamiento del amor al prójimo pide dedicarse a los semejantes y ayudarlos en situaciones de necesidad, esto debe ser demostrado ante todo en la comunidad: “Hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe" (Gá. 6:10).

El “amor recíproco" es una fuerza especial que hace mantenerse unidos en la comunidad y confiere calidez a la vida en la misma. Evita que los conflictos, que se producen en toda sociedad humana, se conviertan en disputas constantes. Capacita para aceptar al hermano y la hermana como son (Ro. 15:7). Aunque las ideas, las estructuras del pensamiento y la conducta de algún miembro de la comunidad sean incomprensibles para los demás, esto no debe llevar a menospreciarlo ni discriminarlo, sino a ser tolerantes con él.

Además, este amor permite ver el hecho de que el otro también es uno de los elegidos de Dios, los “santos y amados". A partir de este reconocimiento surge el deber de tratarse recíprocamente con entrañable misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre y paciencia. Si hay algún motivo de queja, se procurará perdonar conforme a la palabra: “... de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros". El Apóstol Pablo aconseja: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto" (Col. 3:12-14).

Cada comunidad local puede ser vista bajo la imagen del cuerpo de Cristo; cada uno que pertenece a la comunidad es un miembro de este cuerpo. Así todos los miembros de la comunidad están unidos el uno con el otro y comprometidos el uno con el otro por la cabeza en común: “Dios ordenó el cuerpo [...] para [ ...] que los miembros todos se preocupen los unos por los otros". Cada uno sirve al bienestar del todo participando de la vida del otro; se sobreentiende que es compasivo con el dolor y se regocija por lo bueno que le sucede al otro. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan". Todos deben ser conscientes de lo siguiente: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular" (1 Co. 12:26-27).

En la primera epístola a los Corintios, en el capítulo 13, el Apóstol Pablo indica a la comunidad el camino del amor, lo cual finaliza con las palabras: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor". Si en la comunidad se vive el amor, las repercusiones serán más amplias de lo que pueden hacer todos los dones, aptitudes, reconocimientos y sabíduría.

EXTRACTO Volver arriba

La ley mosaica considera como “prójimo", en primer término a los miembros del pueblo de Israel. Jesús deroga esta la delimitación, como muestra la parábola del buen samaritano: toda persona puede ser el prójimo de otra persona. (5.2.2)

En el Sermón del Monte, Jesús exhorta a amar incluso al enemigo. (5.2.2)

El amor al prójimo coloca límites al egoísmo. Induce a ser misericordiosos con todos. Los seguidores de Cristo no sólo son convocados a practicar el amor al prójimo en asuntos materiales, sino asimismo a llamar la atención de los hombres hacia el Evangelio de Cristo. En relación con esto también está la intercesión por los difuntos. (5.2.2)

El amor al prójimo llega a toda su plenitud a través del amor a Dios. (5.2.2)

El parámetro utilizado para medir el amor de los seguidores de Cristo entre sí pasa por la “regla de oro" (“Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos"): que cada uno ame al otro, así como Cristo a los suyos. Este amor evita el ser irreconciliable, los prejuicios y el menosprecio, ya que acepta al hermano y la hermana así como son. (5.2.3)

5.3 Los Diez Mandamientos Volver arriba

Los Diez Mandamientos conforman el núcleo de la ley mosaica, los cinco libros de Moisés (Torá). Expresan qué conducta le agrada a Dios y qué conducta le desagrada. Se pueden deducir de ellos indicaciones concretas sobre cómo debe manifestarse en la vida cotidiana el amor a Dios y al prójimo indicados por Jesucristo.

En los Diez Mandamientos, Dios se dirige a todos los hombres y lleva a cada uno a ser responsable personalmente de su conducta y su forma de vida.

5.3.1 El concepto “mandamiento" Volver arriba

La denominaciónDiez Mandamientos" o bien “decálogo" se deriva de la formulación bíblica original “diez palabras" (“deka logoi") de Éxodo 34:28 y Deuteronomio 10:4.

5.3.1.1 Su enumeración Volver arriba

La Biblia determina la cantidad de los mandamientos en diez, pero no los numera. Esto trajo aparejadas diferentes maneras de enumerarlos. La enumeración usual en la Iglesia Nueva Apostólica se remonta a una tradición que tiene su origen en el siglo IV d.C.

5.3.1.2 Los Diez Mandamientos en el Antiguo Testamento Volver arriba

Dentro de la ley mosaica se les asigna a los Diez Mandamientos una importancia destacada: sólo ellos son anunciados por Dios al pueblo de Israel de manera oíble en el monte de Sinaí (Dt. 5:22); sólo ellos son escritos en tablas de piedra (Ex. 34:28).

El anuncio de los Diez Mandamientos es parte del pacto que Dios concertó con Israel, renovando de esa manera el pacto que había hecho anteriormente con Abraham, Isaac y Jacob (Dt. 5:2-3). En Deuteronomio 4:13 dice: “Y él [Dios] os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra; los diez mandamientos, y los escribió en dos tablas de piedra".

Cumplir los mandamientos resultaba obligatorio para los israelitas y era bendecido por Dios (Dt. 7:7-16). Ya los niños en el pueblo de Israel los aprendían de memoria (Dt. 6:6-9). Los Diez Mandamientos mantienen hasta el día de hoy su gran importancia para el judaísmo.

5.3.1.3 Los Diez Mandamientos en el Nuevo Testamento Volver arriba

En el Nuevo Testamento, los Diez Mandamientos son ratificados por el Hijo de Dios adquiriendo un sentido más profundo. En sus manifestaciones, Jesucristo se muestra como Señor de los mandamientos, y aun de toda la ley (Mt. 12:8). Lo expresado por Jesús al joven rico deja en claro que la vida eterna sólo puede ser alcanzada cuando la persona, además de dar cumplimiento a los mandamientos, sigue a Cristo (Mt. 19:16-22; Mr. 10:17-21).

Jesucristo da lugar a una nueva visión de la ley mosaica (ver 4.8) y por consiguiente también de los Diez Mandamientos. El Apóstol Pablo tradujo el sentido de la ley mosaica conforme a la interpretación del Antiguo Testamento, en la formulación: “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Ro. 3:20).

Ya por la violación de uno solo de estos mandamientos, el hombre se hace culpable de toda la ley (Stg. 2:10). Por lo tanto, todos violan la ley, todos los hombres son pecadores.

La ley hace posible reconocer el pecado. Únicamente el sacrificio de Cristo, el fundamento del nuevo pacto, puede borrar los pecados cometidos.

Los Diez Mandamientos también tienen validez en el nuevo pacto; son obligatorios para todos los hombres. La diferente interpretación de los Diez Mandamientos en el nuevo pacto se debe a que, conforme a las profecías de Jeremías 31:33-34, la ley de Dios no sólo está escrita en tablas de piedra, sino que es dada en la mente y escrita en el corazón. Cumpliendo el mandamiento del amor a Dios y al prójimo se cumple toda la ley (Ro. 13:8-10).

5.3.1.4 El texto Volver arriba

El texto utilizado actualmente para los Diez Mandamientos no es igual al texto que contiene la Biblia; se da preferencia a una forma simple que guarde el sentido y sea fácil de retener.

Texto hoy usual de los Diez Mandamientos Volver arriba

1º mandamiento

Yo soy el Señor, tu Dios. No tendrás dioses ajenos delante de mí.

2º mandamiento

No tomarás el nombre de tu Dios en vano, porque no dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano.

3º mandamiento

Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

4º mandamiento

Honra a tu padre y a tu madre para que te vaya bien y se alarguen tus días en la tierra.

5º mandamiento

No matarás.

6º mandamiento

No cometerás adulterio.

7º mandamiento

No hurtarás.

8º mandamiento

No hablarás falso testimonio contra tu prójimo.

9º mandamiento

No codiciarás la casa de tu prójimo.

10º mandamiento

No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, su criada, su buey, su asno o cosa alguna de tu prójimo.

Los Diez Mandamientos según Éxodo 20:2-17 Volver arriba

1º mandamiento

Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás;

porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

2º mandamiento

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

3º mandamiento

Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día;

por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

4º mandamiento

Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

5º mandamiento

No matarás.

6º mandamiento

No cometerás adulterio.

7º mandamiento

No hurtarás.

8º mandamiento

No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

9º mandamiento

No codiciarás la casa de tu prójimo.

10º mandamiento

No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

Los Diez Mandamientos según Deuteronomio 5:6-21 Volver arriba

1º mandamiento

Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.

No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás;porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

2º mandamiento

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque Jehová no dará por inocente al que tome su nombre en vano.

3º mandamiento

Guardarás el día de reposo para santificarlo, como Jehová tu Dios te ha mandado.

Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú. Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido;

por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo.

4º mandamiento

Honra a tu padre y a tu madre, como Jehová tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da.

5º mandamiento

No matarás.

6º mandamiento

No cometerás adulterio.

7º mandamiento

No hurtarás.

8º mandamiento

No dirás falso testimonio contra tu prójimo.

9º mandamiento

No codiciarás la mujer de tu prójimo,

10º mandamiento

ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

EXTRACTO Volver arriba

Los Diez Mandamientos conforman el núcleo de la ley mosaica. En ellos, Dios se dirige a todos los hombres. (5.3)

El anuncio de los Diez Mandamientos, cuyo cumplimiento resultaba obligatorio, es parte del pacto que Dios concertó con Israel. (5.3.1.2)

Jesucristo da lugar a una nueva visión de la ley mosaica y por consiguiente también de los Diez Mandamientos; estos asimismo tienen validez en el nuevo pacto. (5.3.1.3)

El texto de los Diez Mandamientos se encuentra dos veces en la Sagrada Escritura: en Éxodo 20:2-17 y en Deuteronomio 5:6-21. (5.3.1.4)

5.3.2 El primer mandamiento Volver arriba

Yo soy el Señor, tu Dios. No tendrás dioses ajenos delante de mí. Volver arriba

5.3.2.1 Dios, Señor y Benefactor Volver arriba

“Yo soy el Señor, tu Dios". Estas palabras constituyen como una introducción para todos los mandamientos que siguen. Expresan que Dios es Señor sobre todo. A Él, el Creador de todas las cosas, le cabe una soberanía ilimitada. Por su palabra Él establece el derecho; a Él se debe obedecer.

El Antiguo Testamento testifica esta convicción, en los salmos y en los profetas. El Nuevo Testamento destaca que Cristo es Señor; su voluntad divina es vinculante.

Pero Dios no sólo es soberano, Él también preserva. En su bendición demuestra ser el Benefactor de todos los hombres.

5.3.2.2 Dios libera de la servidumbre Volver arriba

No obstante ser Dios el soberano absoluto y no tener que dar cuenta de nada a nadie, les explica a los israelitas la razón por la que les exige obediencia: Él liberó a Israel “de servidumbre", de la esclavitud en Egipto; Él es quien conduce a la libertad, el Dios que redime.

Dios, que liberó al pueblo de Israel del dominio extranjero en la tierra, se manifiesta en su Hijo Jesucristo como el Benefactor de todos los hombres en un sentido mucho más elevado: por amor Dios envía a su Hijo. Por amor este sacrifica en obediencia su vida sin pecado, en la cruz. A partir de allí existe para todos los hombres la posibilidad de ser liberados del cautiverio del pecado y la muerte. El que reconoce el significado de la redención, querrá brindar amor y obediencia al Redentor. En Deuteronomio 6:4-5 se destaca la estrecha relación del primer mandamiento con la exhortación de amar a Dios: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas".

5.3.2.3 Adoración y temor de Dios Volver arriba

Sólo a Dios, el Señor, le corresponde adoración; únicamente a Él se debe servir.

En el antiguo pacto se adoraba a Dios de diferentes formas. La oración, como lo atestiguan los salmos, es expresión de honra y alabanza. También era adoración el holocausto en el templo.

Pero con el paso del tiempo, el culto en el templo condujo a una adoración a Dios externa y formal, ya atacada públicamente por los profetas (entre otros, Am. 5:21-22 y 24). De esta tradición profética también se vale Jesús para enseñar: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Jn. 4:23-24). Adorar a Dios de la manera correcta no es un acto puramente formal, sino que es la entrega total del hombre a Dios.

La entrega a Dios debe tener la impronta del temor de Dios, es decir, el respeto ante Dios. El temor de Dios no es expresión de un miedo sumiso, sino de humildad, amor y confianza. Se exterioriza en la adoración del Altísimo con amor infantil y aceptando incondicionalmente la majestuosidad de Dios. El temor de Dios se evidencia en los esfuerzos por atenerse a los mandamientos, es decir, evitando el pecado.

5.3.2.4 La prohibición de adorar a otros dioses Volver arriba

“¡No tendrás dioses ajenos delante de mí!". Con estas palabras Dios pone en claro que Él es el único al que corresponde adorar y honrar. Toda honra o adoración de aquello que el hombre considera divinidad, sean seres vivos, manifestaciones de la naturaleza, objetos, seres espirituales verdaderos o inventados, es pecado. Pablo escribe: “Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1 Co. 8:5-6).

5.3.2.5 La prohibición de imágenes Volver arriba

En los alrededores de Israel se adoraba a los astros y a los fenómenos de la naturaleza, a estatuas, figuras de animales, piedras y cosas análogas como si fueran dioses o sus manifestaciones. Los israelitas se dejaron influenciar por esos cultos y de tanto en tanto preparaban imágenes a las que adoraban, como por ejemplo el becerro de oro (Ex. 32).

El primer mandamiento prohibe conforme al texto bíblico toda confección de reproducciones de lo creado por Dios: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás" (Ex. 20:4-5).

La prohibición de elaborar y adorar imágenes debe ser considerada a razón de que había imágenes y estatuas que eran veneradas y adoradas como divinidades.

El hombre no debe hacerse una imagen de Dios, sino aceptarlo así como se ha presentado en el mundo: en Jesucristo, la automanifestación de Dios en la carne. No se trata de la forma de presentación externa, sino de la naturaleza y voluntad de Dios (Jn. 14:9).

Según la tradición cristiana, no se puede ver en el primer mandamiento una prohibición para producir imágenes, esculturas, fotografías o presentaciones fílmicas. Esta posición se deduce, por ejemplo, del informe bíblico de que Dios mismo dio encargos para confeccionar esculturas (entre otros, Nm. 21:8-9).

5.3.2.6 Transgresiones al primer mandamiento Volver arriba

Honrar y adorar a estatuas, imágenes divinas o amuletos, como asimismo montañas, árboles y manifestaciones de la naturaleza, constituyen transgresiones del primer mandamiento. Además, violan el primer mandamiento actos como el satanismo, la adivinación, la magia, la invocación de espíritus, la nigromancia.

Volverse en cierta medida como un dios, en cuanto a poder, honor, dinero, ídolos o también personalmente, al cual debe estar subordinado todo lo demás, se contradice con la voluntad de Dios. Hacerse una imagen de Dios según los propios deseos e ideas, viola igualmente el primer mandamiento.

El primer mandamiento induce a honrar a Dios por amor y aceptarlo de la manera en que Él se ha manifestado. Esta honra a Dios se lleva a cabo con adoración, obediencia y temor de Dios, dando cumplimiento a las palabras: “Engrandeced a nuestro Dios" (Dt. 32:3).

Las imágenes, íconos, estatuas o similares producidos por devoción, no tienen en la Iglesia Nueva Apostólica función religiosa alguna. No se las adora ni se les asignan poderes espirituales o efectos curativos.

EXTRACTO Volver arriba

“Yo soy el Señor, tu Dios" expresa que a Dios le cabe una soberanía ilimitada. Por su palabra establece el derecho; a Él se debe obedecer. (5.3.2.1)

Únicamente a Dios le corresponde adoración. Toda adoración de seres vivos, manifestaciones de la naturaleza, objetos, seres espirituales verdaderos o inventados, es pecado. (5.3.2.3; 5.3.2.4)

El hombre no debe hacerse una imagen de Dios, sino aceptarlo así como Él mismo se ha manifestado en Jesucristo. (5.3.2.5)

La honra a Dios se lleva a cabo con adoración, obediencia y temor de Dios. (5.3.2.6)

5.3.3 El segundo mandamiento Volver arriba

No tomarás el nombre de tu Dios en vano, porque no dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano. Volver arriba

5.3.3.1 El nombre de Dios Volver arriba

Cuando Dios habló a Moisés en la zarza ardiente, mencionó su nombre (Ex. 3:14). Al mismo tiempo, este fue un acto en el cual Dios reveló su naturaleza. El nombre “Jehová", que Dios dio a conocer aquí, puede ser traducido como “Yo soy el que soy" o también “Yo soy". De esta manera, Dios se manifiesta como aquel que es completamente idéntico a sí mismo, inalterable y eterno.

Por respeto, los judíos evitan mencionar el nombre Jehová. Allí donde en el texto bíblico del Antiguo Testamento figura este nombre de Dios, ellos leen hasta el día de hoy “Adonai" (“Señor"). De esta manera tratan de sustraerse al peligro de utilizar en vano, aun no intencionadamente, el nombre de Dios.

El Antiguo Testamento conoce otros nombres de Dios. Por ejemplo se habla del “Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob" o del “Dios de vuestros padres". Estos nombres hacen alusión al obrar divino en la historia, como sucedió en el tiempo de los patriarcas. Dios también es llamado “Jehová de los ejércitos" [“Señor de los ejércitos"]. Con “ejércitos" se hace referencia aquí a los ángeles.

También se lo denomina “Padre" (Is. 63:16). Cuando Jesús enseña a orar, exhorta a dirigirse a Dios simplemente como “Padre en los cielos" (Mt. 6:9). Al poder llamarlo “Padre" queda en claro que el hombre se puede dirigir con todas sus circunstancias en confianza infantil al Dios lleno de amor.

En el envío dado a los Apóstoles (Mt. 28:19) y en la bendición que está escrita en 2 Corintios 13:14, Dios es denominado “Padre, Hijo y Espíritu Santo". Este nombre pone en evidencia la naturaleza divina con una precisión nunca antes conocida: Dios es trino, y es invocado y honrado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Está prohibido hablar en forma indigna sobre las tres personas divinas.

5.3.3.2 Maneras de tomar el nombre de Dios en vano Volver arriba

El que pronuncia el nombre de Dios lo debería hacer siendo consciente de la responsabilidad que esto implica para él ante Dios.

Una manera muy grave de tomar el nombre de Dios en vano, es la blasfemia, en la cual intencionadamente se denigra, burla o injuria a Dios. También el que invoca al Omnipotente para mentir, toma en vano el nombre de Dios.

En el curso de la historia muchas veces fue tomado en vano el nombre de Dios para enriquecerse, librar guerras, discriminar personas, torturar y matar.

También en la vida cotidiana se transgrede el segundo mandamiento. Ya la mención irreflexiva de los nombres “Dios", “Jesucristo" o “Espíritu Santo" en conversaciones poco serias, es pecado. Lo mismo sucede con las maldiciones, en las cuales se menciona a Dios o Jesús y no pocas veces en expresiones ajenas a la realidad, y los chistes en los cuales aparecen Dios, el Padre, Jesucristo o el Espíritu Santo. Con ello se humilla la majestuosidad y la santidad del obrar divino; estas son las “truhanerías", en el sentido de Efesios 5:4.

5.3.3.3 La amenaza de castigo Volver arriba

La segunda parte del mandamiento dice: “[...] porque no dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano". Esto deja en claro que los mandamientos divinos deben ser tomados en serio. La Biblia no dice nada sobre cuál será este castigo. Quien toma conciencia de que ha tomado en vano el nombre de Dios y se arrepiente de ello, puede abrigar la esperanza de ser perdonado.

El amor a Dios y el temor de Dios deben ser los móviles para dar cumplimiento al segundo mandamiento, y de ninguna manera lo debe ser el castigo que pudiese temerse.

5.3.3.4 Santificar el nombre de Dios: oración y conducta en la vida Volver arriba

El segundo mandamiento exhorta a considerar santo todo lo relacionado con Dios y su nombre. Esto también incluye la conducta en la vida. Como cristiano, el creyente se encuentra comprometido con el nombre del Señor. Si quienes son llamados por el nombre de Dios llevaran un modo de vida indigno, deshonrarían con ello su nombre.

Los hijos de Dios, por su relación de filiación, tienen la gran responsabilidad de mantener santo el nombre de Dios, pues ellos llevan el nombre del Padre y del Hijo (Ap. 14:1).

5.3.3.5 Jurar, prestar juramento Volver arriba

En relación con el segundo mandamiento surge la pregunta de si está permitido jurar o prestar un juramento invocando el nombre de Dios. Esto estaba admitido en Israel (Dt. 6:13; 10:20), pero fue prohibido en el Sermón del Monte (Mt. 5:33-37).

De los diferentes enunciados sobre el juramento que se encuentran en el Nuevo Testamento (Stg. 5:12; Ro. 1:9; 2 Co. 1:23; Fil. 1:8, entre otros) se puede deducir que la prohibición de jurar no era considerada una línea general de conducta. Esto es aceptado por la tradición cristiana relacionando la prohibición de Jesús solamente con cuando uno jura irreflexivamente en la vida cotidiana, pero no por ejemplo al prestar juramento ante un tribunal. Quien invoca a Dios como testigo con una fórmula de juramento de rigor (“¡Así Dios me salve!") para expresar su compromiso a la verdad frente al Eterno, profesa con ello públicamente su fe en el omnipotente, omnisapiente Dios. Tampoco en este juramento se ve pecado.

EXTRACTO Volver arriba

Con el nombre “Jehová" – “Yo soy el que soy" o “Yo soy" – Dios se manifiesta como aquel que es completamente idéntico a sí mismo, inalterable y eterno. (5.3.3.1)

Una manera muy grave de tomar el nombre de Dios en vano, es la blasfemia. (5.3.3.2)

El segundo mandamiento es el único mandamiento que contiene una amenaza de castigo. (5.3.3.3)

Exhorta a considerar santo el nombre de Dios, también en la conducta en la vida. (5.3.3.4)

El jurar irreflexivamente invocando el nombre de Dios transgrede el segundo mandamiento. (5.3.3.5)

5.3.4 El tercer mandamiento Volver arriba

Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Volver arriba

Con el tercer mandamiento se exhorta a separar un día de la semana de los demás para adorar a Dios, recordar con gratitud sus actos sagrados y ocuparse de su palabra.

5.3.4.1 Fundamentos del tercer mandamiento para Israel Volver arriba

El día de reposo como parte del orden de la creación debe ser santificado porque Dios descansó en el séptimo día de la creación y lo santificó (Gn. 2:2-3; Ex. 20:8-11). Este día de fiesta está para recordar con veneración el obrar de Dios en la creación, que ha redundado en bien de toda la humanidad.

Otro fundamento para la santificación del día de reposo se encuentra en Deuteronomio 5:15: “Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo".

Por consiguiente, el día de reposo sirve para alabar al Creador y conmemorar la liberación de Israel del cautiverio. Además, en el día de reposo se recuerdan las obras de Dios para la humanidad y, particularmente, en favor de su pueblo elegido.

5.3.4.2 El día de reposo en Israel Volver arriba

Dios destacó el día de reposo ya antes de dar la ley en el Sinaí (Ex. 16:4-30). Lo concedió como un regalo en el cual el pueblo de Israel debía descansar del trabajo y dedicarse a Dios con toda tranquilidad, por lo que el día de reposo también era un día festivo. Estaba signado por sacrificios especiales (Nm. 28:9-10). A aquel que observaba el día de reposo, buscando la voluntad de Dios y no hablando sus “propias palabras" le era prometida la bendición (Is. 58:13-14).

5.3.4.3 Jesucristo y el día de reposo Volver arriba

La actitud de Jesús frente al día de reposo se diferencia básicamente de aquella de los judíos fieles a la ley. En la conducta del Hijo de Dios se puede ver claramente que la ley y el Evangelio evalúan el día festivo en forma diferente. Aunque en el día de reposo Jesús fue a la sinagoga (Lc. 4:16), también sanó a enfermos allí (Lc. 6:6-11), lo que para los escribas era un trabajo y por lo tanto, una transgresión del tercer mandamiento. En cambio para Jesús la curación de los enfermos era expresión de un acto divino de bien y también estaba permitida en el día de reposo.

Jesucristo tiene la autoridad para liberar el día de reposo de la estrechez de una legalidad rigurosa: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo" (Mr. 2:27).

5.3.4.4 Del día de reposo al domingo Volver arriba

“El Hijo del Hombre es Señor del día de reposo" (Mt. 12:8). Esta palabra de Jesús que documenta su autoridad divina sobre la ley, también se cumplió en el cambio del día de la semana que casi todos los cristianos santifican como día de reposo: mientras que en Israel se mantiene santo el séptimo día del calendario judaico (el sabbat), los cristianos celebran el domingo. Esto obedece a que según el testimonio unánime de los Evangelios, Jesucristo resucitó de los muertos en ese día de la semana (Mt. 28:1; Mr. 16:2; Lc. 24:1; Jn. 20:1). De ahí que para los cristianos la santificación del domingo significa también confesión a la resurrección de Jesucristo y reflexión sobre la Pascua.

Después de la ascensión del Señor, los primeros cristianos todavía se atuvieron a sus tradiciones judías, de las cuales también formaba parte la santificación del sabbat. Esto cambió con la misión entre los gentiles. En un proceso que duró décadas se fue difundiendo el domingo como día de reposo para los cristianos. Las primeras menciones de la importancia del domingo se encuentran en Hechos 20:7 y 1 Corintios 16:2.

En el año 321 d.C., el emperador Constantino I estableció el domingo como día de descanso general en el imperio romano. Esta disposición se mantuvo vigente hasta el día de hoy en casi todos los países cristianos.

5.3.4.5 Santificar el día de reposo: en el Servicio Divino Volver arriba

La santificación del día de reposo consiste ante todo en adorar a Dios en el Servicio Divino, tomar su palabra con fe, aceptar con arrepentimiento el perdón de los pecados y gustar dignamente cuerpo y sangre de Cristo en el Sacramento de la Santa Cena. Los creyentes conmemoran el sacrificio de Cristo, su acto de redención, celebran la resurrección del Señor y dirigen la mirada a su retorno. Concurrir al Servicio Divino demuestra el agradecimiento por los actos de salvación de Jesús. Además manifiesta el anhelo por recibir la palabra de Dios y el Sacramento.

Quienes deben trabajar en ese día, los enfermos, discapacitados y ancianos que no pueden concurrir al Servicio Divino, santifican el domingo buscando, según sus posibilidades, estar vinculados en la oración con Dios y la comunidad. Dios se acerca a ellos y les concede paz, consuelo y fortaleza (ver 12.4.3).

Asimismo los días festivos del año eclesiástico (ver 12.5) que no caen en un domingo, se celebran con un Servicio Divino.

El día festivo como día de reposo es, además, un ejemplo del descanso prometido junto a Dios. Hebreos 4:4-11 describe la relación entre el tercer mandamiento y ese futuro “día de reposo". Para alcanzar esa meta es necesario aprovechar el “hoy" y aceptar con fe la palabra y el Sacramento en el Servicio Divino (He. 3:7).

5.3.4.6 Trabajo en días domingo: entre obligación y santificación Volver arriba

Quien mantiene santo a Jesucristo en su corazón (1 P. 3:15), buscará, en todo lo posible, estar en comunión con Él en el Servicio Divino. Si alguien debe cumplir con un trabajo en un día domingo, debería vincularse con Dios y la comunidad en la oración.

5.3.4.7 Conformación del domingo Volver arriba

El domingo, en lo posible, debe ser un día de descanso y reflexión sobre el Evangelio. Es el día de fiesta del alma, la cual, junto con sus necesidades, ocupa el lugar central. Los valores divinos como la paz y la atención de la comunión contribuyen a la santificación.

El mandamiento de santificar el día de reposo, invita a los creyentes a examinar hasta qué punto sus actividades son acordes con el sentir del día consagrado al Señor. En un primer plano debe procurarse profundizar y conservar los efectos del Servicio Divino.

Si el domingo se aprovecha de esta manera, los creyentes vivirán conforme a la exhortación de Salmos 118:24: “Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él".

EXTRACTO Volver arriba

El día de reposo sirve para alabar al Creador y conmemorar la liberación de Israel del cautiverio. En él se recuerdan las obras de Dios para la humanidad y en favor de su pueblo elegido. (5.3.4.1)

Los cristianos celebran el domingo por ser el día de la resurrección de Jesucristo. (5.3.4.4)

Concurrir al Servicio Divino demuestra el agradecimiento por los actos de salvación de Cristo. (5.3.4.5)

El día festivo como día de reposo es un ejemplo del descanso prometido junto a Dios. (5.3.4.5)

El tercer mandamiento invita a los creyentes a conformar el domingo como un día consagrado al Señor. (5.3.4.7)

5.3.5 El cuarto mandamiento Volver arriba

Honra a tu padre y a tu madre para que te vaya bien y se alarguen tus días en la tierra. Volver arriba

Con el cuarto mandamiento comienzan las disposiciones de los Diez Mandamientos concernientes a la relación con los semejantes. Este mandamiento no contiene una prohibición, sino que muestra la forma de proceder que agrada a Dios. Está dirigido a los hombres de toda edad y pide prodigar al padre y la madre el debido respeto y valoración. Ponerlo en práctica en lo concreto puede tener diferentes formas, dependiendo de las respectivas circunstancias de vida como la edad, el entorno social y las normas y costumbres de la sociedad.

5.3.5.1 El cuarto mandamiento según la interpretación del Antiguo Testamento Volver arriba

El cuarto mandamiento se relaciona, al igual que la ley mosaica en general, con la peregrinación de los israelitas por el desierto (Dt. 5:16). De esta situación histórica se puede deducir el significado original del mandamiento: se refería en primer término a los israelitas libres (según la interpretación de esa época, ni a las mujeres ni a los extranjeros ni a los esclavos). Ellos debían honrar a los integrantes mayores de la parentela ayudándoles en la difícil marcha. La promesa pronunciada en el mandamiento también estaba dirigida a los israelitas: ellos debían vivir mucho tiempo y les debía ir bien, más precisamente en Canaán, la tierra que primero debían conquistar. Aquí se hace evidente que para el antiguo pueblo del pacto “que te vaya bien" estaba referido a la vida en la tierra. Cuando más adelante el antiguo pueblo del pacto habitó en Canaán, los padres ancianos eran honrados siendo mantenidos por sus descendientes y atendidos en caso de estar enfermos.

Algunas escrituras del Antiguo Testamento brindan explicaciones sobre este mandamiento: en Sirach 3:14, por ejemplo, el cuarto mandamiento hace referencia a la relación con los padres ya ancianos: “Amado hijo, asiste a tu padre en su ancianidad y no le vayas a entristecer mientras viva". En Proverbios 1:8 se exige obediencia al padre y la madre; según Tobías 10:13 también se debe honrar a los suegros: “Y los padres tomaron a la hija, la besaron y la dejaron marchar, diciéndole que honrara a los padres de su marido como a los suyos propios".

5.3.5.2 Jesucristo y el cuarto mandamiento Volver arriba

Según Lucas 2:51, Jesús se sujetó en obediencia a su madre María y a su esposo José. Hasta qué punto llegó la dedicación a su madre, queda en evidencia en su conducta en Gólgota: en la cruz honró a María confiándola al cuidado del Apóstol Juan (Jn. 19:27).

Al joven rico el Hijo de Dios le mencionó la importancia del cuarto mandamiento para alcanzar la vida eterna (Mr. 10:17-19). En su actividad de enseñanza, el Señor censuró a los maestros judíos de las leyes que habían invalidado ese aspecto parcial del mandamiento que se ocupa de mantener a los padres cuando son mayores (Mr. 7:9-13).

5.3.5.3 El cuarto mandamiento para el Apóstol Pablo Volver arriba

Las epístolas del Apóstol Pablo mencionan expresamente el cuarto mandamiento. Los niños son exhortados a ser obedientes a sus padres (Ef. 6:1; Col. 3:20). La desobediencia de los hijos a los padres incluso es mencionada en los así llamados “catálogos de vicios" (Ro. 1:30; 2 Ti. 3:2). Por otro lado, también se exige a los padres que se comporten con consideración ante sus hijos (Ef. 6:4), y las madres deben amar a sus hijos (Tit. 2:4). Queda en claro: que además de la obligación para los hijos que surge del cuarto mandamiento, también los padres tienen obligaciones frente a sus hijos.

5.3.5.4 Ampliación del cuarto mandamiento en la tradición cristiana Volver arriba

En el curso del tiempo, el cuarto mandamiento adquirió un sentido más amplio. Aunque su texto sólo se refiere a honrar a los padres, este mandamiento fue considerado en la tradición cristiana como una obligación para reconocer a toda autoridad. Ante todo el cuarto mandamiento hace referencia a la conducta frente a los ascendientes.

Todo deber de obediencia, también aquél frente a los padres, tiene como limitación la norma: “Es necesario obededer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5:29).

5.3.5.5 El cuarto mandamiento en la vida actual Volver arriba

Tal cual era antes, los hijos, independientemente de su edad, tienen el deber de honrar a sus padres.

Cuando la relación mutua está sostenida por el amor y la confianza, los padres pueden esperar obediencia de sus hijos. Se convoca al adolescente a tomar conciencia de todo lo que han hecho por él sus padres en su desvelo durante la niñez y la juventud. Esto lo llevará a adoptar una actitud de agradecimiento hacia ellos. En el trato con los padres, en las conversaciones con ellos y sobre ellos debe poder reconocerse el debido respeto.

Del cuarto mandamiento también surge una obligación para los padres: ellos tienen una gran responsabilidad en su encargo de educar a los hijos y, por medio de una conducta agradable a Dios, deben contribuir a que los hijos los estimen. Los padres, por la forma en que tratan a sus propios padres y suegros o bien cómo hablan con ellos y acerca de ellos, deben ser un ejemplo para los hijos. Es útil para una vida familiar armoniosa, cuando los padres y los hijos se aceptan con amor y construyen una relación familiar llena de confianza.

También forma parte del cumplimiento del cuarto mandamiento, cuidar con amor a los padres cuando ya son ancianos. Si su conducta lleva la impronta del agradecimiento, el amor y la confianza, estarán cumpliendo el cuarto mandamiento y la bendición de Dios posará sobre ello. En la comprensión del Antiguo Testamento, la “larga vida" es expresión de bendición de Dios; en el nuevo pacto consiste ante todo en bienes espirituales.

EXTRACTO Volver arriba

Con el cuarto mandamiento comienzan las disposiciones concernientes a la relación con los semejantes. Este mandamiento no contiene una prohibición, sino que muestra una forma de proceder que agrada a Dios. (5.3.5)

Además del deber de los hijos de honrar a los padres, también los padres tienen obligaciones: velar por los hijos y ser un ejemplo para ellos. (5.3.5.5)

Cumpliendo este mandamiento posará sobre ello la bendición de Dios. (5.3.5.5)

5.3.6 El quinto mandamiento Volver arriba

No matarás. Volver arriba

5.3.6.1 La prohibición de matar en el Antiguo Testamento Volver arriba

La traducción literal de este mandamiento del texto original hebreo expresa: “No asesinarás". En el sentido original de la palabra, el quinto mandamiento prohibe derramar sangre inocente de forma arbitraria, ilegal y en perjuicio de la sociedad; no se refería a prestar servicios en guerras ni a la pena de muerte.

La ley mosaica distingue en sus sanciones entre homicidio inadvertido, involuntario y premeditado (Ex. 21:12-14).

En Israel, matar estaba penado básicamente con la muerte. Pero en las dos circunstancias del delito mencionadas en primer lugar, el autor tenía la posibilidad de huir. Si lograba llegar a salvo a una de las “ciudades de refugio" repartidas por la región de Israel, gozaba de refugio ante el vengador del homicidio (Nm. 35:6-34). En cambio, en caso de asesinato premeditado la pena de muerte era inevitable.

Reiteradas veces se informa en el Antiguo Testamento sobre matanzas, así, por ejemplo, en relación con la conquista de la tierra de Canaán o las luchas del pueblo de Israel contra los filisteos. Llamar a la guerra fue considerado un recurso legítimo incluso para preservar a Israel del culto a los ídolos.

5.3.6.2 La prohibición de matar en el Nuevo Testamento Volver arriba

Jesús interpreta el quinto mandamiento mucho más allá del sentido original: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio" (Mt. 5:21-22). No limita el cumplimiento del mandamiento a su observación al pie de la letra, sino que le incorpora la actitud interior de la persona. Consiguientemente, dice en 1 Juan 3:15: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida".

5.3.6.3 Significado del quinto mandamiento hoy Volver arriba

La vida es dada por Dios. Únicamente Él es Señor sobre la vida y muerte. Por lo tanto, ningún hombre tiene derecho a poner término a una vida humana.

La violencia y la falta de respeto a la vida propias de la sociedad actual no pueden relativizar este mandamiento.

El mandamiento de no matar comprende al mismo tiempo el encargo de proteger y preservar la vida humana.

5.3.6.4 Preguntas puntuales sobre el quinto mandamiento Volver arriba

Todas las preguntas puntuales serán contestadas bajo el pensamiento de que Dios es la fuente de toda vida. Él es la autoridad en cuyas manos está el principio y el final de la vida humana. El hombre no tiene derecho de infringir esta disposición divina.

Pena de muerte:

La Iglesia Nueva Apostólica considera que la pena de muerte no es un medio apropiado de intimidación y, con ello, de protección de la sociedad.

Guerras:

Matar en una guerra constituye una violación del quinto mandamiento, aunque el individuo difícilmente pueda influenciar en lo que sucede. Tiene la responsabilidad de elegir, aun en esa situación excepcional, el mal menor y de evitar, de ser posible, el tener que matar. Incluso cuando en ciertos casos se quisiese justificar el empleo de la violencia para evitar daños mayores o para protegerse a sí mismo, matar contraviene al quinto mandamiento.

Motivos de justificación y que excluyen la culpa:

También matar en legítima defensa constituye una violación al quinto mandamiento. Independientemente de la sanción penal, en este como en casos similares, la culpa incurrida ante Dios puede ser mínima.

Matar una vida antes de nacer:

Hay que respetar y proteger toda vida aún antes de nacer, ya que se debe partir del hecho de que desde el momento de la concepción es una vida humana dada por Dios. Así, la Iglesia rechaza la muerte de embriones, sea por aborto o destruyendo la vida humana generada por vía artificial. No obstante, si el diagnóstico médico indica que la vida de la madre está en peligro, debe salvarse su vida. A pesar de ello, también en este caso se infringe el quinto mandamiento, si bien la culpa incurrida puede ser mínima.

Suicidio:

El suicidio constituye una transgresión del quinto mandamiento.

Eutanasia:

La eutanasia concierne a una persona moribunda, para la cual no existe perspectiva de curación o de alivio de su padecimiento.

Eutanasia activa:

Así como el suicidio asistido, la eutanasia activa constituye una violación del quinto mandamiento.

Eutanasia pasiva:

La decisión sobre medidas para prolongar la vida compromete en primer lugar al mismo paciente. En caso de ausencia de voluntad de su parte, esta decisión debe ser tomada llegando a un acuerdo entre médicos y familiares atendiendo siempre los intereses del moribundo. En ambos casos no se considera una transgresión del quinto mandamiento.

La eutanasia practicada para matar a personas discapacitadas o inválidas constituye una transgresión del quinto mandamiento.

Matar a otros seres vivos:

Matar animales no está encuadrado dentro del quinto mandamiento. Génesis 9:1-3 permite expresamente que los animales sirvan para la alimentación de las personas. No obstante, también se debe respetar la vida de toda “criatura muda". Esto se basa en que la humanidad comparte la responsabilidad por la preservación de la creación. Es deber de cada individuo respetar toda vida.

EXTRACTO Volver arriba

La vida es dada por Dios. Únicamente Él es Señor sobre la vida y muerte. Por lo tanto, ningún hombre tiene derecho a poner término a una vida humana. (5.3.6.3)

En el sentido original de la palabra, el quinto mandamiento prohibe derramar sangre inocente de forma arbitraria, ilegal y en perjuicio de la sociedad. (5.3.6.1)

Jesús no limita el cumplimiento del mandamiento a su observación al pie de la letra, sino que le incorpora la actitud interior de la persona. (5.3.6.2)

El mandamiento de no matar comprende al mismo tiempo el encargo de proteger y preservar la vida humana. (5.3.6.3)

5.3.7 El sexto mandamiento Volver arriba

No cometerás adulterio. Volver arriba

5.3.7.1 El matrimonio Volver arriba

El matrimonio es la unión para toda la vida entre un hombre y una mujer, así como es deseada por Dios. Está basado en un acto de libre voluntad, expresado en un voto público de fidelidad (Mt. 19:4-5).

La Biblia describe varias formas de matrimonio. Mientras que el Antiguo Testamento habla frecuentemente de poligamia (matrimonio de un hombre con varias mujeres), Jesucristo, y con Él el Nuevo Testamento, se declara inequívocamente en favor de la monogamia como la forma de convivencia matrimonial de un hombre y una mujer apropiada para los creyentes cristianos, así como es deseada por Dios (entre otros, Mt. 19:5-6; 1 Ti. 3:2 y 12; 5:9).

Ya en el Antiguo Testamento se entendía el matrimonio como un pacto protegido por Dios (Pr. 2:17; Mal. 2:13-16) y bendecido mediante la oración: “Pues hijos de santos somos y no nos conviene, comenzar con tal estado, como los impíos, que desprecian a Dios. Y se levantaron y oraron ambos con fervor, que Dios les guardara" (Tobías 8:5-6).

En la Iglesia Nueva Apostólica, las parejas, en las que por lo general al menos un cónyuge debería ser nuevoapostólico, reciben la bendición de casamiento, previo pedido de su parte. Esta bendición de Dios contiene fuerzas que les permitirán delinear su vida futura juntos en forma agradable a Dios, lo cual comprende el serio propósito de los cónyuges de transitar juntos el camino de la vida con temor de Dios y amor mutuo.

El matrimonio, así como responde a la voluntad de Dios, es una imagen de la comunión de Cristo con su comunidad y por lo tanto, es santo. El matrimonio obliga a los cónyuges a honrarse y amarse mutuamente (Ef. 5:25 y 28-33). Apunta a ser indisoluble hasta la muerte: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mt. 19:6). En esos términos, el matrimonio se debe proteger y promover.

5.3.7.2 Adulterio Volver arriba

Comete adulterio en sentido general aquel que como casado tiene relaciones sexuales con alguien que no es su cónyuge o bien quien como soltero tiene relaciones con una persona casada. Según las palabras de Jesús: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt. 5:28), a pesar de llevarse una conducta exteriormente intachable se puede cometer “adulterio en el corazón". No sólo se transgrede este mandamiento recién cuando se comete el adulterio en sí, sino ya cuando tiene lugar en los pensamientos (Mr. 7:20-23).

5.3.7.3 Divorcio Volver arriba

En el Nuevo Testamento, el divorcio es considerado un pecado: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mr. 10:9); la única excepción en la cual está permitido el divorcio, es el adulterio del cónyuge (Mt. 19:9).

El Evangelio de Marcos considera que cuando un divorciado se vuelve a casar, está cometiendo adulterio (Mr. 10:11-12). De acuerdo con otros enunciados del Nuevo Testamento, divorciarse y volver a casarse mientras viva el cónyuge del que uno se ha divorciado, constituye una violación del sexto mandamiento. Volverse a casar después de un divorcio, aparentemente no era aceptado en las primeras comunidades del cristianismo, salvo algunas excepciones (1 Co. 7:10-11 y 39; Ro. 7:2-3).

Los enunciados del Nuevo Testamento sobre el divorcio deben ser considerados en el contexto histórico y social de la antigüedad: servían ante todo para mejorar la situación de la mujer, quien sólo tenía derechos muy limitados. La mujer debía ser protegida de poder ser dejada en la nada arbitrariamente por su esposo.

No obstante, las citas bíblicas que acaban de ser mencionadas colocan a la Iglesia ante la pregunta de cómo abordar a las personas divorciadas. Aquí hay que tomar en consideración la situación personal en general. Puede ser difícil tomar decisiones que respondan al espíritu del Evangelio. Siempre hay que tener presente que Jesús no trató al hombre de acuerdo con el espíritu de la ley del antiguo pacto, sino con el espíritu del amor y la gracia (Jn. 8:2-11).

Como todo otro pecado, el adulterio y el divorcio necesitan del perdón. Cuando un matrimonio termina en el divorcio, generalmente ambos cónyuges contribuyeron para ello, pudiendo variar el grado de culpa de cada uno. Así, hay casos en los cuales uno de los cónyuges usa la violencia o no quiere seguir con el matrimonio. Por eso es bueno que cada uno de los cónyuges examine su corazón para ver qué idiosincracias personales y modos de conducta han contribuido para llegar a esa situación.

Las personas divorciadas y separadas no son excluidas de la recepción de los Sacramentos. Mantienen su lugar en la comunidad y son atendidas sin reserva alguna por parte de sus asistentes espirituales.

A aquellos divorciados que quieren volver a casarse y piden la bendición, esta se les dispensa. De esa manera se les brinda la oportunidad para empezar de nuevo.

5.3.7.4 Conducta santa en el matrimonio Volver arriba

El matrimonio debe ser honroso y “el lecho sin mancilla (mancha)" (He. 13:4). De la convicción de que el cuerpo del renacido es morada de Dios y también propiedad del Altísimo, resulta la obligación de llevar una vida santa (1 Co. 6:19-20). Esto es válido en particular para conducirse en el matrimonio (1 Ts. 4:3-4; ver también 13.3).

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El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, así como es deseada por Dios. Es una imagen de la comunión de Cristo con su comunidad que apunta a ser indisoluble. En esos términos, el matrimonio se debe proteger y promover. (5.3.7.1)

Comete adulterio en sentido general aquel que como casado tiene relaciones sexuales con alguien que no es su cónyuge o bien quien como soltero tiene relaciones con una persona casada. (5.3.7.2)

Este mandamiento ya se transgrede cuando el adulterio tiene lugar en los pensamientos. (5.3.7.2)

5.3.8 El séptimo mandamiento Volver arriba

No hurtarás. Volver arriba

5.3.8.1 El hurto en el ordenamiento jurídico general Volver arriba

Está prohibido tomar aquello que le pertenece a otro. Esta prohibición del hurtar, que tiene su origen en Dios, es uno de los principios básicos del ordenamiento jurídico humano y sirve para proteger y respetar la propiedad.

Basándose en el mandamiento del amor al prójimo, la propiedad no debería manejarse con avaricia y egoísmo; esta también incluye obligaciones.

En general, el “hurto" significa sustraer ilegalmente la propiedad de otra persona. Esto se aplica tanto a cosas materiales como a la propiedad intelectual. Uno no debería apropiarse ilegalmente de cosas que le pertenecen a otros o dañar la propiedad de otros. De igual manera, está prohibido engañar a los demás con el propósito de obtener ventajas poco equitativas a expensas de él; se deben reprimir las propias aspiraciones de poder y ganancias. Se debe respetar la dignidad y el bienestar de los demás.

5.3.8.2 La prohibición del hurto en el Antiguo Testamento Volver arriba

Originalmente, el mandamiento de no hurtar debía, ante todo, desterrar el secuestro de personas. El propósito era proteger al hombre libre contra la acción de ser tomado cautivo, vendido o mantenido en esclavitud. En Israel, el secuestro era castigado con la muerte, en oposición a los delitos contra la propiedad que podían ser reparados mediante una compensación material: “Asimismo el que robare una persona y la vendiere, o si fuere hallada en sus manos, morirá" (Ex. 21:16). Por lo tanto, esta era una ofensa que se penaba con la más severa de todas las sentencias.

Además, también se castigaba el hurtar la propiedad a otra persona; la ley mosaica requería reponer lo robado. Como regla general, se debía restituir el doble, y en casos severos hasta el cuádruple o quíntuple (Ex. 21:36; 22:3, 6 y 8).

5.3.8.3 La prohibición del hurto en el Nuevo Testamento Volver arriba

En la conversación con el joven rico (Mt. 19:16-23), Jesús citó el séptimo mandamiento; conforme a Marcos 7:20-23, el Señor calificó al hurto como pecado, cuyo origen está dentro del hombre, al cual contamina. En estos pasajes, el séptimo mandamiento se interpreta en el sentido habitual del Antiguo Testamento.

En Juan 10:1 se amplía elevándose a un nivel espiritual: “De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador". Esta es una referencia a aquellos que tientan a otros hacia las herejías. Son ladrones y salteadores, que actúan como lobos, buscando presas entre los creyentes y tratando de arrebatarlos del rebaño de Cristo (Hch. 20:29).

5.3.8.4 Diferentes formas de hurto Volver arriba

Aunque existe hurto en el verdadero sentido cuando se sustrae la propiedad material o espiritual a su legítimo dueño, también existen otras formas de hurto. Así, también el fraude puede ser considerado hurto en el sentido del séptimo mandamiento.

El hecho relatado en Lucas 19:1-10 ilustra este aspecto. La fortuna del publicano Zaqueo fue ganada en su mayoría por fraude. Después de que Jesús fue a su casa, el publicano prometió: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado" (Lc. 19:8). Este ejemplo extiende el concepto del hurto aún más en el área de las relaciones interpersonales: también incluye la usura, la explotación de la desgracia ajena, la malversación y el desfalco. El fraude, la evasión de impuestos, la corrupción y malgastar el dinero confiado, también caen dentro de esta categoría.

Por ende, el séptimo mandamiento es una exhortación a no inmiscuirse de ningún modo en la propiedad de otra persona, a no restringirla injustificadamente; tampoco robarle su honor, su reputación o su dignidad como ser humano.

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Está prohibido tomar aquello que le pertenece al prójimo, sea en la forma que fuere. (5.3.8.1)

El séptimo mandamiento también es una exhortación a no ofender al prójimo en su honor, su reputación o su dignidad como ser humano. (5.3.8.4)

5.3.9 El octavo mandamiento Volver arriba

No hablarás falso testimonio contra tu prójimo. Volver arriba

5.3.9.1 Significado original Volver arriba

En principio, el octavo mandamiento se relacionaba con declarar una mentira ante la justicia. Para los israelitas en general, el “prójimo" (ver 5.2.2) era la persona con la cual tenían trato cotidiano. Tanto una acusación falsa como también una declaración falsa de un testigo podían ser un “falso testimonio".

5.3.9.2 Ejemplos de falso testimonio en el tiempo del Antiguo Testamento Volver arriba

En el tiempo del Antiguo Testamento, al tratar ante la justicia las circunstancias del delito para las cuales regía la pena de muerte, había que contar en Israel con, al menos, dos testigos (Nm. 35:30). Si estos inculpaban al acusado con declaraciones falsas, aunque fuese inocente se lo ajusticiaba con la correspondiente condena (1 R. 21).

Si se comprobaba ante la justicia que un testigo había pronunciado un testimonio falso, se le imponía el mismo castigo que le habría correspondido al acusado en caso de ser declarado culpable (Dt. 19:18-19).

En la literatura sapiencial judía, el falso testimonio se vincula con la mentira en general: “El testigo falso no quedará sin castigo, y el que habla mentiras perecerá" (Pr. 19:9).

5.3.9.3 Ejemplos de falso testimonio en el tiempo del Nuevo Testamento Volver arriba

Jesucristo a menudo hacía alusión al octavo mandamiento (entre otros, Mt. 19:18). Hacía ver que transgredir este mandamiento es una demostración de malos sentimientos que contaminan al hombre (Mt. 15:18-19).

El Hijo de Dios tuvo que vivir en carne propia lo que significaba ser inculpado por falsos testigos. Este fue el motivo por el cual fue condenado a muerte (Mt. 26:57-66; Lc. 23:2). Aún después de su resurrección, los sumos sacerdotes y los ancianos hicieron proclamar una nueva mentira (Mt. 28:11-15). Jesucristo, “el testigo fiel y verdadero" (Ap. 3:14), soportó la mentira de falsos testigos con una dignidad real.

5.3.9.4 El falso testimonio hoy: prohibición de la mentira y el engaño Volver arriba

Todo falso testimonio equivale a una mentira. En un sentido más amplio, el octavo mandamiento puede ser interpretado como prohibición de cualquier acto que no se corresponda con la verdad (Lv. 19:11). Debido a la imperfección humana, nadie es capaz de que todo lo que hable sea exclusivamente verdad, pero cuanto más consecuente sea el hombre en el seguimiento de Cristo, tanto más sus palabras y sus actos responderán a la verdad.

El Apóstol Pablo aconseja: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros" (Ef. 4:25). Hablar la verdad con el prójimo no significa que cada uno en cada caso pueda o deba echar en cara a sus semejantes las verdades desagradables. Si alguien divulgara sin consideración alguna todas las faltas que se cometen a su alrededor, podría causar mucho daño. El octavo mandamiento también está ligado con el principio del amor al prójimo. Por lo tanto, se debe tener mucho cuidado en cómo se habla con otros y de otros. En Proverbios 6:19 dice explícitamente que “el testigo falso que habla mentiras" es aborrecido por Dios, al igual que “el que siembra discordia entre hermanos".

5.3.9.5 Otras transgresiones al octavo mandamiento Volver arriba

Cada individuo ha sido convocado a esforzarse en ser sincero y veraz. También el conducirse en la sociedad y en el trabajo debe orientarse por el octavo mandamiento.

Además del falso testimonio ante la justicia y la mentira evidente, también constituyen transgresiones al octavo mandamiento las mentiras por necesidad, las medias verdades, los dichos para encubrir el verdadero estado de las cosas y las difamaciones. Asimismo la vanagloria y la exageración, la falsedad y la hipocresía, el propagar rumores, el hablar mal por detrás y las adulaciones, son manifestaciones de falta de veracidad.

5.3.9.6 El falso y el verdadero testimonio en el sentido espiritual Volver arriba

El trino Dios es la esencia de la verdad (Jn. 17:17; 14:6; 16:13); por el contrario, el diablo es padre de mentira (Jn. 8:44). A su falso testimonio se contrapone el testimonio verdadero del Espíritu Santo.

Los cristianos han sido llamados para dar un testimonio verdadero; si creen en el Evangelio, lo anuncian y se conducen como corresponde.

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En principio, el octavo mandamiento se relacionaba con declarar una mentira ante la justicia. Tanto una acusación falsa como también una declaración falsa de un testigo podían ser un falso testimonio. (5.3.9.1)

Todo falso testimonio equivale a una mentira. En un sentido más amplio, el octavo mandamiento puede ser interpretado como prohibición de cualquier acto que no se corresponda con la verdad. (5.3.9.4)

Los cristianos deben dar un testimonio verdadero creyendo en el Evangelio, anunciándolo y conduciéndose como corresponde. (5.3.9.6)

5.3.10 El noveno y el décimo mandamiento Volver arriba

No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, su criada, su buey, su asno o cosa alguna de tu prójimo. Volver arriba

5.3.10.1 Diferentes métodos de enumeración y diferentes versiones Volver arriba

Los dos últimos de los Diez Mandamientos están muy ligados entre sí en términos de su contenido. Muchas veces ambos se enumeran juntos como el décimo mandamiento, por ejemplo en el judaísmo, mientras que en el cristianismo frecuentemente se los separa en el noveno y el décimo mandamiento.

Ambos mandamientos existen en diferentes versiones. En Éxodo 20:17 se menciona primero la casa del prójimo, en cambio, en Deuteronomio 5:21, primero la mujer.

5.3.10.2 Codicia, la causa del pecado Volver arriba

El enunciado: “No codiciarás" constituye el núcleo del noveno y del décimo mandamiento. El mismo no prohibe cada una de las formas de los deseos humanos, sino solamente la codicia pecaminosa por la mujer o los bienes del prójimo. Tal codicia viola, al igual que la transgresión de los demás mandamientos, el mandamiento del amor al prójimo (Ro. 13:9).

Desde los comienzos, Satanás busca atraer al hombre hacia el pecado despertando en él avidez y deseos por las cosas prohibidas (Gn. 3:6). Adán y Eva sucumbieron ante esta codicia y cayeron en el pecado al desobedecer el mandamiento de Dios. Sus consecuencias están descriptas en Santiago 1:15: “Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte".

La codicia, entendida como un deseo pecaminoso, se origina en el interior del hombre, despertando pensamientos impuros. Si no se la domina, este pensamiento pecaminoso será llevado a la práctica. Esto también surge de Mateo 15:19: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias".

El noveno y el décimo mandamiento le asignan al hombre la tarea de velar por la pureza del corazón, lo cual incluye rechazar toda tentación para cometer un acto pecaminoso.

5.3.10.3 Codicia por el cónyuge del prójimo Volver arriba

En el Antiguo Testamento, David y Betsabé nos proveen un ejemplo extraordinario de hacia dónde puede conducir la codicia por la mujer del prójimo: al adulterio, a la mentira y al asesinato (2 S. 11). El Hijo de Dios también abordó la relación entre la codicia por la mujer del prójimo y el adulterio (Mt. 5:27-28). Según la comprensión cristiana, la prohibición de codiciar la mujer del prójimo, también prohibe a una mujer codiciar el esposo de su prójima. Si la codicia está dirigida al cónyuge de otra persona, constituye una transgresión de un mandamiento divino. En este sentido, 1 Juan 2:16-17 se puede entender como una prevención ante tales codicias: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos".

5.3.10.4 Codicia por los bienes del prójimo Volver arriba

En tiempos de la ley mosaica, la casa del prójimo, su campo y su ganado representaban sus posesiones. Lo mismo se aplicaba a la mujer, el siervo y la criada. Este mandamiento prohibe codiciar los bienes del prójimo. Tal codicia puede desarrollarse hasta convertirse en avidez por poseer bienes y se origina por lo general en la envidia.

La codicia impulsa al ávido de bienes a apropiarse sin miramientos de la propiedad ajena. Muchas veces los pobres sufrieron la explotación de los poderosos cuando estos dejaron correr desenfrenadamente sus ambiciones de hacer fortuna. Ese también fue el origen de innumerables guerras.

Según Eclesiastés 5:10, la avidez de bienes es tan desmedida como el amor al dinero y no puede ser saciada. El Apóstol Pablo llama al avaro “idólatra" (Ef. 5:5). Del amor al dinero escribe que es la “raíz de todos los males" (1 Ti. 6:10-11).

5.3.10.5 Vencer la codicia pecaminosa Volver arriba

Gálatas 5:19-25 afirma que la codicia pecaminosa se exterioriza en una conducta pecaminosa, en las “obras de la carne", que son descriptas en términos expresivos. Un cristiano debe mantenerse alejado de tales pecados: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos". El Apóstol Pablo asigna la siguiente tarea: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu". Esto último quiere decir mostrar los frutos del Espíritu Santo: “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza". El término “templanza" significa aquí tener dominio de uno mismo, lo cual se evidencia en moderación y renunciamiento. Esta virtud impide que cualquier deseo incipiente llegue a convertirse en codicia.

Los cristianos son exhortados a que su conducta sea conforme a su llamamiento, y a rechazar toda codicia pecaminosa: “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignoracia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir" (1 P. 1:14-15).

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Los dos últimos mandamientos están muy ligados entre sí en términos de su contenido y muchas veces ambos se enumeran juntos como el décimo mandamiento. El núcleo que tienen en común es la codicia pecaminosa por la mujer o los bienes del prójimo. (5.3.10.1; 5.3.10.2)

El noveno y el décimo mandamiento le asignan al hombre la tarea de velar por la pureza del corazón. (5.3.10.2)