Catecismo

4 El hombre necesitado de redención

El hombre caído en el pecado necesita ser redimido del mal.

4.1 El mal – Los poderes antidivinos Volver arriba

El origen del mal dentro del orden de la creación no puede ser concebido ni explicado racionalmente. Pablo habla del mal como un misterio (2 Ts. 2:7). El mal no siempre puede ser reconocido claramente. A veces se disfraza y toma la apariencia de ser algo bueno o divino (2 Co. 11:14). Solamente por la fe en el Evangelio se hace comprensible qué es en definitiva el mal y qué potestad, poder y efectos tiene.

Sólo Dios es absolutamente bueno. Según la palabra de Dios, la creación invisible y visible es, en principio, buena en gran manera (Gn. 1:1-31), por consiguiente, inicialmente no tuvo lugar el mal en ella. Dios no creó el mal como tal. De esa manera, no forma parte de lo creado positivamente, sino que fue permitido.

Cuando Dios crea al hombre, lo hace a imagen de sí mismo (Gn. 1:26 ss.); esto también incluye que el hombre esté dotado de libre voluntad. Tiene la posibilidad de decidir sobre si obedecer o desobedecer a Dios (Gn. 2:16-17; 3:1-7). Esto también implica la posibilidad de hacer el mal, el cual se manifiesta cuando el hombre se opone consciente y voluntariamente al bien, alejándose de Dios y de su voluntad. Así, el mal del hombre no ha sido creado por Dios, sino que fue inicialmente una posibilidad que eligió el hombre al violar el mandamiento divino. Dios no quiso ni creó el mal, pero sí lo permitió, al no impedir que el hombre tomase esa decisión.

Desde esta caída en el pecado, tanto el hombre como también toda la creación son víctimas del mal (Ro. 8:18-22).

El mal comienza a desarrollarse cuando lo creado se pone en contra del Creador. Como resultado de la desobediencia, el mal cobra espacio y lleva a distanciarse de Dios, a volvérsele extraño y, finalmente, a apartarse por completo de Él.

4.1.1 El mal como poder antidivino Volver arriba

El mal es un poder originado en la intención de ser independiente de Dios y en “querer ser como Dios". Este poder cambia totalmente al que cae en él: el ángel se convierte en demonio, el hombre en pecador.

En el curso de la historia de la humanidad, el poder del mal se ha manifestado una y otra vez. Tras la caída en el pecado de Adán y Eva, lo vemos, por ejemplo, en el Antiguo Testamento, cuando Caín asesinó a su hermano, en la impiedad que reinaba en el tiempo de Noé, en el sometimiento del pueblo de Israel por los egipcios.

El mal es un poder destructor que se opone a la creación de Dios. Se presenta en múltiples formas; es ofuscamiento y corrupción, es mentira, envidia y codicia, procura destruir y lleva a la muerte.

Desde la caída en el pecado, y debido a la inclinación al pecado (concupiscencia) ya no es posible a ningún hombre, con excepción del Hijo de Dios hecho carne, vivir una vida sin pecado. No obstante, nadie está expuesto al pecado involuntariamente. Por eso, ningún individuo puede sustraerse a la responsabilidad personal por sus pecados.

4.1.2 El mal como persona Volver arriba

El mal no se manifiesta solamente como un poder, sino también como persona. La Sagrada Escritura llama al mal personificado “diablo" (Mt. 4:1), “Satanás" o “espíritu inmundo", también “demonio" (Job 1:6 ss.; Mr. 1:13 y 23).

2 Pedro 2:4 y Judas 6 hablan de ángeles que pecaron. Estos seres espirituales quedaron a merced del mal y, como tales, ellos mismos se volvieron malos. El “diablo peca desde el principio" (1 Jn. 3:8), es “homicida desde el principio", “mentiroso, y padre de mentira" (Jn. 8:44). La pregunta que la serpiente dirigió a Adán y Eva hizo levantar dudas respecto de Dios y rebelarse contra Él: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Gn. 3:4-5).

Una forma del mal es el anticristo. Jesús hace referencia a él cuando habla de “falsos Cristos y falsos profetas" (Mr. 13:22). También las denominaciones “hombre de pecado" o “hijo de perdición" se refieren al anticristo (2 Ts. 2:3-4).

Satanás no está en condiciones de hacer fracasar el plan de salvación de Dios, por el contrario: el Hijo de Dios apareció “para deshacer las obras del diablo" (1 Jn. 3:8). El poder del diablo y de sus partidarios es limitado y ya ha sido destruido por la muerte de Jesucristo en sacrificio. A Jesucristo le fue dada “toda potestad en el cielo y en la tierra" (Mt. 28:18); por lo tanto, también tiene potestad sobre los espíritus malignos.

Según Apocalipsis 12, el mal, personificado como Satanás, el diablo, el dragón o la serpiente, será arrojado fuera del cielo. Después del reino de paz le será dada a Satanás una última posibilidad para realizar lo antidivino (Ap. 20:7-8). La expulsión definitiva del maligno al “lago de fuego y azufre" está descripta, finalmente, en Apocalipsis 20:10. En la nueva creación, donde Dios será “todo en todos" (1 Co. 15:28), ya no habrá lugar para el mal.

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El origen del mal no puede ser concebido ni explicado racionalmente. Solamente por la fe en el Evangelio se hace comprensible qué es en definitiva el mal. (4.1)

La creación invisible y visible es, en principio, buena en gran manera; Dios no creó el mal como tal, sino que lo permitió. La posibilidad de decidir si obedecer o desobedecer a Dios, implica la posibilidad de hacer el mal. (4.1)

El mal comienza a desarrollarse cuando lo creado se pone en contra del Creador. Esto lleva a distanciarse de Dios, a volvérsele extraño y, finalmente, a apartarse por completo de Él. (4.1)

El mal es un poder destructor originado en la intención de ser independiente de Dios. Este poder cambia al que cae en él. El hombre se convierte en pecador. (4.1.1)

Debido a la concupiscencia ya no es posible a ningún hombre, con excepción del Hijo de Dios hecho carne, vivir una vida sin pecado. No obstante, nadie está expuesto al pecado involuntariamente. Por eso, ningún individuo puede sustraerse a la responsabilidad personal por sus pecados. (4.1.1)

El mal no se manifiesta solamente como un poder, sino también como persona. Es llamado “diablo", “Satanás" o “espíritu inmundo" (demonio). (4.1.2)

4.2 La caída en el pecado Volver arriba

La doctrina del pecado y de la necesidad de salvación del hombre se basa en el informe de la Sagrada Escritura sobre la caída en el pecado (ver también 3.3.3): “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: [...] del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás" (Gn. 2:16-17). – “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella" (Gn. 3:6).

4.2.1 Consecuencias de la caída en el pecado para el hombre Volver arriba

Como consecuencia de la caída en el pecado, el hombre es expulsado del huerto de Edén (Gn. 3:23-24).

Al apartarse el hombre de Dios primero por su obrar, experimenta una nueva dimensión: la separación de Dios (Gn. 2:17; Ro. 6:23).

4.2.1.1 El hombre caído en el pecado Volver arriba

El hombre quiere elevarse por encima de su Creador. Así se quebró la relación inmutable con Dios. Esto tiene consecuencias significativas para el género humano hasta el día de hoy.

Adán es, asimismo, el arquetipo de todos los pecadores. Lo es por los móviles que lo llevaron a pecar, por su conducta en condición de pecador y también por la imposibilidad de hallar una solución después de la caída.

El pensamiento decisivo de transgredir un límite dado por Dios está contenido en la tentación: “[...] seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Gn. 3:5). No querer tener a un Dios por encima de uno, sino ser uno mismo (un) Dios, no respetar más los mandamientos de Dios, sino hacer lo que apetece la propia voluntad y lo que se tiene ganas, son móviles de conductas pecaminosas.

La pecaminosidad de todos los hombres es presentada en el Génesis con un crecimiento vertiginoso de los pecados en el género humano: Caín, contrariando el consejo y la exhortación de Dios, se levanta contra su hermano y lo mata (Gn. 4:6-8). Más y más van aumentando con el paso del tiempo los pecados de los hombres, clamando al cielo, y Dios responde a ello con el diluvio (Gn. 6:5-7 y 17). Incluso después de ese juicio divino, la humanidad sigue en desobediencia y osadía frente a su Creador. A modo de ejemplo, la Biblia informa sobre las maquinaciones de quienes construyeron la torre de Babel (Gn. 11:1-8), a los que Dios hizo fracasar en su ambición desmedida.

El Apóstol Pablo escribe sobre este fenómeno de la pecaminosidad de todos los hombres después de la caída en el pecado y de la muerte espiritual que resultó de ella: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Ro. 5:12).

La caída en el pecado trajo aparejados cambios en la vida de los hombres, cambios que ellos no pueden volver atrás. El miedo los distancia de su Creador, cuya proximidad ya no buscan, sino que se quieren esconder de Él (Gn. 3:8-10). Esto también trae perjuicios en la relación de los hombres entre sí (Gn. 3:12), así como en la relación de los hombres con la creación. A partir de ese momento el hombre conserva la vida penosamente, y al final quien fue tomado de la tierra volverá al polvo (Gn. 3:16-19).

El hombre ya no puede regresar a la condición de no tener pecados.

4.2.1.2 El hombre pecador sigue siendo amado por Dios Volver arriba

El hombre que se ha tornado pecador tendrá que cosechar lo que sembró “... la paga del pecado es muerte" (Ro. 6:23). A pesar de su desobediencia y su arrogancia, el Eterno ama a sus criaturas, se ocupa de ellas y las acepta. Constituyen símbolos del desvelo divino, que Dios haga a Adán y Eva túnicas de pieles y los vista con ellas (Gn. 3:21), y que cuando Caín después del fratricidio teme la venganza, lo dote de una señal que lo protegería (Gn. 4:15).

El amor que Dios le prodiga al hombre también después de haber caído en el pecado, se manifiesta en forma consumada en el envío de su Hijo. Jesucristo viene y triunfa sobre el pecado (1 Jn. 3:8). En Él los hombres pueden ser salvos del daño producido por el pecado (Hch. 4:12).

En un impactante contraste frente al rebelarse y a la vanidad del hombre cada vez más asediado por el pecado, el Hijo de Dios hecho carne deja una muestra de obediencia completa hacia su Padre (Fil. 2:8). Con su muerte en sacrificio, Jesucristo adquiere el mérito por el cual el hombre es liberado de sus pecados y redimido hasta sus últimas consecuencias “de la esclavitud de la corrupción" (Ro. 8:21), haciéndole accesible la posibilidad de vivir en eterna comunión con Dios.

El Apóstol Pablo explica esta situación: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos" (Ro. 5:18-19).

La justificación ante Dios no llega al hombre pecador fácilmente. Por el sacrificio de Jesús, Dios ha dado su “sí" al hombre, no lo condena, sino que quiere brindarle salvación. El hombre es exhortado a esforzarse seriamente para procurársela y a aceptar el “sí" de Dios. Dios lo dotó a tal efecto de conciencia, razón y fe. Si el hombre para su propósito se orienta en Jesucristo, le será accesible por gracia la justificación obtenida por el Hijo de Dios (Ro. 4:25). Lo que el hombre produce no tiene efectos de justificación. Más bien, lo que él produce – las obras – es una expresión necesaria y natural de la fe: una señal de que acepta el ofrecimiento divino de salvación.

EXTRACTO Volver arriba

Por la caída en el pecado se produjo la separación del hombre de Dios. Su consecuencia es la expulsión del huerto de Edén. Adán es el arquetipo de todos los pecadores. (4.2.1; 4.2.1.1)

El amor de Dios es prodigado al hombre también después de haber caído este en el pecado. Se manifiesta en forma consumada en el envío de Jesucristo, quien triunfa sobre el pecado y la muerte. (4.2.1.2)

4.2.1.3 Conciencia Volver arriba

La conciencia como un don que el hombre ha recibido de Dios, es designada en la Sagrada Escritura con distintos conceptos. [7] En el Antiguo Testamento figura muchas veces en su lugar el concepto de corazón, en el cual se percibe la voz de Dios. Así dice en Deuteronomio 30:14: “Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas". Pablo muestra frente a ello, que no sólo a los hombres bajo la ley mosaica sino también a los gentiles les ha sido colocada en el corazón la voluntad de Dios: “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es la ley, [...] mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia" (Ro. 2:14-15). Todos los hombres llevan en su interior la convicción de lo que Dios quiere; todos poseen tal conciencia.

Al hombre pecador le falta la orientación; ha perdido la seguridad y el sostén que le brinda su obediencia a Dios. Aquí sólo la instancia de la conciencia puede ayudar a tomar decisiones que respondan a la voluntad de Dios. No obstante, pueden tomarse decisiones equivocadas cuando la conciencia no es guiada por la razón y la fe.

En su conciencia, el hombre que se vuelve a sí mismo es capaz de percibir la voluntad de Dios. Así, a través de la instancia de la conciencia, puede ser guiada hacia el bien la voluntad del individuo. De ahí que el hombre deba esforzarse constantemente en formar y aguzar cada vez más su conciencia mediante la ley escrita en su corazón.

En la conciencia se evalúa qué es bueno y qué es malo. Cuando la razón y la fe determinan la conciencia, esto ayuda al hombre a obrar sabiamente. También le permite reconocer si está en deuda frente a Dios y frente a su prójimo, sacando a la luz dónde ha transgredido la voluntad de Dios, habiendo pensado y obrado en oposición a sus disposiciones.

El hombre se debe reconocer en primer lugar a sí mismo haciendo un examen de conciencia. Si esto le manifiesta al hombre que ha pecado y que carga con culpa, y el pecador se deja guiar por la penitencia y el arrepentimiento, Dios le ofrecerá el perdón proveniente de la gracia del mérito de Cristo. Este es el camino colocado por Dios para la justificación del hombre caído en el pecado.

El Santo Bautismo con Agua puede ser experimentado por el hombre como una dedicación de Dios que le transmite salvación: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva ([...] como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo" (1 P. 3:21). La palabra de Dios da fuerzas al hombre para seguir transitando el camino a la salvación. De esa manera, permanentemente se va formando la conciencia, que ayuda a reconocer la voluntad de Dios de forma cada vez más clara.

Experimentar la gracia colma al corazón con la paz de Dios; la conciencia, que reprende al hombre por sus pecados, se tranquiliza. Juan lo resume con las palabras: “Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas" (1 Jn. 3:19-20).

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La instancia de la conciencia puede ayudar a tomar decisiones que respondan a la voluntad de Dios. En la conciencia se evalúa qué es bueno y qué es malo. (4.2.1.3)

Cuando la razón y la fe determinan la conciencia, esto ayuda al hombre a obrar sabiamente y le permite reconocer si está en deuda frente a Dios y frente a su prójimo. (4.2.1.3)

[7] El término “conciencia" se utiliza en muchos otros contextos, por ejemplo sociológicos, filosóficos, psicológicos, a los que aquí no nos referiremos.

4.2.1.4 Razón Volver arriba

La razón es un don de Dios que distingue al hombre de todas las demás criaturas como imagen de Dios. Le ayuda particularmente en la conformación de su existencia y en la concepción de su entorno.

La razón se evidencia en que el hombre, al utilizar su entendimiento y sus conocimientos, piensa y actúa. De esa manera, a sabiendas o no, es responsable ante Dios y ante sí mismo (ver 4.2.1.3). El hombre es capaz de reconocer hechos e investigar sus causas. Se reconoce a sí mismo como individuo y se ve en su relación con el mundo. En definitiva, la razón es una dádiva de Dios para el hombre, la cual lo puede guiar hacia una conducta correcta: “Les dio [a los hombres] razón, idioma, ojos, oídos y entendimiento para pensar" (Sirach 17:5).

El hombre ha recibido de Dios el encargo de “sojuzgar la tierra" (Gn. 1:28). En su afán por saber quiere que todo lo que hay en la creación le sea accesible y útil. Si esto lo hace con responsabilidad ante Dios y la creación, el hombre actúa con inteligencia, conforme al don recibido de Dios.

En la Biblia, la razón también es designada con el concepto “sabiduría". Entendida como la capacidad para reconocer, se la atribuye al obrar de Dios. “Porque Él [Dios] me ha dado el reconocimiento certero de todas las cosas, para que yo supiera cómo ha sido creada la tierra, y la fuerza de los elementos" (La Sabiduría de Salomón 7:17). El Apóstol Pablo también utiliza para “razón" el concepto de “sabiduría humana". Esta le transmite al hombre el intelecto, a través del cual busca ahondar en los misterios divinos (1 Co. 1:21). Si el hombre se elevase por sobre los preceptos divinos, y por ende, por sobre Dios mismo, desestimando la sabiduría divina como una locura, esto significaría en definitiva que la razón estaría desestimando la fe (1 Co. 2:1-16). De esa manera el hombre perdería, al fin y al cabo, el sentido de su vida. Tal tendencia puede ser reconocida claramente en muchos ámbitos del mundo industrializado, a partir de la Ilustración. Se puede ver siempre allí donde el afán de saber no está subordinado a la responsabilidad frente a Dios y a la creación.

Así, la razón humana siempre es imperfecta por causa del pecado. Desde la perspectiva de la fe, una actitud que defina a la razón como el parámetro de todas las cosas, es puesta en evidencia como una locura: “Pues está escrito: `Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos´. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?" (1 Co. 1:19-20).

No es posible para la razón humana en su finitud, concebir a Dios en su infinitud. Su obrar va más allá de toda razón humana. Por eso el hombre debe ser siempre consciente de que jamás logrará con su razón sondear por completo en lo divino (Ro. 11:33).

Aunque la razón no puede ser el parámetro de todas las cosas, es necesaria, por ejemplo, para reconocer las coherencias del Evangelio y para poder aceptar y entender palabras e imágenes de la Sagrada Escritura. Asimismo la necesitamos para profesar la doctrina de Jesús delante de los hombres. La razón es un don divino, pero no el mayor de todos los bienes (Fil. 4:7). Por lo tanto, no se la puede tomar como el único parámetro.

Siempre que la razón es tentada a levantarse en contra de lo divino, el individuo debe ser consciente de que no está aplicando correctamente el don de la razón, sino que le falta responsabilidad ante Dios. Por la fe, el creyente se sabe comprometido a luchar en contra de tal arrogancia: “Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo" (2 Co. 10:5).

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La razón se evidencia en que el hombre, al utilizar su entendimiento y sus conocimientos, piensa y actúa. De esa manera, a sabiendas o no, es responsable ante Dios, ante sí mismo (conciencia) y ante la creación. (4.2.1.4)

La razón es una dádiva de Dios para el hombre, la cual lo puede guiar hacia una conducta correcta. (4.2.1.4)

No es posible para la razón humana en su finitud, concebir a Dios en su infinitud. El obrar de Dios va más allá de toda razón humana. (4.2.1.4)

Aunque la razón no puede ser el parámetro de todas las cosas, es necesaria para poder entender y reconocer las coherencias del Evangelio. (4.2.1.4)

4.2.1.5 Fe Volver arriba

En los textos hebreos del Antiguo Testamento no se encuentra la palabra “fe". Allí donde figura este término en las traducciones actuales, dice originalmente: “confianza", “fidelidad", “obediencia", “esperanza" o “seguridad". Todos estos significados vibran en la única palabra “fe". En Hebreos 11:1 dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (ver 1.4).

Al comienzo de la fe siempre está Dios, quien se revela a través de palabras y obras. Mientras el hombre confía plenamente en Dios, es capaz de obedecerle. La desobediencia hace que el hombre peque y tenga culpa frente a Dios. Desde entonces el hombre rompe su relación con su Creador. Si quiere volver a alcanzar la comunión con Dios, es imprescindible que tenga fe (He. 11:6).

Para los modelos de la fe del tiempo del antiguo pacto, la salvación todavía pertenecía al futuro (He. 11:39). Cuando Dios se revela en Jesucristo, se cumplen las promesas del Antiguo Testamento. La fe adquiere entonces una nueva dimensión: ahora está dirigida al Redentor, a Jesucristo. Teniendo fe en Él es posible ser reconciliado con Dios y estar en comunión con Él.

Esta fe es la que promueve el Hijo de Dios: “Creéis en Dios, creed también en mí" (Jn. 14:1). Él determina, con todas sus consecuencias, cuál es el efecto de no tener fe: “... porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis" (Jn. 8:24).

A aquel que cree en Jesucristo como el Hijo de Dios y lo acepta, le han sido prometidas cosas grandiosas: que “no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn. 3:16).

La verdadera fe cristiana se basa siempre en primer término en la gracia de Dios de la elección y la revelación. Esto surge de la confesión del Apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" y de la respuesta que Jesús dio a continuación: “Bienventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt. 16:16-17). La fe es una dádiva de Dios y una tarea para el hombre. Si el hombre acepta la palabra de Dios, confía en ella y obra acorde a ella, tendrá una fe viva que lo llevará a la salvación.

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La fe es una dádiva de Dios y una tarea para el hombre. Si el hombre acepta la palabra de Dios, confía en ella y obra acorde a ella, tendrá una fe viva que lo llevará a la salvación. (4.2.1.5)

Al comienzo de la fe siempre está Dios, quien se revela a través de palabras y obras. (4.2.1.5)

Teniendo fe en Jesucristo es posible ser reconciliado con Dios. (4.2.1.5)

4.2.2 Consecuencias de la caída en el pecado para la creación Volver arriba

La caída del hombre en el pecado también tuvo amplias repercusiones en la creación que no tuvo culpa alguna de ello.

Originalmente la creación era “buena en gran manera", es decir, era perfecta (Gn. 1:31). El hombre fue colocado por Dios como soberano sobre la creación visible. Así, es por un lado responsable de la creación ante Dios, y por el otro, es también responsable de la creación misma (Gn. 1:28-30). Ante una posición tan significativa del hombre dentro de la creación visible, su desobediencia a Dios también tiene repercusiones decisivas en la creación material: después de que el hombre pecó, la tierra como señal de la creación visible y la serpiente fueron malditas (Gn. 3:17-18). “Espinos y cardos", esto es, los esfuerzos que debe realizar el hombre para ganarse el sustento en su vida, constituyen una señal del distanciamiento del hombre de Dios y de cuán retirado permanece Dios a partir de ese momento para la creación. En ella el hombre ya no encuentra acceso directo a Dios. La vida del hombre está ahora acompañada de inseguridad y temor.

Como señal de enemistad y discordia se puede observar el comportamiento de los animales entre sí. Sobre la nostalgia por superar y restablecer también ese estado podemos leer en Isaías 11:6-8: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará...".

La creación, por lo tanto, necesita ser liberada de la maldición que pesa sobre ella. En la epístola a los Romanos esto es abordado con toda claridad: “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora" (Ro. 8:19-22).

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La caída del hombre en el pecado también tuvo repercusiones en la creación que no tuvo culpa alguna de ello: originalmente esta era perfecta; después de que el hombre pecó, sufrió un deterioro. (4.2.2)

En la creación caída, el hombre ya no encuentra acceso directo a Dios. La vida del hombre está ahora acompañada de inseguridad y temor. (4.2.2)

La creación caída necesita ser redimida. (4.2.2)

4.3 Pecado y culpa Volver arriba

La Biblia utiliza los conceptos “pecado" y “culpa" en algunos casos con el mismo significado y en otros, con contenidos diferentes. La distinción entre ambos conceptos queda demostrada en unas palabras del Hijo de Dios cuando Él defendió a sus discípulos, quienes, según la opinión de los fariseos, habían quebrantado la ley y por ende, cometido pecado: “¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo [transgrediendo el 3º mandamiento], y son sin culpa?" (Mt. 12:5).

4.3.1 Pecado Volver arriba

El pecado es todo lo que se opone a la voluntad de Dios y va en contra del ser de Dios. Todo pecado separa de Dios. Para volver a estar cerca de Él, el pecado debe ser perdonado (ver 12.1.8).

Ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento contienen una “doctrina del pecado" cerrada o un “catálogo de pecados" sistemático y completo.

Invariablemente, Dios mismo hace justicia revelando su voluntad. El hombre está obligado a preguntar por la voluntad de Dios y a actuar de manera acorde. Todas las palabras, los actos, y los pensamientos dirigidos en contra de la voluntad y del ser de Dios, son pecados, como lo es también el no hacer lo bueno intencionalmente (Stg. 4:17).

La Sagrada Escritura considera “pecado", violar los Diez Mandamientos (Ex. 20:20), romper los votos dados a Dios (Dt. 23:22), negar la fe en Cristo (Jn. 16:9), así como la avaricia, la envidia y otros similares.

Al momento de evaluar si algo es pecado o no, lo decisivo es, exclusivamente, la voluntad divina, así como se la puede reconocer en la Sagrada Escritura, como responde al sentir y espíritu del Evangelio de Cristo y como es revelada por el Espíritu Santo. El hombre de ninguna manera puede decidir por sí mismo qué es pecado.

En las circunstancias de la vida, cada uno es responsable ante Dios y ante sí mismo, es decir que carga con la responsabilidad de su propia conducta.

4.3.2 Culpa Volver arriba

Siempre que los hombres infringen la voluntad de Dios, pecan y cargan con la culpa ante Dios. Hay culpa cuando Dios, en su justicia y omnisciencia, le imputa al hombre, que ha cometido un pecado, su conducta equivocada. La gravedad de la culpa sólo la mide Dios.

El grado de la culpa puede variar: resulta decisivo si el pecador actúa a sabiendas; así también pueden cumplir un rol determinadas influencias a las que el hombre está expuesto, como por ejemplo circunstancias de la vida, estructuras sociales, normas legales públicas, situaciones de emergencia, predisposiciones patológicas. La culpa resultante de un pecado en particular, en algunos casos puede ser nula, sin embargo en otros puede ser tal que “clame a Dios" (Gn. 4:10). De todo esto podemos concluir que la culpa, a diferencia del pecado, es relativa.

Dios, en su amor, desea redimir a los hombres del pecado y liberarlos de la culpa. Este es el propósito del sacrificio de Cristo, la esencia del obrar salvífico de Dios.

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Se debe distinguir entre pecado y culpa. (4.3)

Pecado es todo lo que se opone a la voluntad de Dios y va en contra del ser de Dios. Todo pecado separa de Dios y debe ser perdonado. Al momento de evaluar si algo es pecado o no, lo decisivo es, exclusivamente, la voluntad divina. El hombre de ninguna manera puede decidir por sí mismo qué es pecado. (4.3.1)

Culpa existe cuando Dios, en su justicia y omnisciencia, le imputa al hombre, que ha cometido un pecado, su conducta equivocada. La gravedad de la culpa puede variar, sólo la mide Dios. La culpa, a diferencia del pecado, es relativa. (4.3.2)

4.4 El plan divino de salvación Volver arriba

En la Sagrada Escritura el concepto “salvación" se utiliza en el sentido de “socorro", “protección" y “redención". El obrar de Dios tiene por objetivo lograr la salvación. Este accionar se desarrolla como historia de la salvación, en la cual reconocemos una sucesión de actos divinos conforme a un plan establecido por Dios.

La historia de la salvación cobra efecto inmediatamente después de la caída del hombre en el pecado. Continúa con la salvación de Noé de la catástrofe del diluvio, la elección y bendición divinas de los patriarcas, el pacto con Israel y la historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento. El hecho central de la historia de la salvación es la encarnación de Dios en Jesucristo, su sacrificio en la cruz, su resurrección y su ascensión. Sigue con el derramamiento del Espíritu Santo y la difusión del Evangelio por los Apóstoles del primer tiempo y el posterior desarrollo del cristianismo hasta ser nuevamente cubierto el ministerio de Apóstol, cuya meta es la preparación de la comunidad nupcial para el retorno de Jesucristo. Prosigue luego el obrar salvífico en el milenario reino de paz hasta el juicio final. Finalmente Dios creará el cielo nuevo y la tierra nueva. Todo este desarrollo se denomina “el plan divino de salvación".

Una primera expresión de los pensamientos salvíficos de Dios se encuentra en su obrar después de la caída en el pecado (ver 4.2). La tradición cristiana ve ya en la maldición de la serpiente, una referencia al Redentor que vendría, el punto central de la voluntad salvífica de Dios.

Dios configura de diferente manera de qué clase será la salvación y en qué medida esta será transmitida en los distintos períodos de la historia de la salvación. Pero por sobre todo está la voluntad de Dios de liberar a todos los hombres en todos los tiempos.

4.4.1 La esperanza de salvación en el Antiguo Testamento Volver arriba

En el antiguo pacto, la esperanza de salvación se orientaba en primer término a ser liberados de las necesidades terrenas y de la cautividad. En este respecto, el pueblo de Israel experimentó el obrar salvífico de Dios al ser liberado de la servidumbre en Egipto.

Luego Dios, a través de Moisés, dio a su pueblo la ley. Esta contiene indicaciones sobre cómo el hombre puede liberarse de situaciones de culpa frente a otras personas (entre otros, Ex. 21:28-30; Lv. 25:39 ss.).

En el curso del tiempo, la esperanza de salvación de Israel se orientó cada vez más hacia el Mesías esperado, a la liberación del poder esclavizante del pecado: “Espere Israel a Jehová, porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel de todos su pecados" (Sal. 130:7-8).

En muchas promesas, Dios preparó a través de los profetas la aparición del Redentor. En Él se cumplen todas estas promesas.

4.4.2 Jesucristo: Salvador y Mediador de la salvación Volver arriba

Gálatas 4:4-5 muestra que en el antiguo pacto toda la historia de la salvación está orientada al nacimiento del Hijo de Dios, a Jesucristo: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos".

Jesucristo es el Redentor enviado por Dios. Él se manifiesta en sus palabras y sus obras como el Salvador. Quien cree en Él reconoce que: “Verdaderamente éste es el Salvador del mundo" (Jn. 4:42). Solamente en Él hay salvación (Hch. 4:12).

Durante el tiempo en que estuvo sobre la tierra, el Hijo de Dios realizó muchas curaciones milagrosas. Al curar a un paralítico, como se hace mención en Mateo 9:2-6, Jesús hizo referencia a una salvación que es mucho más significativa: a la redención del hombre del pecado.

La salvación vino al mundo por Jesucristo. Él es el Autor de la salvación eterna (He. 5:9). Él trajo redención y es el único Mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5-6). Por el sacrificio de Cristo, la relación del hombre con Dios ha adquirido un nuevo fundamento. El mérito logrado por Cristo posibilita la liberación del pecado y la anulación de la separación permanente de Dios: “... las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación" (2 Co. 5:17-19).

Nadie puede alcanzar salvación por sí mismo; todos los hombres son pecadores y no pueden prescindir del obrar salvífico de Dios. A través de Jesucristo, la salvación se hizo accesible a todos los hombres, tanto a los que viven como a los muertos (Hch. 13:47; Ro. 14:9).

El plan divino de salvación prevé que en el curso del tiempo sea ofrecida la salvación a todos los hombres. Así, por ejemplo, la difusión del Evangelio por los primeros Apóstoles, la expansión mundial del cristianismo y la preparación de la comunidad nupcial para el retorno de Cristo, son etapas en este plan de salvación.

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El obrar de Dios tiene por objetivo lograr la salvación, en el sentido de “socorro", “protección" y “redención". Este accionar se desarrolla como historia de la salvación. En ella reconocemos una sucesión de actos divinos conforme a un plan establecido por Dios, el cual se denomina “el plan divino de salvación". (4.4)

Dios configura de diferente manera de qué clase será la salvación y en qué medida esta será transmitida en los distintos períodos de la historia de la salvación. Pero por sobre todo está la voluntad de Dios de liberar a todos los hombres en todos los tiempos. (4.4)

En el tiempo del Antiguo Testamento, la esperanza de salvación se orientaba en primer término a ser liberados de las necesidades terrenas y de la cautividad. En el curso del tiempo, la esperanza de salvación de Israel se orientó cada vez más hacia el Mesías esperado. (4.4.1)

En el antiguo pacto, toda la historia de la salvación está orientada a Jesucristo, el Redentor enviado por Dios. Él es el Autor de la salvación eterna y el único Mediador entre Dios y los hombres. El mérito logrado por Cristo en la cruz posibilita la liberación del pecado y la anulación de la separación de Dios. (4.4.2)

A través de Jesucristo, la salvación se hizo accesible a todos los hombres, tanto a los que viven como a los muertos. Nadie puede alcanzar salvación por sí mismo. (4.4.2)

4.4.3 Preparación de la comunidad nupcial Volver arriba

Hoy los creyentes experimentan la salvación por medio de la comunión con Jesucristo en palabras y Sacramentos, siendo preparados para el retorno de Cristo, lo cual les permitirá participar de la gloria de Dios. Para alcanzar esta salvación en Cristo está nuevamente cubierto el ministerio de Apóstol (ver 7.4) en el período actual del plan divino de salvación (ver 11.3.3). Los Apóstoles tienen la tarea de anunciar la palabra de Dios y administrar los Sacramentos (ver 8).

El objetivo de esta transmisión de salvación es reunir a la novia de Cristo, así como prepararla para el retorno del Señor. Para la novia de Cristo, que acepta con fe el ofrecimiento divino de salvación, la salvación consiste en llegar, a través de las bodas del Cordero, a la eterna comunión con Dios en el día del Señor (ver también 10.5).

En las etapas del plan de salvación que siguen al día del Señor (ver 10.3 a 10.6), la salvación podrá experimentarse de la siguiente manera:

Los creyentes que en la gran tribulación, debido a su confesión a Cristo, hayan entregado su vida, tendrán parte en la Primera Resurrección y reinarán como sacerdotes con Cristo. En ese tiempo, el milenario reino de paz, la salvación será ofrecida a todos los hombres. Todos los que hallen gracia en el juicio final, tendrán eterna comunión con Dios en la nueva creación.

El plan divino de salvación, como se halla consignado en la Sagrada Escritura, finalizará en la nueva creación (Ap. 21).

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En el período actual del plan divino de salvación está nuevamente cubierto el ministerio de Apóstol, el cual por la palabra y los Sacramentos transmite salvación. El objetivo es reunir a la comunidad nupcial y prepararla para el retorno del Señor. (4.4.3)

La salvación perfecta será alcanzada por la comunidad nupcial en el retorno de Cristo, pudiendo estar en eterna comunión con Dios. (4.4.3)

El plan divino de salvación finalizará en la nueva creación. (4.4.3)

4.5 La elección Volver arriba

La elección está fundamentada en la voluntad de Dios, quien escoge a individuos o grupos para un fin por Él determinado, responsabilizándose de ellos.

4.5.1 La elección en el Antiguo Testamento Volver arriba

Ya en la creación vemos una referencia a la elección divina vinculada con la responsabilidad resultante de ella. Dios eligió al hombre de todas sus criaturas y le dio el encargo de sojuzgar la tierra. La posición especial que le es concedida, se deduce de Sabiduría de Salomón 2:23: “Porque Dios ha creado al hombre para vida eterna y lo ha hecho a la imagen de su propia semejanza". En el curso de la historia de la salvación del Antiguo Testamento, el significado de la elección se puede reconocer particularmente en Noé, Abraham y el pueblo de Israel:

  • Cuando Dios decide erradicar al hombre de la faz de la tierra (Gn. 6:1-8), le promete salvación a Noé. Noé afianza esta elección, haciendo todo lo que Dios le pide. Como resultado, él y su familia, y por ende, la raza humana, se salvan de la perdición.

  • Abraham es elegido para que a través de él sean benditas todas las familias de la tierra (Gn. 12:3). Las promesas que Dios le dio, pasan a Isaac.

  • De los dos hijos de Isaac, Esaú como el primogénito hubiese sido el receptor legítimo de la bendición, sin embargo Dios eligió a Jacob y lo bendijo (Gn. 28:13-15). Aquí se ve que nadie puede reclamar para sí la gracia de la elección de Dios y que esto no puede ser comprendido con el entendimiento humano.

  • De los doce hijos de Jacob surge el pueblo de Israel que Dios convoca para ser el pueblo del pacto: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó" (Dt. 7:6-8). Por consiguiente, el origen de la elección es el amor de Dios.

  • De entre el pueblo de Israel, Dios también eligió a determinados individuos que anunciaron su voluntad y que fueron predestinados por Él para cumplir tareas particulares. Entre ellos están Moisés y Josué, así como algunos jueces, reyes y los profetas.

4.5.2 La elección en el Nuevo Testamento Volver arriba

Jesús elige a los Apóstoles de entre sus discípulos y los envía a todas las naciones con el encargo de enseñar y bautizar (Mt. 28:19-20; Lc. 6:13). El Señor elige al pueblo del nuevo pacto de entre los judíos y los gentiles. Quien afianza esta elección acepta el Evangelio con fe y se deja bautizar con agua y con Espíritu Santo. Del pueblo del nuevo pacto dice en 1 Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable". De esto surge para todos los que forman parte del pueblo del nuevo pacto, el compromiso de dar testimonio, a través de palabras y obras, de los favores recibidos de Dios (2 P. 1:10-11).

4.5.3 Libre elección de la gracia de Dios Volver arriba

La elección es una dádiva de Dios que puede ser aceptada con fe o rechazada a causa de incredulidad.

Nadie puede ganarse la elección mediante sus obras o, mucho menos, pretender tener derechos sobre ella; la elección, además, no puede ser explicada con la razón. La elección divina es y será un misterio de Dios, que solamente puede ser entendido con la fe. Dios la concede a aquellos que Él ha escogido a tal efecto (Ro. 9:10-20).

El hombre no es forzado a aceptar o afianzar la elección de Dios. Constituye su propia decisión si él desea creer y seguir el llamado divino, y cumplir fielmente las tareas que le han sido asignadas.

En este contexto, existe un área de tensión entre la elección de Dios por gracia, que es independiente de la conducta humana, y la libre decisión del hombre de aceptar o no esa elección. Esta tensión no se puede resolver racionalmente.

Dios elige a los seres humanos para su propia salvación y para la salvación de otros. Ellos son escogidos para colaborar en su plan de salvación. Cuando Dios elige a alguien, esto va ligado a una tarea o propósito.

Así, son llamados y elegidos para ser cristianos aquellos que están bautizados y que se confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador. Ellos deben transmitir el Evangelio. Esos cristianos renacidos de agua y Espíritu han recibido además las condiciones previas para la primogenitura. Entre ellos es preparada la novia de Cristo para conformar en el reino de paz el sacerdocio real (ver 10.6).

De ninguna manera puede derivarse de la doctrina de la elección, que las acciones del hombre están predeterminadas y que no tiene ningún poder de decisión [8]. Esta posibilidad es un elemento esencial de la existencia humana. Tampoco es motivo para deducir que la elección de una persona para formar parte de la comunidad nupcial significa el rechazo de otros que no han sido elegidos para tal propósito. Antes bien, la salvación está abierta en el futuro a todas las personas, hasta llegar a la comunión eterna con Dios en la nueva creación.

Aceptar la elección con fe significa seguir a Jesucristo en forma coherente. La elección también tiene consecuencias escatológicas: Cuando Jesucristo como Rey de todos los reyes establezca su reino de paz, a su lado el sacerdocio real anunciará las buenas nuevas de la salvación en Cristo a todos los hombres. Han sido elegidos para este próposito los que tuvieren parte en la Primera Resurrección (Ap. 20:6).

El afianzar la elección se pone en evidencia aceptando la gracia y siendo fiel a Dios y su Obra.

La elección es un acto de amor de Dios; Él es fiel a sus escogidos. Ninguna influencia externa los podrá separar del amor de Dios (Ro. 8:29 y 37-39).

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La elección está fundamentada en la voluntad de Dios, quien escoge a individuos para un fin por Él determinado. Dios eligió al hombre de todas sus criaturas y le dio el encargo de sojuzgar la tierra. (4.5; 4.5.1)

Nadie puede reclamar para sí la gracia de la elección de Dios, la cual no puede ser comprendida con el entendimiento humano. Esto se ve en muchos ejemplos del Antiguo Testamento. (4.5.1; 4.5.3)

Jesús elige a los Apóstoles de entre sus discípulos y los envía a todas las naciones con el encargo de enseñar y bautizar. Elige al pueblo del nuevo pacto de entre los judíos y los gentiles. (4.5.2)

La elección es una dádiva de Dios que puede ser aceptada con fe o rechazada a causa de incredulidad; esta libertad de decisión forma parte de la esencia del hombre. Aceptar la elección con fe significa seguir a Jesucristo en forma coherente. (4.5.3)

Dios elige a los seres humanos para su propia salvación y para la salvación de otros. Cuando Dios elige a alguien, esto va ligado a una tarea o propósito. (4.5.3)

La elección no significa que estén predeterminadas las acciones del hombre. (4.5.3)

[8] La elección frecuentemente se relaciona con la predestinación. La predestinación se ha interpretado algunas veces como la disposición anticipada de Dios sobre el destino del individuo. No obstante, la predestinación no se refiere a determinar el decurso de la vida humana sobre la tierra, sino a que Dios predetermina al hombre para la salvación.

4.6 La bendición de Dios Volver arriba

Por “bendición" entendemos la dedicación de Dios. La bendición es sinónimo del accionar salvífico y sanador de Dios a favor de la humanidad y la creación. Su antítesis es la maldición, es decir, cuando Dios se aparta de la humanidad.

La convicción de que el hombre en toda su existencia depende de la bendición de Dios alude a una imagen del hombre derivada de la fe en Dios como el todopoderoso Creador y Preservador de toda creación. Por sí mismo, el hombre no es capaz de conformar su vida de forma que redunde en su provecho, en el de sus semejantes y de la creación.

La maldición, como el opuesto de la bendición, llega al hombre cuando en la caída en el pecado se alza contra Dios. La maldición es todo lo que lleva al hombre a distanciarse de Dios y todo lo que allí experimenta, quedando en agitación e intranquilidad, y librado a la corrupción y la muerte. La ayuda no la encuentra en sí mismo, sino únicamente en Dios.

De la maldición de haber caído en el pecado uno puede ser redimido por la gracia. Si el hombre toma los dones de Dios con fe y se deja guiar por Él, será partícipe de la bendición.

Dios transmite su bendición muchas veces utilizando a los hombres enviados por Él.

La bendición es amplia, concierne al hombre en su totalidad. Implica poder divino y trae al hombre la promesa de la salvación futura. La bendición es una dedicación de Dios que nadie se puede ganar. El ser bendecido significa recibir cosas buenas por parte de Dios. Nadie puede bendecirse a sí mismo. Sin embargo, el hombre ha sido convocado para rogar por la bendición de Dios y llevar una vida digna de dicha bendición.

La bendición se desarrolla cuando hay fe; es una dádiva de Dios que se renueva continuamente. El hecho de que tenga efectos duraderos depende no por último de la actitud y la trayectoria del que es bendecido. Si este actúa conforme a la complacencia de Dios, él mismo se convertirá en una bendición para otros.

La bendición puede extenderse más allá del receptor directo de la misma y de su vida, hacia otras generaciones.

4.6.1 La bendición de Dios en la creación Volver arriba

En la creación, Dios bendijo a todas las criaturas y a la vida creada le dio la ley de la multiplicación. Confió la creación al hombre y le concedió una bendición especial para este propósito (Gn. 1:28-30), renovándola después del diluvio (Gn. 9:1 y 11). Todo lo que comprende esta bendición, está expresado en las palabras: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche" (Gn. 8:22).

La bendición de Dios inicialmente colocada en la creación si bien está limitada en sus efectos por la maldición del pecado, no ha sido anulada por completo: “Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios" (He. 6:7). Todos los seres humanos se benefician con esta bendición (Mt. 5:45).

4.6.2 La bendición de Dios en el antiguo pacto Volver arriba

La promesa de bendición dada a Israel es parte del pacto que Dios concertó con el pueblo elegido. Esta bendición dependía de que Israel cumpliera con los deberes implícitos en el pacto: servir sólo a Dios y guardar sus mandamientos. Si el pueblo de Israel actuaba de manera distinta, esto traería aparejada la maldición. Esta decisión quedaba en manos del pueblo: “He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición: la bendición, si oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, que yo os prescribo hoy, y la maldición, si no oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios" (Dt. 11:26-28). Esto muestra claramente que el apartarse de Dios y sus mandamientos resulta en maldición.

En el antiguo pacto, la bendición de Dios se manifestó primeramente en la vida cotidiana experimentada en forma directa por el hombre, cubriendo todas las áreas, por ejemplo: la victoria en las batallas contra los enemigos, una larga vida, riquezas, un gran número de descendientes, fertilidad de la tierra (Dt. 28:3-6). Aun en el antiguo pacto, la bendición ya tenía una dimensión que sobrepasaba el bienestar terrenal, como muestra la promesa de Dios a Abram: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra" (Gn. 12:2-3). Esta bendición se extendió mucho más allá de una promesa de bienestar personal; le permitió a Abraham convertirse en bendición también para otros. La bendición de Dios debía comprender a todas las futuras generaciones: en Jesucristo, la bendición se hizo accesible para todas las naciones (Gá. 3:14).

4.6.3 La bendición de Dios en el nuevo pacto Volver arriba

En el nuevo pacto, la concesión de bendición divina comenzó con Jesucristo. El Señor bendijo a través de su palabra, de sus milagros, de su conducta. Él impuso sus manos en los niños, perdonó a los pecadores. Su bendición fue coronada ofreciendo su vida sin pecado en la cruz como sacrificio expiatorio para la reconciliación de la humanidad con Dios. De esa manera, Él tomó para sí la maldición que pesaba sobre los pecadores.

La bendición que hizo accesible Jesucristo se puede entender de una manera amplia. Así leemos en Efesios 1:3: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo". Esta bendición comenzó con la elección antes de la fundación del mundo (versículo 4). Además incluye la redención y el perdón de los pecados (versículo 7), lleva al conocimiento de la voluntad de Dios (versículo 9), comprende la predestinación para heredar la futura gloria (versículo 11), permite ser partícipes del Evangelio (versículo 13) y posibilita ser sellados con el don del Espíritu Santo, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención (versículos 13-14).

El creyente sabe que el haber sido escogido en Jesucristo implica que ha sido llamado para heredar bendición (1 P. 3:9). Demostrará su gratitud por la bendición de Dios llevando una vida bajo la impronta del temor de Dios, la obediencia en la fe y el altruismo.

Vinculada con la bendición también está la ofrenda (ver 13.2.4); esta es una experiencia básica en la vida cristiana.

En el Servicio Divino se hacen accesibles al creyente muchas bendiciones divinas (ver 12.1 y 12.2).

La plenitud de bendición implica la participación eterna en la gloria de Dios.

EXTRACTO Volver arriba

La bendición es una dedicación de Dios que nadie se puede ganar. La bendición es sinónimo del accionar salvífico de Dios a favor de la humanidad y la creación. (4.6)

Dios transmite su bendición muchas veces utilizando a los hombres enviados por Él. Nadie puede bendecirse a sí mismo. La bendición se desarrolla cuando hay fe. (4.6)

En la creación, Dios bendijo a todas las criaturas y a la vida creada le dio la ley de la multiplicación. Confió la creación al hombre y le concedió bendición. La bendición de Dios, si bien está limitada en sus efectos por la maldición del pecado, no ha sido anulada por completo. (4.6.1)

En el antiguo pacto, la bendición de Dios se manifestó ante todo en bienestar terrenal, no obstante ya tenía una dimensión que sobrepasaba ese bienestar. (4.6.2)

Jesucristo bendijo a través de su palabra y sus actos. La entrega de su vida sin pecado como sacrificio expiatorio para la reconciliación de la humanidad es la mayor bendición. (4.6.3)

En el Servicio Divino se hacen accesibles al creyente bendiciones divinas. (4.6.3)

La plenitud de bendición implica la participación eterna en la gloria de Dios. (4.6.3)

4.7 Las funciones de la ley Volver arriba

En general se entiende por ley las disposiciones y reglas provistas por una instancia superior aplicables en forma obligatoria a todos los que viven en el área de dominio de esa autoridad. La ley define derechos y obligaciones.

Dios, el supremo Soberano, está por encima de todo aquel que legisla. Las leyes no escritas aplicables a todo ser humano, se llaman “leyes de la naturaleza y leyes morales" (Ro. 2:14-15). Estas dejan en claro los requerimientos éticos y morales, así como las normas según las cuales se debe conducir el hombre en su vida. En sus características básicas y sus exigencias, las leyes morales son inalterables, más allá de todos los cambios históricos y sociales. Las partes esenciales de la legislación estatal pueden provenir de las leyes morales generales. Por ejemplo, elementos importantes de las leyes morales pueden encontrarse en los Diez Mandamientos.

No obstante, no sólo existen leyes prescriptivas que imponen obligaciones a los individuos instruyéndoles cómo deben actuar, sino también leyes orientadas a la realidad de la vida. La función de estas últimas es la de proveer estructuras y establecer un orden para la vida biológica, social y política. Se experimentan en los hechos elementales de la vida humana, en la historia y en la naturaleza. Nacimiento y muerte, envejecer y morir, éxito y fracaso, también la vivencia de hechos históricos o catástrofes naturales: todas estas son facetas de cómo se pueden experimentar estas leyes.

El Antiguo Testamento supone que el hombre es justo frente a Dios cuando vive de acuerdo con las prescripciones de la ley mosaica (Dt. 6:25). En aquel tiempo, la ley mosaica regía como el orden supremo y obligatorio para los israelitas. El Evangelio, en cambio, afirma que la salvación y la justicia válidas ante Dios, provienen de la fe en el sacrificio y la resurrección de Cristo. La gracia divina está por encima de la ley.

En particular en su epístola a los Romanos, el Apóstol Pablo analiza los caminos tan disímiles que conducen a la justificación; estos caminos son la ley o la gracia. Ambos accesos diferentes condujeron en las comunidades de los orígenes del cristianismo a discusiones entre cristianos judíos y cristianos gentiles. Así el Apóstol se vio impulsado a ocuparse detalladamente de esta temática.

4.7.1 El concepto “ley" Volver arriba

El concepto “ley" se refiere en primer lugar, a la ley mosaica escrita, es decir, los cinco libros de Moisés (el Torá). Un elemento esencial de la ley mosaica son los Diez Mandamientos, así como el doble mandamiento del amor (ver 5.3).

En el antiguo pacto, la ley se entiende como el camino de la salvación. Le brinda al hombre la posibilidad de evitar el pecado y a través de ello, vivir en forma justa ante Dios y no tener que someterse a su juicio. La ley coloca a los israelitas frente a una decisión: si se atienen a ella, tendrán la bendición de Dios; si la violan, les sobrevendrá la maldición de Dios (Dt. 11:26-28). Algunos casos en los cuales se enfatizaba solamente la parte ritual de la ley (el cumplimiento puramente formal de los mandamientos) fueron criticados duramente por los profetas (entre otros, Is. 1:10-17).

En Jesucristo ha sido trazado el camino hacia la salvación, la completa reconciliación con Dios. El Nuevo Testamento expone lo que realmente es la ley mosaica: no es, como hasta ese momento se suponía, el camino de la salvación, sino que muestra la situación del hombre asediado por el pecado sin posibilidad de redención, haciendo alusión a cuál es el verdadero camino hacia la salvación.

Además, el Nuevo Testamento permite extender considerablemente el concepto de la ley: ya no se refiere sólo a la Torá establecida por escrito, sino también al estado básico de toda vida y de todas las cosas, de las cuales también es parte el hombre. Por lo tanto, “ley" significa también una instancia presente en el hombre que le demanda exigencias morales y éticas (ver 4.2.1.3).

Tanto los judíos como los gentiles están sujetos a la ley: los judíos bajo la ley revelada a Moisés, los gentiles bajo la ley que Dios mismo escribió en sus corazones (Ro. 2:15).

4.7.2 La ley como guía para una conducta correcta Volver arriba

La función de la ley dada por Dios, es instruir para llevar una conducta agradable a Dios. Es una ayuda llena de bondad que Dios brinda para la vida, concediéndole al hombre reglas de conducta concretas. Así, la ley conduce a lo bueno y quiere ayudar a evitar lo malo.

Dentro de la ley mosaica son de fundamental importancia los mandamientos concernientes a los alimentos y la pureza, así como las instrucciones concernientes a la observancia del día de reposo y el cumplimiento del servicio sacerdotal. Esta ley brinda las pautas para la debida adoración de Dios, así como el trato correcto de los hombres entre sí: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios" (Mi. 6:8).

“Hacer justicia", es decir, actuar conforme a la palabra de Dios, que es la ley, significa ante todo mantenerse fieles a Dios y no adorar a los ídolos. La humildad de una persona se ve en su obediencia a Dios. “Amar misericordia" significa en el ámbito interpersonal, respetar al prójimo y demostrarle que lo estimamos. Jesucristo expresa estos requerimientos básicos de la ley en el Sermón del Monte: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas" (Mt. 7:12).

En el antiguo pacto, los devotos suponían que los requerimientos de la ley podían ser cumplidos y que de esa forma alcanzarían la salvación. Sin embargo, algunos pasajes del Antiguo Testamento dan cuenta de la certeza del hecho de que el hombre no está en condiciones de cumplir por completo todas las prescripciones de la ley (entre otros, Sal. 19:12). Básicamente, no obstante, regía la convicción de que el que cumple la ley, es justo y recibirá salvación; el que transgrede la ley, es pecador y se cernirá sobre él el juicio.

4.7.3 La ley como guía para reconocimiento del pecado Volver arriba

A la luz del Evangelio se revela la comprensión correcta de la ley dada por Dios.

El Apóstol Pablo escribe en la epístola a los Romanos: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Ro. 3:19-20). En vista de los requerimientos de la ley, en cuyo cumplimiento reiteradamente fracasa, el ser humano se reconoce como pecador, como no justificado y, por lo tanto, como necesitado de la gracia de Dios (Ro. 7:7-10).

Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, la principal función de la ley mosaica consiste en que el hombre reconozca que es imposible alcanzar la salvación únicamente a través de los propios esfuerzos. Esta ley no puede convertir a una persona injusta en justa ni conceder la gracia a un pecador. Aún así, siguen vigentes los requerimientos básicos de la ley en los Diez Mandamientos y en el mandamiento concerniente al amor a Dios y al prójimo.

La ley, de este modo, revela que el ser humano es pecador. Demuestra la necesidad de recibir plena salvación a través del perdón de los pecados. Así, siempre hace referencia a Jesucristo: “Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe" (Gá. 3:23-24). Un “ayo" se refiere a un maestro o pedagogo que hace tomar conciencia de la propia situación y conduce hacia Cristo.

En la epístola a los Romanos, Pablo resume las funciones de la ley: por la desobediencia de un hombre (Adán) los muchos fueron constituidos pecadores; por la obediencia de un Redentor (Jesucristo) los muchos son constituidos justos. Entre ambos está la ley o, como escribió Pablo, “la ley se introdujo" (Ro. 5:19-20). En definitiva, la ley mosaica debe llevar al reconocimiento de que ella misma no produce redención, sino que la redención sólo se obtiene a través de Jesucristo.

EXTRACTO Volver arriba

Las leyes no escritas aplicables a todo ser humano son las leyes de la naturaleza o leyes morales. Elementos importantes de las estas leyes pueden encontrarse en los Diez Mandamientos. (4.7)

Las leyes orientadas a la realidad de la vida proveen estructuras y establecen un orden para la vida biológica y social. (4.7)

En el antiguo pacto, la ley mosaica se entiende como el camino de la salvación. Le brinda al hombre la posibilidad de evitar el pecado y a través de ello, vivir en forma justa ante Dios y no tener que someterse a su juicio. En Jesucristo ha sido trazado el camino hacia la salvación, la completa reconciliación con Dios. El Nuevo Testamento explica que la ley mosaica no es el camino de la salvación, sino que muestra cuál es el camino hacia la salvación. (4.7.1)

La función de la ley mosaica es instruir para llevar una conducta agradable a Dios. A la luz del Evangelio se revela la comprensión correcta de la ley dada por Dios. (4.7.2; 4.7.3)

La ley revela que el ser humano es pecador y demuestra la necesidad de recibir plena salvación a través del perdón de los pecados. Así, siempre hace referencia a Jesucristo. (4.7.3)

4.8 Ley y Evangelio Volver arriba

Atenerse estrictamente a la ley mosaica y ocuparse de su contenido, tenían importancia central en el antiguo pacto (ver 4.7.1).

El concepto “Evangelio" viene del griego y significa “buena nueva". No obstante, el uso lingüístico helenístico no es la única fuente para la interpretación de este concepto en el Nuevo Testamento. Ya se lo aborda en el Antiguo Testamento; así dice en Isaías 61:1: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos" (comparar con Lc. 4:18).

En el Nuevo Testamento, bajo “Evangelio" se entiende el obrar divino de salvación en Jesucristo, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz, su resurrección y finalmente, su retorno. El Apóstol Pablo describe los contenidos principales del Evangelio: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce" (1 Co. 15:3-5).

El Evangelio, entonces, manifiesta el acto de salvación de Jesucristo, que no puede ser relativizado ni debilitado por nada. El Evangelio anuncia que Jesucristo es el único camino hacia la salvación.

Aunque entre ley y Evangelio haya una cierta divergencia, ambos revelan la voluntad divina de salvación. Sin embargo, la ley mosaica estaba dirigida al pueblo de Israel que en ese momento era el pueblo elegido, mientras que el Evangelio tiene validez universal.

No obstante, no es admisible equiparar la ley exclusivamente con el Antiguo Testamento y el Evangelio con el Nuevo Testamento: ambas partes de la Sagrada Escritura comprenden tanto elementos de la ley como también del Evangelio. En el Antiguo Testamento, la esencia de la ley y el Evangelio son accesibles recién con la llave del reconocimiento que genera el Nuevo Testamento. El Evangelio, que se trasluce en toda la Sagrada Escritura, es la “palabra de la cruz" (1 Co. 1:18), “la palabra de la reconciliación" (2 Co. 5:19).

4.8.1 La ley de Cristo: la gracia Volver arriba

El Apóstol Pablo cita en sus explicaciones sobre la justicia procedente de la fe, algunos pasajes de los profetas del Antiguo Testamento, como ser Isaías 28:16 y Joel 2:32. Escribe: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (Ro. 10:10-13). En referencia al Evangelio, el Apóstol enfatiza la unidad del antiguo y el nuevo pacto.

La convicción de que todos los seres humanos son pecadores, propia del Nuevo Testamento, ya la encontramos en el Antiguo Testamento: “Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos [...] He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre" (Sal. 51:4-5). La condición del pecador no puede ser expresada con mayor franqueza; aquí nada se detecta acerca de la hipotética superioridad del que se atiene a la ley por sobre el que es impío. Así, ya en el tiempo del Antiguo Testamento hubo algunos que reconocieron su necesidad de redención.

Isaías 49 a 56 también puede ser entendido como un anticipo del mensaje de gracia del Evangelio. Leemos en Isaías 53:4-6: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. [...] El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. [...] Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros".

Así como el antiguo pacto ya contiene referencias al Evangelio, también en el nuevo pacto la referencia a la ley es parte de la proclamación del Evangelio. Tanto en los Evangelios como en las epístolas de los Apóstoles se encuentra un conflicto con la ley y su nueva interpretación.

No es cuestión de invalidar la ley, sino más bien de entenderla apropiadamente, lo cual recién es revelado por el Evangelio de Jesucristo: “Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión.¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley" (Ro. 3:30-31).

Cristo es el cumplimiento y al mismo tiempo, el fin de la ley. De esa manera, se da por terminada la interpretación de la ley como camino de salvación (Ro. 10:4-5).

Mientras que en el antiguo pacto se suponía que la ley conducía a la vida y a vencer al pecado, el Apóstol Pablo deja en claro que ella únicamente lleva a conocer el pecado: “Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás" (Ro. 7:7).

Mientras que la ley mosaica, por un lado, debe dejar en claro al hombre que es pecador, también provee instrucciones para una conducta apropiada. Jesucristo resumió los contenidos siempre vigentes y necesarios de la ley mosaica en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mt. 22:37-40).

Así, la “ley de Cristo" toma elementos importantes de la ley mosaica, precisamente la exhortación a amar a Dios y al prójimo (Dt. 6:5; Lv. 19:18), y destaca sus funciones fundamentales. Este contexto nuevamente deja en claro tanto los elementos contrapuestos como la interacción entre la ley y el Evangelio.

Lo que el devoto del antiguo pacto esperaba de la ley mosaica, pero que esta no podía cumplir, ahora se hace realidad en la “ley de Cristo": vencer el pecado.

Al serle concedida la gracia, el hombre es justificado ante Dios. La justificación del pecador es consecuencia del sacrificio de Cristo: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida" (Ro. 5:18).

4.8.2 La relación entre fe y obras Volver arriba

El hombre es justificado por la fe en Jesucristo. En este sentido, sus obras no aportan en nada a su santificación y justificación: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley" (Ro. 3:28).

No obstante, la fe y las obras están estrechamente relacionadas y no pueden ser separadas entre sí. Las buenas obras son expresión de una fe viva; si faltan, la fe estará muerta. La fe no es sólo una actitud interna, sino que induce a obras concretas (Stg. 2:15-17).

Las buenas obras tienen su origen en la fe, son como la cara visible de la fe, en las que puede reconocerse si esta es genuina. La fe se realiza ante todo en el amor a Dios y en el trato cordial con nuestro prójimo.

Fe y obras, justificación y conducta santificada, van juntas y no pueden ser separadas.

EXTRACTO Volver arriba

“Evangelio" significa “buena nueva". En el Nuevo Testamento, bajo “Evangelio" se entiende el obrar divino de salvación en Jesucristo. (4.8)

La ley y el Evangelio revelan la voluntad divina de salvación. La ley está dirigida al pueblo de Israel, mientras que el Evangelio tiene validez universal. (4.8)

Así como el antiguo pacto ya contiene referencias al Evangelio, también en el nuevo pacto la referencia a la ley es parte de la proclamación del Evangelio. (4.8.1)

Jesucristo resumió los contenidos siempre vigentes y necesarios de la ley mosaica en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Así, la “ley de Cristo" toma elementos importantes de la ley mosaica. (4.8.1)

El hombre es justificado por la fe en Jesucristo. En este sentido, sus obras no aportan en nada a su santificación y justificación. No obstante, la fe y las obras, la justificación y una conducta santificada están estrechamente relacionadas. Las buenas obras tienen su origen en la fe, son como su cara visible. (4.8.2)