Catecismo

3 El trino Dios

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. La automanifestación de Dios dentro de la historia de la salvación, la cual deja en claro que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo existen, crean, obran y sustentan desde el principio, atestigua que Dios es trino desde siempre.

En el antiguo pacto se manifestaba ante todo Dios el Padre, mientras que el obrar del Hijo y el Espíritu Santo aún quedaba ampliamente oculto a los hombres. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, el Apóstol Pablo hizo ver que el Hijo de Dios ya estaba presente cuando el pueblo de Israel transitaba por el desierto (1 Co. 10:4). Además, en Marcos 12:36 y Hebreos 3:7 dice que el Espíritu Santo ya habló en el antiguo pacto.

La encarnación, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, como asimismo el envío del Espíritu Santo, permiten reconocer a Dios como el Trino. Jesucristo destaca los efectos de la Trinidad Divina en Juan 16:13-15: lo que es del Hijo, también es del Padre y lo que hace saber el Espíritu Santo lo toma del Padre y del Hijo.

El trino Dios es un Dios de comunión de Padre, Hijo y Espíritu; su comunión querría hacerla accesible al hombre.

3.1 La naturaleza de Dios Volver arriba

Dios, en su naturaleza y obrar, no es concebible para el entendimiento humano. El acceso a Dios, su omnipotencia y grandeza solamente es posible por la fe. Jesucristo nos reveló a Dios como Padre lleno de amor, misericordia y gracia, y nos abrió la posibilidad de experimentarlo como tal. El Espíritu Santo, que conduce a los creyentes a las profundidades de la divinidad, brinda más revelaciones de Dios (1 Co. 2:6-16).

Las características de la naturaleza de Dios son: Él es el Uno (único), el Santo, el Todopoderoso, el Eterno, el Amante, el Misericordioso, el Justo, el Perfecto. Dios no es desconocido ni está oculto; se inclina hacia los hombres, les habla y les permite hablar con Él.

El propósito de describir los rasgos característicos de Dios es glorificar su perfección y absolutidad, pero todos los conceptos tomados del mundo de la experiencia humana nunca podrán igualarse con la realidad divina.

3.1.1 Un Dios en tres personas Volver arriba

La Trinidad de Dios es un misterio. En la fórmula trinitaria “En el nombre de Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo" no es utilizado el plural “los nombres", sino el singular “el nombre": el Dios uno es el Dios trino. En sus palabras a los Apóstoles, Jesús mismo definió claramente la Trinidad Divina; ellos debían bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mt. 28: 19). Cuando hablamos de Dios como “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo" no hacemos referencia a tres dioses diferentes, sino a tres personas (hipóstasis), que constituyen el Dios uno.

3.1.2 Dios, el Uno Volver arriba

La fe en un solo Dios forma parte de las confesiones fundamentales del Antiguo y del Nuevo Testamento. Dios mismo habló a Moisés sobre la unidad y la fidelidad a sí mismo expresadas en su nombre: “Yo soy el que soy" (Ex. 3:14). La confesión a la unicidad de Dios: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es" (Dt. 6:4), acompañó al pueblo del antiguo pacto a través de toda su historia.

Si bien ya el primer mandamiento afirma con toda claridad: “No tendrás dioses ajenos delante de mí" (Ex. 20:3), Israel recorrió un largo camino hasta profesarse a la unicidad de Dios excluyendo a todos los demás dioses y la adoración de los mismos. Los profetas tuvieron que reprochar al pueblo una y otra vez la adoración de dioses ajenos. En Isaías 45:21-22 encontramos las palabras de Dios: “No hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más". Después de regresar de la cautividad babilónica, la confesión al único Dios (monoteísmo) llegó a ser en la convicción de los judíos la característica esencial que los distinguía de los gentiles. La fe expresada en el libro de la Sabiduría caracteriza al judaísmo hasta hoy: “Porque aparte de ti, no hay ningún dios" (Sabiduría 12: parte del versículo 13).

Esta confesión también está arraigada en la fe cristiana, desde las primeras comunidades hasta la actualidad. El Apóstol Pablo defendió al monoteísmo sin limitaciones. Con respecto al politeísmo de las religiones griega y romana escribió: “Sabemos que [...] no hay más que un Dios" (1 Co. 8:4).

3.1.3 Dios, el Santo Volver arriba

En el Antiguo Testamento, Dios es llamado reiteradamente “el Santo" (Is. 43:3; Jer. 50:29; Hab. 1:12). La santidad, que alude a lo majestuoso, sagrado y alejado de lo profano, forma parte de la naturaleza de Dios, de su ser y su obrar. Lo testifica Apocalipsis 4:8: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir" (Is. 6:3). Su palabra y su voluntad son igualmente santas.

La proximidad de Dios, la presencia del Santo, experimentada reiteradamente en la historia de la salvación, impone veneración ante Él. Moisés experimentó que la cercanía de Dios es santa e impone veneración, cuando vio la zarza ardiendo y escuchó la voz de Dios: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es" (Ex. 3:5). La santidad de Dios santifica el lugar de su manifestación.

Participar de la santidad de Dios es un regalo y un deber al mismo tiempo: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios" (Lv. 19:2; comparar con 1 P. 1:15-16). Así, cada creyente es convocado a esforzarse por alcanzar la santidad derivada de la santidad de Dios. De esa manera “santificará" el nombre de Dios, lo cual se expresa también en la oración del “Padre Nuestro": “Santificado sea tu nombre" (Mt. 6:9).

3.1.4 Dios, el Todopoderoso Volver arriba

Con la confesión del primer artículo de la fe: “Yo creo en Dios, el Padre, el Todopoderoso, el Creador del cielo y de la tierra" atestiguamos que Dios puede hacer todo, que nada le es imposible y que para Él no hay ninguna clase de limitaciones en imponer su voluntad. En Salmos 135:6, esto es expresado así: “Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos".

También en la creación se muestra al hombre claramente la omnipotencia de Dios, porque sólo por su palabra fue creado todo de la nada (He. 11:3). En su omnipotencia, Dios determina el principio y el fin: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso" (Ap. 1:8). Asimismo la nueva creación será expresión de la omnipotencia de Dios.

Jesucristo también habló de la omnipotencia de Dios, al decir: “Todas las cosas son posibles para Dios" (Mr. 10:27); esto fue atestiguado, igualmente, por ángeles: “Porque nada hay imposible para Dios" (Lc. 1:37).

La omnipotencia de Dios incluye la omnisciencia y la omnipresencia. Se hace referencia a la omnisciencia de Dios en Salmos 139:2-4: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda". El mismo Salmo alude a la omnipresencia de Dios: “Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra" (versículos 8-10).

3.1.5 Dios, el Eterno Volver arriba

Dios, “el Eterno", no tiene principio ni fin. No hay limitaciones temporales para Él. “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios" (Sal. 90:2). Dios es Creador y Señor del tiempo; a diferencia del mundo material, subordinado a la temporalidad, Dios determina soberanamente sobre el tiempo, concede tiempo o también lo quita.

La eternidad de Dios trasciende el horizonte de la experiencia humana. Es infinita, no obstante no es una intemporalidad. Más bien, ante Dios el pasado, el presente y el futuro están igualmente presentes. Está implícito en 2 Pedro 3:8 que Dios está por encima de las dimensiones del tiempo y las domina: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día".

3.1.6 Dios, el Amante Volver arriba

En el antiguo pacto al igual que en el nuevo pacto, Dios se muestra como el que ama. Por amor eligió al pueblo de Israel y lo liberó de la cautividad egipcia. Mas Dios, en su amor, no se manifestó en su hecho histórico solamente al pueblo de Israel, sino que finalmente lo hizo en Jesucristo a toda la humanidad: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn. 3:16).

Dios no sólo se dirige al mundo con amor, sino que Dios es el amor (1 Jn. 4:16).

3.1.7 Dios, el Misericordioso y Justo Volver arriba

Dios es el Misericordioso. Su misericordia es parte de su justicia. Concede a los hombres misericordia, clemencia, paciencia y bondad (Sal. 103:8). En su justicia concedió misericordia a su pueblo, aun cuando este se apartó o no guardó el pacto: “Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor" (Is. 54:8).

En el nuevo pacto queda demostrado que Dios es el Misericordioso en el hecho de que se volvió hacia el hombre asediado por el pecado y le perdonó sus pecados. El Apóstol Pablo testifica cómo Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Co. 5:19). Por gracia, Dios justifica al injusto, el pecador es partícipe del perdón, el necesitado de salvación recibe salvación y, por lo tanto, redención.

Dios es justo: “Cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud" (Dt. 32:4). Enunciados como: “La paga del pecado es muerte" (Ro. 6:23) o “Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos" (Ap. 16:7) son expresiones de su justicia. Es Él quien en el nuevo pacto justifica gratuitamente al pecador a través de Jesucristo (Ro. 3:24-26; 5:18).

3.1.8 Dios, el Perfecto Volver arriba

Dios es perfecto. Él no necesita mejorar, cambiar o seguir desarrollándose en nada. Él es inmutable y está libre de toda condición y presión. Sus obras no acontecen a raíz de una necesidad exterior, sino tan sólo por su voluntad enteramente soberana.

Dios se dio a conocer a Moisés como quien es completamente idéntico consigo mismo y perfecto: “Yo soy el que soy" (Ex. 3:14).

La perfección y la bondad de Dios están estrechamente relacionadas: todo lo que acontece en Dios, todo lo que procede de Él o es creado por Él, es perfecto y está bien hecho. La perfección de Dios también puede verse en que entre la voluntad y la acción, entre el propósito y la realización no hay diferencia alguna. En Dios tampoco se encuentra algo que pudiese estar malogrado o imperfecto. La creación es parte de la perfección y la bondad de Dios, por eso Dios encuentra que todo lo que había hecho era “bueno en gran manera" (Gn. 1:31).

La verdad también forma parte de la perfección de Dios. En Dios no se halla mentira, engaño o inseguridad. “La suma de tu palabra es verdad" (Sal. 119:160). La palabra divina es digna de confianza, Dios se atiene a sus promesas y es fiel.

La verdad de Dios se corresponde con la sabiduría. Dios reina y llena con esta toda la creación: “Se expande poderosa de un extremo a otro y todo lo dispone provechosamente" (La Sabiduría de Salomón 8:1).

La perfección de Dios se experimenta directamente en Jesucristo, “el autor y consumador de la fe" (He. 12:2), pues Él es perfecto en sus palabras y obras. Jesucristo es el Ejemplo y el Maestro de la perfección a la que debe aspirar el hombre (Fil. 2:5).

“La meta", “el premio del supremo llamamiento de Dios" (Fil. 3:12-16) – es decir, la perfección – es de naturaleza escatológica. Es verdad que el hombre en sus pecados puede aspirar a la perfección, pero no alcanzarla. Por ser aceptado en el retorno de Cristo y tomar parte en la nueva creación, Dios regala finalmente al hombre una amplia participación en su perfección.

EXTRACTO Volver arriba

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios que existe, crea, obra y sustenta desde el principio. (3)

Dios, en su naturaleza y obrar, no es concebible para el entendimiento humano. El acceso a Él solamente es posible por la fe. (3.1)

El Dios uno es el Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No hacemos referencia a tres dioses diferentes, sino a tres personas (hipóstasis), que constituyen en Dios uno. (3.1.1)

La fe en un solo Dios (monoteísmo) forma parte de las confesiones fundamentales del Antiguo y del Nuevo Testamento. Esto está arraigado en la fe cristiana desde las primeras comunidades apostólicas hasta la actualidad. (3.1.2)

La santidad, que alude a lo majestuoso, sagrado y alejado de lo profano, forma parte de la naturaleza de Dios, de su ser y su obrar. Su palabra y su voluntad son igualmente santas. (3.1.3)

Dios puede hacer todo, para Él no hay ninguna clase de limitaciones. La omnipotencia de Dios incluye la omnisciencia y la omnipresencia. (3.1.4)

Dios no tiene principio ni fin. La eternidad de Dios es infinita, no obstante no es una intemporalidad. Él es el Creador del tiempo y está por encima de todas las dimensiones del tiempo. Ante Él el pasado, el presente y el futuro están igualmente presentes. (3.1.5)

Dios es el amor (1 Jn. 4:16). También en la historia Él se muestra como el que ama. Esto se evidencia ante todo en la entrega de su Hijo para toda la humanidad. (3.1.6)

Dios es el Misericordioso y el Justo. Su misericordia también se demuestra en que perdona los pecados. Concede al pecador justicia a través de Jesucristo. (3.1.7)

Dios es el Perfecto. Sus obras y caminos no tienen imperfección. Sus obras acontecen tan sólo por su voluntad enteramente soberana. Dios se atiene a sus promesas y es fiel. La perfección de Dios se experimenta directamente en Jesucristo. (3.1.8)

3.2 Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo Volver arriba

Dios mismo se reveló como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. Así, Dios se deja reconocer como el Trino. Esta automanifestación de Dios conforma el fundamento de la doctrina de la Trinidad. El obrar de Dios en la historia y la creación siempre se lleva a cabo como el obrar del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios se revela como Creador, como Redentor, como Reconciliador y como Creador de todo lo nuevo. En la vida de Jesús, en su Bautismo, transfiguración, crucifixión, resurrección y ascensión, y asimismo al ser derramado el Espíritu Santo en Pentecostés, Dios anunció su naturaleza trinitaria: Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En el Antiguo y el Nuevo Testamento, el misterio de la Trinidad de Dios está expresado de diferentes maneras. Sin embargo, en la Sagrada Escritura no se mencionan el concepto ni la doctrina de la Trinidad. Esta fue reconocida y formulada en la Iglesia del primer tiempo basándose en testimonios bíblicos.

3.2.1 Referencias sobre el trino Dios en el Antiguo Testamento Volver arriba

Una primera referencia al obrar del trino Dios está en el primer relato sobre la creación (Gn. 1:1-31; 2:1-4). Allí dice: "[...] el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Gn. 1:2) y: “dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza" (Gn. 1:26). “Elohim", la denominación de Dios utilizada en el texto hebreo original, es un plural, significa lo “divino" y también “dioses". A la luz del Evangelio se entiende como una referencia al trino Dios.

Las diferentes manifestaciones divinas “ángel de Jehová" (Gn. 16:7-11 y 13; Ex. 3:2-5; Jue. 6:11-16), “Espíritu de Dios" o “Espíritu de Jehová" (Jue. 3:10; 1 S. 16:13) se entienden como alusiones al misterio de la Trinidad de Dios.

También hablan al respecto los hechos y referencias en los cuales aparece el número tres:

  • Los tres mensajeros de Dios que se acercaron a Abraham (Gn. 18), se entienden en la tradición cristiana como una alusión al misterio de la Trinidad Divina.

  • Del mismo modo, la bendición sacerdotal aaronita de Números 6:24-26 hace referencia al obrar del trino Dios: “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz".

  • También la triple alabanza del ángel en ocasión de la visión del llamamiento del profeta Isaías, es vista como una referencia a la Trinidad de Dios: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria" (Is. 6:3).

3.2.2 Referencias sobre el trino Dios en el Nuevo Testamento Volver arriba

A pesar de que en el Nuevo Testamento tampoco encontramos una doctrina específica sobre la Trinidad, sí se transmiten sucesos y formulaciones que ponen en claro la Trinidad Divina en su accionar dentro de la historia de la salvación. Un ejemplo de la presencia del trino Dios se puede ver inmediatamente al comenzar la actividad pública de Jesús, cuando en su Bautismo el Padre y el Espíritu Santo atestiguan el envío del Hijo de Dios hecho hombre: “Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia" (Mr. 1:10-11). Este pasaje demuestra que el Hijo de Dios obra en unidad con el Padre y el Espíritu Santo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo también son mencionados en el mandato del Bautismo dado por Jesucristo a los Apóstoles antes de su ascensión (Mt. 28:18-19).

Otras referencias a la correlación existente entre las personas divinas se hallan en el Evangelio de Juan cuando se menciona la unidad del Hijo con el Padre, donde Jesucristo dice: “Yo y el Padre uno somos" (Jn. 10:30, comparar también con Jn. 1:1 y 14). Asimismo, la promesa del Espíritu Santo hace referencia a la Trinidad de Dios (Jn. 16:13-15).

En las epístolas del Nuevo Testamento hay más alusiones a la Trinidad de Dios. Las encontramos en las alabanzas a Dios o también en las fórmulas de bendición. Así dice en 1 Corintios 12:4-6: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo". Aquí se menciona tanto la unicidad de Dios, como las diferentes automanifestaciones personales. También Efesios 4:4-6 testifica que el obrar de Dios contiene señales de su naturaleza trinitaria: “Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos". Asimismo en 1 Pedro 1:2 se habla acerca del obrar de salvación del trino Dios: “[...] elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo".

Una alusión clara a la Trinidad de Dios la constituye la fórmula de bendición que se encuentra al final de la 2ª epístola a los Corintios: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Co. 13:14).

3.2.3 Desarrollo de la doctrina de la Trinidad Volver arriba

El reconocimiento de la Trinidad de Dios y su presentación en enunciados doctrinarios tuvo lugar ya poco tiempo después de haber sido redactados los escritos del Nuevo Testamento. Para poder plasmar estas nociones en palabras, se utilizaron antiguos conceptos filosóficos como “persona" o “hipóstasis", o bien “sustancia". Formular una doctrina de la Trinidad ayudaría, por un lado, a expresar con el idioma el reconocimiento obtenido por la fe; por el otro, se trataba de proteger a la fe de las falsas doctrinas que buscaban transmitir una imagen de Dios que no respondía al testimonio del Nuevo Testamento. La doctrina de la Trinidad se terminó de formular durante los primeros concilios de los siglos IV y V.

El concepto de “Trinidad" fue acuñado por Teófilo de Antioquía que vivió en la segunda mitad del siglo II; el Doctor de la Iglesia Tertuliano (alrededor de 160 hasta alrededor de 220 d.C.) lo hizo popular. Tertuliano acentuó la unidad de Dios: “una substantia tres personae", es decir, “una sustancia [divina en] tres personas" (lat.: “una substantia tres personae"), y por primera vez relacionó el concepto de “persona" con Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En el concilio de Nicea (325 d.C.) se dejó expresa constancia de la consustancialidad divina de Padre e Hijo. Una razón directa para ello fue la doctrina de Arrio (fallecido en 336 d.C.), quien afirmaba que el Hijo preexistente [4] fue creado por el Padre de la nada, es decir, que fue el primer acto creador de Dios. Contrariamente a esta postura, el concilio insistió en que el Hijo no era una criatura, sino que era parte de la Trinidad Divina desde siempre.

Esta controversia conocida como “disputa arriana" no finalizó en el concilio de Nicea, sino que se proyectó al concilio de Constantinopla (381 d.C.). En este concilio fue expresado que el Espíritu Santo también es persona y verdadero Dios como el Padre y el Hijo.

En los años siguientes, la doctrina de la Trinidad fue aceptada por la cristiandad en general, salvo unas pocas excepciones. Sin embargo, las reflexiones sobre la doctrina de la Trinidad aún no habían concluido. Ante todo por influencia del Padre de la Iglesia Agustín (354 hasta 430 d.C.) se acentuó más tarde en la Iglesia Occidental que el Espíritu Santo procedía de igual manera tanto del Padre como del Hijo. Contrariamente a esto, la Iglesia Oriental insistía en una versión más antigua del credo de Nicea-Constantinopla, que afirma que el Espíritu Santo procedería del Padre a través del Hijo.

Los reformadores adoptaron la fe en la Trinidad de Dios de la Iglesia antigua (siglos II a VI). La doctrina de la Trinidad, salvo la idea divergente sobre el Espíritu Santo mencionada arriba, es común a todas las Iglesias cristianas. Forma parte de los enunciados fundamentales de la fe cristiana y constituye una característica esencial de diferenciación con las otras dos religiones abrahamitas, el judaísmo y el islamismo.

En el décimo primer sínodo de la Iglesia de Toledo (675 d.C.) fue anunciado: “El Padre es lo mismo que el Hijo, el Hijo es lo mismo que el Padre, el Padre y el Hijo son lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, por naturaleza un Dios".

[4] Existencia de Cristo como Logos junto con Dios antes de su encarnación.

3.2.4 La unidad de las tres personas divinas Volver arriba

Los cristianos se profesan a un Dios trino. Cada una de las personas divinas – Padre, Hijo y Espíritu Santo – es verdadero Dios. La fe cristiana comprende que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son ya desde siempre, es decir, que existen desde la eternidad.

Por ende, “Padre", “Hijo" y “Espíritu Santo" no son sólo nombres que indican distintas maneras de existencia o de revelación, sino que estos tres nombres existen para las personas divinas diferentes entre sí en su ser. Por cierto que el Padre no es el mismo que el Hijo, y el Hijo no es el mismo que el Padre; el Espíritu Santo no es el mismo que el Padre o el Hijo, puesto que el Padre es el Engendrador, el Hijo es el Engendrado y el Espíritu Santo es el que surgió de ambos.

Las tres personas divinas se relacionan permanentemente entre sí y son eternamente una. La diferenciación de las tres personas divinas entre sí, no divide la unidad de Dios, dado que son una naturaleza, o bien, una sustancia. En ellas no hay divergencia de voluntad. El Padre está totalmente en el Hijo, totalmente en el Espíritu Santo; el Hijo está totalmente en el Padre, totalmente en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está totalmente en el Padre, totalmente en el Hijo.

Los cristianos profesan que todas las obras de Dios en la creación, redención y nueva creación, son al mismo tiempo obras del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Aunque todas las obras divinas son al mismo tiempo obras del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no siempre lo son de la misma manera. Si bien la creación es obra de Dios, el Padre, y Dios, el Hijo, no obstante Dios, el Padre, o Dios, el Espíritu Santo, no se hicieron hombres, sino únicamente Dios, el Hijo. No el Padre o el Hijo, sino únicamente el Espíritu Santo es derramado. En la tradición cristiana, a cada una de las tres personas divinas se les asigna un punto central (Appropriation): Dios, el Padre, es Creador; el Hijo, Redentor y el Espíritu Santo, Creador de lo nuevo.

EXTRACTO Volver arriba

El obrar de Dios en la creación y la historia es el obrar del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. (3.2)

Referencias a la Trinidad Divina se encuentran en el primer relato sobre la creación, en los tres mensajeros de Dios que se acercaron a Abraham, en la triple bendición aaronita y en la triple alabanza del ángel en ocasión de la visión del llamamiento del profeta Isaías. (3.2.1)

Un ejemplo de la presencia del trino Dios se puede ver en el Bautismo de Jesús, en el cual el Padre y el Espíritu Santo atestiguan el envío del Hijo. Padre, Hijo y Espíritu Santo también son mencionados en el mandato del Bautismo dado por Jesucristo, así como en la fórmula de bendición de 2 Corintios 13:14. (3.2.2)

La doctrina de la Trinidad Divina se formuló en los primeros concilios de los siglos IV y V. En el concilio de Nicea se convirtió en doctrina valedera la consustancialidad divina de Padre e Hijo. En el concilio de Constantinopla se estableció la consustancialidad del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo. (3.2.3)

En su ser, “Padre", “Hijo" y “Espíritu Santo" son personas divinas diferentes, se relacionan permanentemente entre sí y son eternamente una. (3.2.4)

En la tradición cristiana, a cada una de las tres personas divinas se les asigna un punto central: Dios, el Padre, es Creador; Dios, el Hijo, Redentor; Dios, el Espíritu Santo, Creador de lo nuevo. (3.2.4)

3.3 Dios, el Padre Volver arriba

Dios se manifiesta como Padre, en forma insuperable, en la encarnación de Dios, el Hijo: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. [...] A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer" (Jn. 1:14 y 18). Desde la eternidad Dios, el Padre, engendra a su Hijo unigénito (que quiere decir, nacido único; ver 3.4.1). Este misterio será revelado solamente a quienes el Hijo lo manifieste: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar" (Mt. 11:27).

Cuando el creyente emplea el concepto “Padre" en conexión con Dios, se relacionan con el mismo los distintos aspectos de la creación, de la autoridad y de los cuidados solícitos. Dios es el origen y el que preserva lo que ha creado. Por ende, todo ser humano puede dirigirse a Dios, que es su Creador, como Padre.

En el tiempo del Antiguo Testamento, Dios se manifestó al pueblo de Israel como Padre lleno de amor y preocupación por ellos. Dijo a Moisés: “Y dirás a Faraón: Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva" (Ex. 4:22-23). El pueblo de Israel llamó a Dios “Padre" (Dt. 32:6; Jer. 31:9). Cuando Jesús habló a los judíos en el Sermón del Monte, también hizo referencia a Dios como su Padre (entre otros, Mt. 5:16). Invitó a invocar a Dios con las palabras: “Padre nuestro que estás en los cielos" (Mt. 6:9).

Jesucristo, a través del renacimiento de agua y Espíritu, allanó a los hombres el camino para llegar a ser hijos y, por lo tanto, herederos del Altísimo (Ef. 1:5; Tit. 3:5-7; Ro. 8:14-17). De manera tal que los conceptos “Padre" e “hijo" han adquirido una nueva dimensión. En 1 Juan 3:1 es mencionado que el amor paterno de Dios es el motivo por el cual el renacido puede estar seguro de su relación de filiación: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios", ¡y así lo somos!

3.3.1 Dios, el Creador Volver arriba

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Gn. 1:1). Esta afirmación del primer versículo de la Sagrada Escritura expresa una verdad básica que profesamos en el primer artículo de la fe. Es Dios quien ha creado los mundos celestiales y el espacio, y le ha dado a la tierra su lugar en el universo: aquí Dios se ha hecho hombre.

Todo lo que existe ha sido producido por la acción creadora de Dios. Por un lado, ha efectuado esta creación de la nada (“creatio ex nihilo") y sin ningún modelo, es decir en forma completamente libre: “Dios [...] llama las cosas que no son, como si fuesen" (Ro. 4:17; comparar con He. 11:3). Por otro lado, ha formado las cosas y los seres vivientes de la materia creada por Él (Gn. 2:7-8 y 19). Toda su creación está sujeta a Él.

La creación y el orden de la misma dan testimonio de la sabiduría de Dios, cuya grandeza ningún hombre puede imaginar. Con admiración, el salmista exclama: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios" (Sal. 104:24).

En el Nuevo Testamento se manifiesta que Dios ha creado todo a través de su Hijo. Esto se ve ante todo al comienzo del Evangelio de Juan: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho" (Jn. 1:1-3; comparar con Col. 1:16; He. 1:2; ver 3.4.2).

Así como el Padre y el Hijo, también el Espíritu Santo es Creador. Lo sugieren las palabras: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza" (Gn. 1:2 y 26).

A través de su palabra, el Dios trino ha creado el mundo material; Él lo conserva en su existencia y lo gobierna. En este respecto, la creación no sólo contiene el misterio de su origen y su comienzo, sino también el de su continuación y su futuro. Todo muestra el constante desvelo de su Creador: “Porque tú amas todo lo que existe y nada de lo que has hecho abominas; pues tú no has dispuesto nada, contra lo cual tuvieres odio. ¿Cómo podría permanecer algo, si tú no quisieras? ¿Cómo podría conservarse lo que no hubieses llamado? Tú, sin embargo, con todo eres indulgente; porque son tuyos, Señor, amante de la vida, y tu Espíritu incorruptible está en todos" (La Sabiduría de Salomón 11:24 a 12:1).

EXTRACTO Volver arriba

Dios se manifiesta como Padre, en forma insuperable, en la encarnación de Dios, el Hijo. (3.3)

Cuando se emplea el concepto “Padre" en conexión con Dios, se relacionan con el mismo distintos aspectos de la creación, de la autoridad y de los cuidados solícitos. (3.3)

Todo lo que existe ha sido creado por Dios a través de su palabra. Por un lado, ha efectuado esta creación de la nada y sin ningún modelo. Por otro lado, ha formado las cosas y los seres vivientes de la materia creada por Él. Toda su creación está sujeta a Él. Él conserva a la creación y la gobierna. (3.3.1)

3.3.1.1 La creación invisible Volver arriba

La Sagrada Escritura se refiere reiteradamente a un mundo invisible, a ámbitos, sucesos, estados y seres que se hallan fuera del mundo material. Este mundo invisible ha sido creado por Dios y se lo llama la “creación invisible". A veces se utiliza el concepto “mundo de allende" para poner énfasis en que la creación invisible está más allá de las facultades perceptivas humanas. Como Dios mismo, sus misterios se sustraen a la investigación humana. No obstante, las revelaciones divinas permiten a los seres humanos hacerse una idea de la creación invisible.

Aunque en realidad el mundo invisible no puede describirse en conceptos humanos, ya que los mismos hacen referencia al campo de las experiencias humanas (lo visible), la Sagrada Escritura utiliza conceptos que se valen del lenguaje simbólico para enunciar lo invisible.

A partir del informe bíblico podemos establecer que pertenecen a la creación invisible el reino en el que reina Dios (Ap. 4 y 5), los ángeles (ver 3.3.1.1.1), el alma inmortal de los hombres (ver 3.3.4) y el reino de la muerte (ver 9). También forman parte del mundo invisible el diablo, adversario de Dios y enemigo del hombre, así como sus seguidores, aun cuando no han sido creados como el mal (ver 4.1 y 4.1.2).

3.3.1.1.1 Los ángeles Volver arriba

El término “ángel" es la traducción de la palabra hebrea “malak" o bien de la palabra griega “angelos". Los respectivos textos hebreos y griegos de la Sagrada Escritura utilizan a veces ambas palabras con el sentido general de “mensajero, enviado", pero ante todo haciendo referencia a los mensajeros celestiales de Dios [5].

La tarea de los ángeles es adorar a Dios, cumplir sus instrucciones y de esa manera, servirle. Si está en la voluntad de Dios, en algunos casos los ángeles pueden volverse visibles. La Sagrada Escritura informa de ángeles que trajeron mensajes a los seres humanos por mandato de Dios. Reiteradamente encontramos alusión a ángeles que sirvieron a los hombres, brindándoles por pedido de Dios ayuda o protección. Ellos son “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación" (He. 1:14). Mateo 18:10 hace alusión a que los niños tienen asignados ángeles que ven siempre el rostro de Dios.

Los servicios prestados por los ángeles a los hombres se basan siempre en la voluntad de Dios. Por lo tanto, no hay que agradecer o alabar a los ángeles, sino solamente a Dios: “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles, que se encuentran delante del Señor. [...] Pues Dios así lo ha querido, que yo estuviera con vosotros, ¡a Él agradeced y alabad!" (Tobías 12:15 y 18).

La formulación “multitud de las huestes celestiales" de Lucas 2:13 transmite una cierta idea de una gran cantidad de ángeles; así también lo señalado por Jesús en Mateo 26:53, de que su Padre le enviaría de inmediato doce legiones de ángeles. Los ángeles son calificados como “poderosos en fortaleza" (Sal. 103:20) y como seres santos y majestuosos. También pueden hacer turbar y atemorizar a los hombres (Lc. 1:11-12 y 29; 2:9-10).

Además, la Sagrada Escritura informa de los querubines que después de la caída en el pecado guardan el camino del árbol de la vida (Gn. 3:24) y de los serafines que vio el profeta Isaías en una visión sirviendo delante del trono de Dios (Is. 6:2-7).

De acuerdo a lo informado por la Biblia, en el mundo de los ángeles existen diferentes rangos: podemos leer de Miguel, el príncipe de los ángeles o arcángel (Dn. 10:13; Jud. 9), también de Gabriel y Rafael, que se encuentran delante de Dios (Lc. 1:19; Tobías 12:15), los cuales aparentemente ocuparían posiciones privilegiadas. No existe en la Sagrada Escritura información precisa sobre cómo está ordenado el mundo de los ángeles.

[5] Un ejemplo de que la Sagrada Escritura también denomina “ángeles" a algunos hombres, puede encontrarse en los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis. Los “ángeles de las iglesias" deben entenderse como los respectivos dirigentes de las comunidades.

3.3.1.1.2 Significado de lo invisible para la vida del hombre Volver arriba

La fe de que el alma y el espíritu siguen existiendo eternamente en el más allá después de la muerte física, tiene un significado muy grande para el hombre (1 P. 3:19; 1 Co. 15). La actitud que una persona adopta frente a Dios durante su vida en la tierra tiene consecuencias sobre su existencia en el más allá. Esto puede ayudar a las personas a resistir las tentaciones del diablo y llevar una vida agradable a Dios.

Es necesario ocuparse de lo atinente al más allá, a lo invisible, en este sentido. Por el contrario, el ocuparse de lo invisible en forma de adivinación o consultando a los muertos, no responde a la voluntad de Dios (Dt. 18:10-11; 1 S. 28).

El Apóstol Pablo define la importancia de lo invisible: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (2 Co. 4:17-18).

EXTRACTO Volver arriba

La Sagrada Escritura se refiere reiteradamente a un mundo invisible (creación invisible, mundo de allende). Pertenecen al mismo el reino en el que reina Dios, los ángeles, el alma inmortal de los hombres y el reino de la muerte. También el diablo y sus seguidores forman parte del mundo invisible. (3.3.1.1)

Se entiende por “ángeles" en primer lugar los mensajeros celestiales de Dios, cuya tarea es adorar a Dios y servirle. De acuerdo a lo informado por la Biblia, en el mundo de los ángeles existen diferentes rangos, “príncipes de los ángeles" o “arcángeles". La Sagrada Escritura no brinda información precisa sobre cómo está ordenado el mundo de los ángeles. (3.3.1.1.1)

En el mundo invisible, el alma y el espíritu del hombre siguen existiendo eternamente. El tener conocimiento de esto puede ayudar a resistir las tentaciones y llevar una vida agradable a Dios. (3.3.1.1.2)

3.3.1.2 La creación visible Volver arriba

La Sagrada Escritura atestigua que Dios creó al mundo visible en seis “días de la creación". Estos no se entienden como períodos determinados con precisión. La Biblia informa sobre cómo se le dio existencia a lo que es perceptible para el hombre: Dios es el Creador de la totalidad de la realidad que podemos experimentar. Por su palabra surgieron los cielos y la tierra, la luz, la forma de la tierra, el sol, la luna y las estrellas, las plantas y los animales, como asimismo el hombre; y todo era bueno en gran manera (Gn. 1:31).

Aunque la creación sufrió las consecuencias del pecado, Dios siguió valorándola en forma básicamente positiva. Esto se demuestra, entre otras cosas, en que Él vela sobre el orden inamovible que dio a su creación (Gn. 8:22). Así, la creación visible – aun en su estado de caída – da un testimonio elocuente de Dios el Creador (Ro. 1:20). Dios ingresa en la creación material a través de la encarnación.

Dios le asignó al hombre su espacio vital y le encargó que reine sobre la tierra y la preserve (Gn. 1:26-30; Sal. 8:6). En el trato con la creación, el hombre es responsable ante Dios, el Creador. Está obligado a tratar con gran consideración a toda vida y a su espacio vital.

3.3.2 El hombre como imagen de Dios Volver arriba

Dios concedió al hombre una posición especial entre todas las criaturas y le procuró una relación estrecha con Él mismo: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Gn. 1:26-27).

El hombre se destaca por su relación tanto con la creación visible como con la invisible, ya que debido al accionar divino tiene esencia material e inmaterial: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Gn. 2:7). Dios coloca en su criatura más excelsa el poder de vida y le garantiza ser partícipe de características divinas esenciales, como amor, personalidad, libertad, entendimiento, inmortalidad. Dios capacita al hombre para reconocer al Creador, amarlo y alabarlo. De esa manera, el hombre está orientado a Dios, incluso si no reconoce siempre al verdadero Dios y coloca otra cosa en su lugar.

Como es Dios quien ha concedido al hombre tanto esencia física como espiritual, ambas son dignas de respeto.

Que el hombre haya sido creado a imagen de Dios significa que ocupa una posición excepcional dentro de la creación visible: Dios se ha dirigido a él y lo ama.

Esta semejanza del hombre con Dios indica, además, que Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, la “imagen del Dios invisible" (Col. 1:15). Jesucristo es el segundo “Adán" (1 Co. 15:45 y 47), en el cual la semejanza con Dios se puede ver en forma perfecta.

El hecho de que el hombre haya sido creado a imagen de Dios no quiere decir que a partir de la persona del ser humano se pueden sacar conclusiones sobre la naturaleza de Dios. Esto sólo es así en el caso de Jesucristo.

Dios ha creado al hombre como un ser dotado de la facultad del habla. Esto también en relación con su semejanza con Él. Dios habló por toda la eternidad. A través del Verbo ha hecho todo y ha llamado al hombre por su nombre. Al escuchar que Dios se dirige a él, el hombre se hace valer a sí mismo como persona. En el “tú" de Dios, el hombre llega a ser “yo". Está capacitado para alabar a Dios, comunicarse con Él en la oración y escuchar la palabra de Dios.

También la posibilidad de tomar decisiones libremente se retrotrae al hecho de que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Al serle concedida esta libertad, al mismo tiempo fue impuesta al hombre la responsabilidad de sus actos. Está subordinado a las consecuencias de su proceder (Gn. 2:16-17).

El varón y la mujer son imagen de Dios en la misma medida y por lo tanto, ambos son iguales en su esencia. No sólo fueron creados el uno con el otro, sino también el uno para el otro y poseen el mismo encargo de “señorear" sobre la tierra, es decir, de darle forma y preservarla. El poder otorgado al ser humano no lo autoriza a manejar la creación arbitrariamente. Justamente como él es imagen de Dios, más bien está comprometido a tratar a la creación como corresponde a un ser divino: con sabiduría, benevolencia y amor.

EXTRACTO Volver arriba

Dios, el Creador de la totalidad de la realidad que podemos experimentar, le asignó al hombre su espacio vital y le encargó que reine sobre la tierra y la preserve. El hombre está obligado a tratar con gran consideración a toda vida y a su espacio vital. (3.3.1.2)

Dios creó al hombre a su imagen. El hombre se destaca por su relación tanto con la creación visible como con la invisible. Dios coloca en el hombre poder de vida (“aliento") y le garantiza ser partícipe de algunas características divinas. (3.3.2)

Que el hombre haya sido creado a imagen de Dios significa que el hombre ocupa una posición excepcional dentro de la creación visible: Dios se ha dirigido a él y lo ama. El varón y la mujer son imagen de Dios en la misma medida. (3.3.2)

3.3.3 La caída del hombre Volver arriba

Después de haberlo creado, Dios permitió al hombre un trato directo con Él. Por medio del mandamiento de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, se muestra ante el hombre como el Señor y Dador de la ley, que espera obediencia.

Por la influencia del maligno, el hombre cae en tentación y sucumbe a ella, violando el mandamiento dado por Dios: el pecado ha ingresado en la existencia humana; esto implica la separación de Dios, la muerte espiritual. El hombre se da cuenta de lo acontecido reconociendo su desnudez, por la que se avergüenza (Gn. 3:7-10). La vergüenza es una señal de que se ha destruido la confianza original del hombre hacia su Creador. La desobediencia del hombre lleva a que Dios lo excluya de la comunión que tenía hasta entonces con Él.

Esta separación provoca que el hombre de allí en más tenga sobre la tierra una existencia llena de preocupaciones, que culmina con la muerte del cuerpo (Gn. 3:16-19). El hombre, por sus propios medios, no puede dejar sin efecto ese estado de separación de Dios.

Desde la caída en el pecado, el hombre es pecador, es decir, que está asediado por el pecado, siendo incapaz de vivir sin pecado. Vive acompañado de dolores y preocupaciones, en un mundo sobre el cual pesa la maldición de Dios. El temor ante la muerte constituye la impronta de su vida (ver 4.2.1).

En todo esto se manifiesta que la libertad original del hombre ha experimentado una limitación decisiva: aunque el hombre de allí en más se esfuerce por llevar una vida acorde a la voluntad de Dios, fracasará una y otra vez porque el mal ejerce potestad sobre él. Así, toda su vida debe ser “siervo", es decir, no es libre, y está sujeto por el pecado.

Mas el hombre como pecador no queda sin el consuelo y la asistencia de Dios, quien no lo deja en la muerte. En presencia del hombre, Dios dirige a la serpiente las palabras: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gn. 3:15). Esta es una primera indicación al sacrificio de Jesús, por medio del cual el Señor vence el mal.

3.3.4 El hombre como unidad de espíritu, alma y cuerpo Volver arriba

Dios creó al hombre como ser físico y como ser espiritual, es decir, espíritu y alma. El cuerpo del hombre es mortal, mientras que el espíritu y el alma son inmortales (ver 9.1).

El cuerpo surge del engendramiento, por lo tanto toma parte en la esencia y figura de los padres. En cambio, el alma no se debe al acto humano del engendramiento, sino que es creada directamente por Dios. En ella se hace evidente que Dios es Creador también en el presente.

En la Biblia, el espíritu y el alma no se distinguen claramente uno del otro. [6] Ellos capacitan al hombre para participar del mundo espiritual, reconocer a Dios y estar vinculado con Él.

Espíritu, alma y cuerpo no se deben entender como independientes unos de otros, sino que más bien están relacionados entre sí, se compenetran e influencian, pues el hombre es una unidad: mientras viva sobre la tierra, una unidad de espíritu, alma y cuerpo (1 Ts. 5:23), que actúan en estrecha interacción entre sí; después de la muerte del cuerpo, una unidad de espíritu y alma.

Con la muerte no finaliza la personalidad del hombre. De allí en más se expresa a través del espíritu y el alma.

Durante la resurrección de los muertos, el espíritu y el alma serán unidos con un cuerpo de resurrección (ver 10.1.2).

EXTRACTO Volver arriba

El maligno hace caer al hombre en tentación y este sucumbe a ella, violando el mandamiento dado por Dios: el pecado ha ingresado en la existencia humana. (3.3.3)

La consecuencia del pecado es la separación de Dios. Además, la libertad original del hombre ha experimentado una limitación decisiva: aunque el hombre de allí en más se esfuerce por llevar una vida acorde a la voluntad de Dios, fracasará una y otra vez. El hombre, también como pecador, no queda sin la asistencia de Dios. (3.3.3)

Dios creó al hombre como ser físico y espiritual: el cuerpo es mortal, el ser espiritual – espíritu y alma – existe eternamente. Con la muerte no finaliza la personalidad del hombre. De allí en más se expresa a través del espíritu y el alma. (3.3.4)

[6] El alma inmortal no debería ser confundida con la “psique" humana, que coloquialmente también es llamada “alma". De la misma forma, el espíritu, que forma parte de la esencia eterna del hombre, se debe diferenciar del intelecto (coloquialmente llamado el “espíritu humano").

3.4 Dios, el Hijo Volver arriba

El profesarse a Jesucristo como el Hijo de Dios forma parte de los fundamentos de la fe cristiana.

Lo expresado en el 2º artículo de la fe: “Yo creo en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, nuestro Señor", expresa en pocas palabras lo que creemos. La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla (ver 2.2.2) desarrolla el contenido de esta creencia: “Creo [...] en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios unigénito y nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho, consustancial con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas".

Si hablamos de “Dios, el Hijo", nos estamos refiriendo a la segunda persona de la Trinidad Divina, que vive y reina en comunión con Dios, el Padre, y Dios, el Espíritu Santo, de eternidad en eternidad. El concepto “engendrado" no debe entenderse biológicamente, sino como un intento de expresar en palabras la relación llena de misterio entre Dios, el Padre, y Dios, el Hijo.

Entre Dios, el Padre, y Dios, el Hijo, no existe en absoluto diferencia jerárquica, aunque los conceptos “Padre" e “Hijo" pudiesen sugerir un orden de sucesión o de precedencia. Padre e Hijo son verdadero Dios en la misma medida. Tienen la misma sustancia. Esto está expresado en Hebreos 1:3: El Hijo es “la imagen misma de su sustancia [del Padre]".

Dios, el Hijo, se hizo carne en Jesucristo y al mismo tiempo siguió siendo Dios: Dios entró en la realidad histórica y obró en ella. La fe en Dios, el Hijo, es inseparable de la fe en Jesucristo como una persona que está presente y activa en la historia. La Confesión de fe lo pone en claro señalando los eventos esenciales de la vida del Hijo de Dios hecho carne y, al mismo tiempo, mostrándolos como base para los eventos de la historia de la salvación: “Yo creo en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, nuestro Señor, concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María, que padeció bajo Poncio Pilato, que fue crucificado, muerto y sepultado, que entró en el reino de la muerte, que al tercer día resucitó de los muertos y ascendió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios, el Padre todopoderoso, de donde vendrá nuevamente".

Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios. Tiene dos naturalezas, una humana y una divina, ambas están presentes en Él puras, inalterables, inseparables e indivisibles.

En su naturaleza humana, Él es como todo otro ser humano; en lo único que se diferencia de ellos es en que vino al mundo sin pecado, nunca pecó y fue obediente a Dios, el Padre, aun en la muerte en la cruz (Fil. 2:8).

En su naturaleza divina, también durante su humillación en la tierra, sigue siendo invariablemente verdadero Dios en omnipotencia y perfección. De múltiples maneras Jesús mismo reveló el misterio de su persona, así por ejemplo con las palabras de Mateo 11:27: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar". El reconocimiento de que Jesucristo es el Hijo de Dios, es revelación divina: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna" (1 Jn. 5:20).

3.4.1 El Hijo unigénito de Dios Volver arriba

La afirmación de que Jesucristo es el unigénito Hijo del Padre (Jn. 1:14), se vuelve a encontrar en el 2º artículo de la fe: “Yo creo en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios". Esto significa que Jesucristo es, en forma incomparable y única, el Hijo de Dios. En este sentido, “unigénito" quiere decir que ha sido engendrado por el Padre y no hecho. “Él es [...] el primogénito de toda creación" (Col. 1:15). El Hijo de Dios ha estado junto al Padre desde antes de toda creación (preexistencia).

Juan 3:16 describe a Jesús como el “Hijo unigénito“ de Dios. Él es quien puede dar testimonio auténtico del Padre. En Juan 1:18 esto está expresado de la siguiente manera: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer".

El Hijo de Dios no es una criatura como el hombre, tampoco se lo puede comparar con los ángeles, que tienen un comienzo. Él no tiene principio ni fin, es consustancial con el Padre, justamente “unigénito", engendrado eternamente. El concepto del “engendramiento" es usado en Hebreos 1:5 haciendo referencia a Salmos 2:7 para expresar la relación única existente entre el Padre y el Hijo.

3.4.2 El Verbo hecho carne Volver arriba

En Juan 1:1-18 se hallan enunciados fundamentales sobre la naturaleza de Dios y su revelación en el mundo. Se habla del principio, el origen del que dependen todas las cosas y del cual emana todo. Este principio, que en sí no supone condiciones y que trasciende toda temporalidad, está estrechamente asociado con el concepto utilizado en el griego “Logos", que habitualmente es traducido como “Verbo". El Logos, este poder, constituye el principio de la creación. Aquí, el Verbo y Dios están directamente correlacionados: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Jn. 1:1). Dios y Verbo, ambos son eternos.

En Juan 1:14 se hace referencia a la presencia del Logos sobre la tierra: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad". El trascendental Verbo divino, que en el principio está con Dios, entra ahora en la esfera terrena, y aún más: él mismo fue hecho carne, el eterno Verbo fue hecho verdadero hombre.

La afirmación: “Y vimos su gloria" se refiere al Hijo de Dios hecho carne, a la realidad histórica del “Verbo hecho carne". Aquí se hace referencia al círculo de los testigos de la actividad de Jesús sobre la tierra. Los Apóstoles y discípulos tenían una comunión directa con el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne (1 Jn. 1:1-3).

La gloria del Padre, puramente de allende, se hace realidad histórica en la gloria del Hijo, terrena y perceptible directamente. Así, el Hijo de Dios puede decir de sí: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14:9).

Hebreos 2:14 fundamenta por qué el Verbo fue hecho carne: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él [Jesucristo] también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo".

3.4.3 Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios Volver arriba

El reconocimiento de que Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios, es decir, la doctrina de las dos naturalezas, fue establecido en el concilio de Calcedonia (451 d.C.). Esta doctrina de la doble naturaleza de Jesús trasciende el horizonte de la experiencia y la imaginación humana; se trata de un misterio.

La encarnación del Hijo de Dios está descripta en Filipenses 2:6-8 como una humillación de sí mismo: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz".

Jesús compartió con los hombres todo el espectro de las sensaciones físicas y psíquicas. Como ser humano tenía un cuerpo y sus respectivas necesidades. Lucas 2:52 informa que Jesús crecía en sabiduría, estatura y gracia para con Dios y los hombres. Se alegró con los felices en la boda de Caná. Sufrió con los tristes y lloró cuando Lázaro había muerto. Tuvo hambre cuando estaba en el desierto; tuvo sed cuando llegó a la fuente de Jacob. Padeció el dolor bajo los azotes de los soldados. Cuando estuvo frente a la muerte en la cruz, confesó: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte" (Mt. 26:38).

Jesucristo es realmente verdadero hombre; lo afirma Hebreos 4:15. Aquí al mismo tiempo se destaca la diferencia con todos los demás hombres: Él no tiene pecado.

En la misma medida, Jesucristo es verdadero Dios.

La Sagrada Escritura da fe de que Jesucristo es el Hijo de Dios y también de que es Dios. En el Bautismo de Jesús se oyó una voz de los cielos: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mt. 3:17). También en la transfiguración, el Padre enfatizó que Jesús es el Hijo de Dios, indicando que a Él hay que oír (Mt. 17:5).

Las palabras de Jesús: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere" (Jn. 6:44) y “Nadie viene al Padre, sino por mí" (Jn. 14:6) expresan que Dios, el Padre, y Dios, el Hijo, tienen la misma autoridad divina. El Padre trae al hombre hacia el Hijo, y el Hijo lleva al hombre hacia el Padre.

Sólo como verdadero Dios Jesucristo pudo afirmar: “Yo y el Padre uno somos" (Jn. 10:30), expresando en un lenguaje simple que es de la misma naturaleza que el Padre.

Otros pasajes bíblicos que dan prueba de que Jesucristo es verdadero Dios son los siguientes:

  • la forma de proceder de los Apóstoles después de la ascensión: “Ellos, después de haberle adorado [a Jesucristo], volvieron" (Lc. 24:52);

  • lo expresado en Juan 1:18: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer";

  • lo manifestado por el Apóstol Tomás después de haber visto al Resucitado: “¡Señor mío, y Dios mío!" (Jn. 20:28);

  • la confesión de la naturaleza de Cristo en el himno a Cristo: “En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Col. 2:9);

  • el testimonio de 1 Juan 5:20: “Y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna";

  • la afirmación: “Dios fue manifestado en carne" (1 Ti. 3:16).

3.4.4 Referencias a Jesucristo en el Antiguo Testamento Volver arriba

Ya el Antiguo Testamento hace referencia al Mesías que vendría, al Salvador y Redentor. Así, en la maldición de la serpiente inmediatamente posterior a la caída en el pecado, ya se encuentra oculta la primera mención al Redentor que vendría (Gn. 3:15).

El autor de la epístola a los Hebreos ve una referencia a Jesucristo en los actos del rey y sacerdote Melquisedec, quien trae pan y vino a Abraham y lo bendice (Gn. 14:17-20; He. 7).

Dios, el Hijo, acompañó al pueblo escogido, Israel, a través de la historia. El Apóstol Pablo describe expresamente la presencia de Cristo durante el peregrinaje por el desierto: “Nuestros padres [...] bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo" (1 Co. 10:1-4).

Algunos profetas del Antiguo Testamento hacen referencia a detalles concretos relacionados con la venida del Redentor:

  • Isaías lo describió con nombres que subrayan su unicidad: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz" (Is. 9:6).

  • Miqueas anunció el lugar de nacimiento del Señor: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad" (Mi. 5:2).

  • Malaquías profetizó a alguien que prepararía el camino del Hijo de Dios: “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Mal. 3:1). El que prepararía el camino es Juan, el Bautista (Mt. 11:10).

  • Zacarías describió la entrada del Señor en Jerusalén: “Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna" (Zac. 9:9).

Así, tanto la encarnación del Hijo de Dios como su camino sobre la tierra, fueron vaticinados en el Antiguo Testamento.

3.4.5 Jesucristo, el Redentor Volver arriba

El nombre “Jesús" significa: “El Señor salva". Cuando el ángel del Señor anunció el nacimiento de Jesús, anticipó al mismo tiempo su nombre: “[...] llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt. 1:21). De esa manera, al llamarlo con ese nombre queda en claro que Jesús es el Salvador y Redentor prometido.

En sus obras, Jesucristo se manifestó como el Salvador y Redentor enviado por Dios: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio" (Mt. 11:5). Mas la redención transmitida a través de Jesucristo llega mucho más allá de las dimensiones de lo visible y temporal hasta las esferas de lo invisible y eterno. Le quita al diablo sus derechos sobre la humanidad y aparta del pecado y la muerte.

La redención del hombre está basada en el sacrificio de Jesucristo (Ef. 1:7). Sólo en Él se hace accesible la salvación a la humanidad (Hch. 4:12).

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“Dios, el Hijo", es la segunda persona de la Trinidad Divina. Se hizo carne en Jesucristo y al mismo tiempo siguió siendo Dios: entró en la realidad histórica. (3.4)

Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios, es decir que tiene dos naturalezas. En su naturaleza humana, Jesucristo es como todo otro ser humano, sólo que sin pecado. En su naturaleza divina, también durante su humillación en la tierra, sigue siendo invariablemente verdadero Dios. (3.4)

Jesús es llamado el “unigénito Hijo de Dios". El Hijo de Dios, el “Unigénito", ha sido engendrado por el Padre, es decir que no ha sido hecho, sino que es eterno, sin principio ni fin, consustancial con el Padre. (3.4.1)

El trascendental Verbo divino (“Logos"), que en el principio está con Dios, entra ahora con Jesús en la esfera terrena y lo humano. “Fue hecho carne" (Jn. 1:14), el eterno Verbo fue hecho verdadero hombre. La gloria del Padre, puramente de allende, se hace realidad histórica en la gloria del Hijo, terrena y perceptible directamente. (3.4.2)

La doble naturaleza de Jesucristo como verdadero hombre y verdadero Dios es un misterio. Como verdadero hombre Jesús compartió con los hombres todo el espectro de las sensaciones físicas y psíquicas. Como verdadero Dios expresó su consustancialidad con el Padre: “Yo y el Padre uno somos" (Jn. 10:30). (3.4.3)

El Antiguo Testamento hace referencia al Mesías que vendría. Algunos profetas del Antiguo Testamento señalan detalles concretos relacionados con la venida del Redentor. Así, tanto la encarnación del Hijo de Dios como su camino sobre la tierra, fueron vaticinados en el Antiguo Testamento. (3.4.4)

En sus obras, Jesucristo se manifestó como el Redentor enviado por Dios. La redención de la muerte y el pecado está basada en el sacrificio de Jesucristo; sólo en Él se hace accesible la salvación a la humanidad. (3.4.5)

3.4.6 Títulos de nobleza de Jesús Volver arriba

Los “títulos de nobleza" hacen referencia a nombres y denominaciones para el Hijo de Dios con los cuales la Sagrada Escritura alude a sus características únicas.

3.4.6.1 Mesías – Cristo – Ungido Volver arriba

Los tres conceptos significan lo mismo: “Mesías" proviene del hebreo “maschiach", la forma latina “Cristo" surgió del griego “Christos“; ambos significan traducidos: “Ungido".

En algunos salmos, los reyes de Israel son calificados de “ungidos de Dios" (entre otros, Sal. 20:6). Su unción está estrechamente vinculada con los enunciados sobre un pacto particular de Dios con David y sus sucesores. La veneración del rey dado por Dios y ungido, iba a veces tan lejos como para llamarlo Dios (Sal. 45:5-9).

Basándose en las afirmaciones del profeta (entre otros, Is. 61; Jer. 31:31ss.) se desarrollaron en el pueblo de Israel ideas sobre el Mesías que apuntaban cada vez más a una figura que trascendía todo lo humano y que poseía carácter divino en el sentido más profundo.

El Nuevo Testamento reconoce en forma unánime que este Mesías, este Cristo, es Jesús de Nazaret. El título de nobleza “Cristo" está tan estrechamente vinculado con Jesús, que se convierte en nombre propio: Jesús Cristo o Jesucristo. El que cree en Él, se profesa al Mesías esperado por Israel, quien trae salvación enviado por Dios.

Siempre que el Nuevo Testamento habla de Jesús, se está refiriendo al Cristo, al Mesías. Esto marca una diferencia decisiva: mientras que hoy muchas personas de fe judía aún están esperando la venida del Mesías, los cristianos confiesan que el Mesías ya ha venido y está presente en Jesucristo. Esta fe está formulada en la importante afirmación que se encuentra al comienzo del Evangelio de Marcos: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mr. 1:1).

3.4.6.2 Señor Volver arriba

En el Antiguo Testamento, la denominación “Señor" es usada principalmente cuando se habla del Dios de Israel. En el Nuevo Testamento este título de nobleza también hace referencia a Jesucristo.

En la epístola a los Romanos podemos leer: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo" (Ro. 10:9). Surge de este texto la afirmación “Kyrios Iesous" (del gr.: “Jesús es el Señor"), una de las confesiones más antiguas del cristianismo temprano. Con todo eso, “Señor" no debe ser entendido como una forma respetuosa de dirigirse a alguien, sino que designa la autoridad divina de Jesucristo.

Después de su resurrección, el hecho de que Jesús es “el Señor" se convirtió para sus discípulos y discípulas en una certeza irrefutable. El Apóstol Tomás se dirigió al Resucitado con las palabras: “¡Señor mío, y Dios mío!" (Jn. 20:28).

El llamar “Señor" a Jesús intenta expresar también, que no es otro que Dios mismo quien ha tomado forma en Él.

El Apóstol Pablo escribe sobre el señorío de Jesús, que éste pone a la sombra a todos los demás monarcas, incluso al Emperador romano que reclamaba para sí la divinidad: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria" (1 Co. 2:7-8).

Como Jesús es el Señor de gloria, se le asigna un gran significado a la invocación de su nombre y a su adoración (Fil. 2:9-11).

3.4.6.3 Hijo del Hombre Volver arriba

El concepto “Hijo del Hombre", según Daniel 7:13-14, designa a un ser celestial que no es parte del género humano.

En tiempos de Jesús, en los círculos judíos devotos se esperaba al “Hijo del Hombre", a quien Dios le debía transmitir el dominio del mundo. Según Juan 3:13, el Señor mismo se da a conocer como Hijo del Hombre: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo". Como tal tiene la potestad para perdonar pecados (Mt. 9:6), es Señor del día de reposo (Mt. 12:8) y “... vino a buscar y a salvar lo que se había perdido" (Lc. 19:10).

Finalmente Jesús anunció el padecimiento (Mt. 17:12), la muerte en sacrificio (Mt. 12:40; 20:28) y la resurrección del Hijo del Hombre (Mt. 17:9). Siempre que Jesús habla del Hijo del Hombre, hace referencia a sí mismo.

También Esteban atestiguó la divinidad del Hijo del Hombre: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios" (Hch. 7:56). Jesucristo, el Hijo del Hombre, está nuevamente allí de donde ha salido (Jn. 16:28).

3.4.6.4 Emanuel – Siervo de Dios – Hijo de David Volver arriba

La Sagrada Escritura menciona otros títulos de nobleza de Jesús: Emanuel, siervo de Dios, hijo de David.

El nombre hebreo “Emanuel" significa “Dios con nosotros". Mateo 1:22-23 toma, haciendo referencia a Jesús, la predicción de Isaías 7:14: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. Esto es, Dios con nosotros". Jesucristo es entonces aquel por el cual Dios está presente y puede ser experimentado directamente.

La designación “Siervo de Dios" se encuentra en el Antiguo y el Nuevo Testamento haciendo alusión a personas de la historia de la salvación: patriarcas, profetas, Apóstoles. Isaías hizo referencias a un siervo de Dios, que se cumplieron en Jesucristo (entre otros, Is. 42:1).

En el Nuevo Testamento, “Hijo de David" es un nombre corriente para Jesucristo. Ya al comienzo del Evangelio de Mateo se enfatiza: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham" (Mt. 1:1). Esto significa que las promesas que fueron dadas a David hallan cumplimiento en el Hijo de Dios.

EXTRACTO Volver arriba

Los “títulos de nobleza" hacen referencia a nombres y denominaciones para el Hijo de Dios con los cuales la Sagrada Escritura alude a sus características únicas: (3.4.6)

El Nuevo Testamento reconoce en forma unánime que Jesús de Nazaret es el “Mesías". (3.4.6.1)

“Señor" designa la autoridad divina de Jesucristo. (3.4.6.2)

“Hijo del Hombre" alude a un ser celestial que no es parte del género humano; el Señor mismo se da a conocer como Hijo del Hombre. (3.4.6.3)

La Sagrada Escritura menciona otros títulos de nobleza de Jesús: “Emanuel" (“Dios con nosotros"), “Siervo de Dios" e “Hijo de David". (3.4.6.4)

3.4.7 Los ministerios de Cristo: Rey, Sacerdote y Profeta Volver arriba

El título de “rey" se asocia con la idea de reinar y gobernar. El sacerdote está activo en el servicio de los sacrificios a los efectos de reconciliar al hombre con Dios. De un profeta se espera que anuncie la voluntad de Dios y prediga acontecimientos que vendrán.

Reinar y gobernar, dar lugar a la reconciliación con Dios y predecir el futuro: todo esto puede encontrarse con suma perfección en Jesucristo.

3.4.7.1 Jesucristo, el Rey Volver arriba

Cuando el ángel del Señor anunció a la virgen María el nacimiento de Jesús, dijo: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; [...] y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lc. 1:32-33).

Los magos de Oriente preguntaron por el rey de los judíos que había nacido y al que habían venido a adorar (Mt. 2:2).

En Jesucristo se cumplió la promesa que Dios le había dado al profeta Jeremías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra" (Jer. 23:5).

Natanael, uno de los primeros discípulos de Jesús, confesó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel" (Jn. 1:49). Pero el título de Rey de Jesús no se refiere a su reinado terrenal ni tampoco se evidencia a través de ostentación externa de poder, sino que se muestra en la autoridad de sus acciones y a través de los prodigios que realizó.

Todas las ideas de que Él aspiraba a un reinado terrenal o que deseaba conseguir un ideal político fueron rechazadas por Jesús con gran decisión.

Los cuatro Evangelios informan cómo Jesús entró a Jerusalén antes de su padecimiento y muerte. Al llegar se dio a conocer como el Rey de paz y de justicia, a quien ya había anunciado el profeta Zacarías (Zac. 9:9). El pueblo quería que Jesús fuese el Rey de Israel y lo aclamó (Jn. 12:13).

Al ser interrogado por Pilato, Jesús dejó en claro que su reino no es de este mundo y que no reclamaba el poder de un gobernante de la tierra. Pilato tomó estas palabras de Jesús: “¿Luego, eres tú rey?", dándole oportunidad al Hijo de Dios para hablar de su calidad de rey: “Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad". Entonces Jesús profesó también delante del representante de la potencia mundial de Roma y del paganismo, que Él era Rey y testigo de la verdad (Jn. 18:33-37).

La muerte en la cruz es el punto culminante y el final de una humillación que en verdad es el camino hacia la exaltación de Jesucristo. “Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: Jesús nazareno, Rey de los judíos [...] Y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín" (Jn. 19:19-20). En un sentido más profundo, esta inscripción en tres idiomas tenía el objetivo de hacer conocer el reinado de Jesucristo a todo el mundo.

La dignidad real de Jesucristo también es enfatizada en el Apocalipsis de Juan: Jesucristo es “soberano de los reyes de la tierra" (Ap. 1:5). Cuando el séptimo ángel toque la trompeta, “... los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos" (Ap. 11:15). Entonces el reinado de Jesucristo se manifestará en todas las esferas.

3.4.7.2 Jesucristo, el Sacerdote Volver arriba

En el antiguo pacto, la principal tarea de los sacerdotes era ofrecer sacrificios a Dios, instruir al pueblo en la ley y tomar decisiones en caso de asuntos legales difíciles y en todos los temas de pureza del culto. La tarea del sumo sacerdote consistía en llevar ante Dios sus propios pecados, los de los sacerdotes y los del pueblo. A tal efecto entraba una vez al año – en el día de reconciliación (Jom Kippur) – en el Santísimo, donde intercedía. Lo hacía en representación del pueblo, siendo el lazo de unión entre Dios y el pueblo de Israel.

En vista del sacerdocio del antiguo pacto y de los sacrificios que eran ofrecidos en el templo, dice en Hebreos 8:5: “Los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales". A la luz del Evangelio queda en claro que el sacerdocio del Antiguo Testamento fue sólo provisional, “... pues nada perfeccionó la ley" (He. 7:19).

En la encarnación del Hijo de Dios se pone de manifiesto un sacerdocio superior a todos los demás sacerdocios. Jesucristo no es simplemente un sumo sacerdote en la larga línea de los sumos sacerdotes de Israel. En Jesucristo llega más bien un sumo sacerdote en el que se fundamenta la redención del mundo: Dios mismo vence al abismo del pecado y por Jesucristo reconcilia al mundo con Él; ningún otro sacerdocio lo puede lograr. Así Jesucristo es Sumo Sacerdote eternamente: “Mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (He. 7:24-25).

Jesucristo no necesitaba como los sumos sacerdotes del antiguo pacto la reconciliación con Dios, pues Él mismo es el Reconciliador. Él no sólo da testimonio del encuentro con Dios, sino que en Él mismo, hombre y Dios están unidos inseparablemente.

En el sacerdocio de Jesucristo se evidencia la dedicación de Dios al mundo; en Él el hombre tiene acceso a la salvación de Dios.

La epístola a los Hebreos explica el ministerio sumosacerdotal de Cristo, para expiar los pecados del pueblo (He. 2:17). En Jesucristo, el eterno Sumo Sacerdote, existe la certeza del perdón de los pecados y la promesa de la vida eterna.

En Hebreos 3:1 dice: “Considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús". Jesucristo supera el servicio del sumo sacerdote del antiguo pacto, por ser el verdadero Sumo Sacerdote, y Él es la condición previa para el servicio de los Apóstoles en el nuevo pacto. El contenido de la función apostólica queda definido en 2 Corintios 5:20: “Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios".

3.4.7.3 Jesucristo, el Profeta Volver arriba

En Jesucristo se cumplió la promesa que Dios le había dado a Moisés: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare" (Dt. 18:18).

En el antiguo pacto, los profetas eran llamados para anunciar la voluntad de Dios. Sus mensajes frecuentemente eran introducidos con la indicación de su fuente: “Así dijo el Señor". En Jesucristo, Dios mismo habla a los hombres.

Según Marcos 1:15, el Hijo de Dios comenzó su actividad con las palabras: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio". El Señor enseñó con poder pleno, es decir, con autoridad divina, como expresan las palabras: “Pero yo os digo..." (Mt. 5-7).

Como Profeta, Jesucristo también reveló cosas futuras, como ha sido transmitido por ejemplo en Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21.

En sus palabras de despedida (Jn. 13-16), Él prometió el Espíritu Santo que guiará a toda verdad.

En el libro del Apocalipsis, el Hijo de Dios pone de manifiesto el curso de la historia de la salvación hasta la nueva creación.

De tal manera, Jesucristo está activo como Profeta: anuncia la voluntad de Dios, ilumina el pasado, pone de manifiesto lo oculto, muestra el camino de la vida y promete lo que acontecerá en el futuro. Sus enunciados son válidos para toda la eternidad: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mr. 13:31).

EXTRACTO Volver arriba

El título de Rey de Jesús se muestra en la autoridad de sus acciones y a través de los prodigios que realizó. (3.4.7.1)

La inscripción que había en la cruz en tres idiomas tenía el objetivo, en sentido profundo, de hacer conocer el reinado de Jesucristo a todo el mundo. (3.4.7.1)

La dignidad real de Jesucristo también es enfatizada en el Apocalipsis de Juan (Ap. 1:5; 11:15). (3.4.7.1)

En Jesucristo llega el Sumo Sacerdote en el que se fundamenta la redención del mundo: a través de Jesucristo Dios reconcilia al mundo con Él mismo. Jesucristo no necesitaba como los sumos sacerdotes del antiguo pacto la reconciliación con Dios, pues Él mismo es el Reconciliador. (3.4.7.2)

En el sacerdocio de Jesucristo se evidencia la dedicación de Dios al mundo: en Él el hombre tiene acceso a la salvación de Dios; en Él existe la certeza del perdón de los pecados y la promesa de la vida eterna. (3.4.7.2)

En el antiguo pacto, los profetas eran llamados para anunciar la voluntad de Dios. De tal manera, Jesucristo estuvo activo como Profeta: anunció la voluntad de Dios, iluminó el pasado, puso de manifiesto lo oculto, mostró el camino de la vida y prometió lo que acontecerá en el futuro. (3.4.7.3)

3.4.8 Testimonios del Nuevo Testamento sobre la persona y el obrar de Jesucristo Volver arriba

Los Evangelios dan testimonio sobre la vida y el obrar de Jesucristo. Sin embargo, los Evangelistas no informan como biógrafos, sino que testifican que este Jesús de Nazaret es el Mesías esperado por Israel. Su historia es la historia de la intervención salvadora de Dios en el curso del mundo, del principio del reino de Dios en su persona. Los elementos esenciales de la confesión a Jesús tienen su fundamento en los testimonios del Nuevo Testamento sobre Jesús.

3.4.8.1 Concepción y nacimiento de Jesús Volver arriba

Los Evangelios de Mateo y Lucas describen el nacimiento de Jesús. Jesús nació en el tiempo en que Herodes era el rey de Judea, Augusto era el emperador de Roma y Cirenio su gobernador en Siria. Estos datos precisos aluden a la existencia real de Jesús en la historia y rechazan el intento de proscribir la historia de Jesús de Nazaret al reino de los mitos o leyendas.

La unicidad del hombre Jesús surge del hecho de su nacimiento virginal, del cual informa el Evangelio de Lucas. El ángel Gabriel trajo a la virgen María el mensaje: “Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lc. 1:31-33). También le explicó a María cómo ella concebiría: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (Lc. 1:35).

Lo expresado en el segundo artículo de la fe, que Jesús fue “concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María", describe que la encarnación de Jesús es un hecho acontecido fuera de toda conexión con la naturaleza. Jesús de Nazaret es hombre verdadero, pero ya su corporalidad y su esencia humana están sujetas inseparablemente a la voluntad divina de salvación: su concepción y su nacimiento son acontecimientos de salvación y por lo tanto, forman parte de la historia de la salvación. Esto lo subrayan los hechos extraordinarios que acompañaron el nacimiento de Jesús:

  • Aparecieron ángeles que proclamaron a los pastores en el campo nuevas de gran gozo: “Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor" (Lc. 2:11; comparar con Mi. 5:2).

  • Una estrella anunció el nacimiento del rey recién nacido; los magos de Oriente la siguieron y fueron guiados hasta Belén, donde adoraron al niño (Mt. 2:1-11).

3.4.8.2 El Bautismo de Jesús en el Jordán Volver arriba

Jesucristo no tiene pecado. Igual se hizo bautizar en el Jordán por Juan el Bautista y contar entre los pecadores (2 Co. 5:21). En este acto de Bautismo, que fue expresión de arrepentimiento, queda en claro que Jesucristo se humilló y dejó que se llevase a cabo en Él mismo lo que había sido encomendado a cada pecador.

Ya aquí se puede ver que Jesucristo, que no tenía pecado, toma sobre sí el pecado en representación de los demás y finalmente hace accesible el camino a la justificación ante Dios.

Después del Bautismo, el Espíritu Santo descendió visiblemente posándose sobre Jesús. En una voz que provenía del cielo, el Padre testificó: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia" (Lc. 3:22). En este hecho de revelación, se hace público ante todo el mundo que Jesús era el Hijo de Dios y se proclama su mesianidad: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

El hecho de que Juan el Bautista reconociera en Jesús al siervo de Dios que padecía, al Salvador (Is. 53:5), queda en claro en sus palabras: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Previamente le había sido revelado: “Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo". Juan lo ratificó: “Y yo le vi, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios" (Jn. 1:29, 33-34).

3.4.8.3 La tentación de Jesús en el desierto Volver arriba

Después del Bautismo en el Jordán, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto “... para ser tentado por el diablo" (Mt. 4:1). Se quedó allí cuarenta días, siendo tentado reiteradamente por el diablo. Jesús resistió a la tentación y rechazó al diablo.

Este evento es significativo para la historia de la salvación: Adán sucumbió a la tentación y cayó en el pecado, mientras que Cristo “... que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (He. 4:15), resistió como el nuevo Adán a la tentación. Ya antes de comenzar con su actividad pública da pruebas de ser Vencedor de Satanás.

EXTRACTO Volver arriba

La historia de Jesús de Nazaret es la historia de la intervención salvadora de Dios en el curso del mundo. Los Evangelios no son biografías, sino que dan testimonio de la fe. (3.4.8)

La unicidad del hombre Jesús surge del hecho de su nacimiento virginal. Su concepción y su nacimiento son acontecimientos de salvación y por lo tanto, forman parte de la historia de la salvación. (3.4.8.1)

Aunque Jesucristo no tiene pecado, igual se hizo bautizar por Juan el Bautista y ser contado entre los pecadores. Después del Bautismo, se hace público en todo el mundo que Jesús era el Hijo de Dios, el Padre. (3.4.8.2)

Ya antes de comenzar con su actividad pública, Jesús fue tentado en el desierto. Dio pruebas de ser Vencedor de Satanás. (3.4.8.3)

3.4.8.4 La actividad de enseñanza de Jesús Volver arriba

El punto central del anuncio de Jesús lo constituye el reino de Dios, el reinado de Dios que se hace realidad en la historia, en su forma presente y futura: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado" (Mr. 1:15). En Jesucristo, el reino de Dios está ahora presente en persona (Lc. 17:21).

El contenido fundamental del Evangelio es la gracia, el amor y la reconciliación manifestados en Jesucristo. Él es el Hijo de Dios y ha venido para destruir las obras del diablo, salvar al hombre caído y asediado por el pecado y redimirlo del derecho del diablo. A través de su sacrificio, Jesucristo hace accesible al hombre la reconciliación con Dios y la puerta a la vida eterna. A través de su muerte y su resurrección documenta una vez y para siempre que Él es Señor sobre la muerte y el diablo. En esa victoria es partícipe el hombre mediante la fe (1 Co. 15:57).

Jesús llamó a los discípulos para que lo siguiesen. Predicaba con poder, con autoridad sublime y perdonaba pecados. Con Él había llegado la salvación a los hombres, esto también lo evidenciaba a través de hechos milagrosos, subrayando de esa manera su mensaje del reinado de Dios que comenzaba y de sí mismo como el Salvador.

3.4.8.5 Los milagros de Jesús Volver arriba

Los cuatro Evangelios transmitidos informan sobre hechos milagrosos de Jesús que acontecieron realmente y que testifican sobre su mesianidad. Sus milagros evidencian la dedicación llena de misericordia de Dios al hombre que sufre. Son hechos de revelación, al mostrar la gloria de Cristo (Jn. 2:11) y su autoridad divina (Jn. 5:21).

Múltiples son los milagros que realizó el Hijo de Dios: curación de enfermos, expulsión de espíritus malos, resucitación de muertos, milagros de la naturaleza, milagros de la alimentación, milagros de dádivas.

Curación de enfermos

Jesús curó a enfermos, ciegos, paralíticos, sordos, leprosos. Estas curaciones de enfermos aluden a la naturaleza divina de Jesucristo que actuaba completamente igual a como Dios había dicho de sí mismo ante Israel: “Yo soy Jehová tu sanador" (Ex. 15:26). Uno de los milagros más conocidos es la curación del paralítico en Capernaum (Mr. 2:1-12), a quien Jesús primero dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados" (versículo 5). Los escribas lo consideraron una blasfemia. El Señor dejó en claro que tenía poder tanto para perdonar pecados como para sanar. Los milagros de curación están estrechamente relacionados con la fe de los hombres.

Expulsión de espíritus malos

Los hechos milagrosos de Jesús también incluyen la expulsión de espíritus malos (Mr. 1:23-28). Jesucristo fue reconocido como Señor hasta por los demonios (Mr. 3:11). El mal, como queda demostrado, no es un poder independiente, sino que está subordinado al poder de Dios; el tiempo de su dominio destructor y su influencia sobre los hombres llegó a su fin con la venida de Jesucristo (Lc. 11:20).

Resucitación de muertos

Los Evangelios informan de tres casos en los cuales el Señor hizo volver a la vida a seres humanos que estaban muertos: la hija de Jairo (Mt. 9:18-26), el joven de Naín (Lc. 7:13-15) y Lázaro (Jn. 11:1-44). Antes de resucitar a Lázaro, Jesús se reveló con palabras de fundamental importancia: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Jn. 11:25-26). Jesucristo no sólo tenía el poder para devolver la vida a los muertos, sino que Él mismo es la vida, Él mismo es la resurrección. Resucitar a alguien de la muerte alude simbólicamente a que la fe en Jesucristo significa vencer a la muerte y por ende, vida eterna.

Milagros de la naturaleza

Cuando el Señor reprendió al viento y al mar, quedó demostrado su poder sobre los elementos (entre otros, Mt. 8:23-27). El dominio sobre las fuerzas de la naturaleza destaca que el Hijo de Dios también es Creador y que estaba antes de toda creación como “el Verbo eterno del Padre" (Jn. 1:1-3).

Milagros de la alimentación

En todos los Evangelios leemos sobre la alimentación de los cinco mil (entre otros, Mr. 6:30-44), en Mateo y Marcos además sobre la alimentación de los cuatro mil (Mt. 15:32-39; Mr. 8:1-9). Estos hechos recuerdan por un lado, que Dios alimentó a su pueblo en el desierto, y por el otro, hacen referencia a la Santa Cena: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo" (Jn. 6:51).

Milagros de dádivas

Son también señales de la divinidad de Jesucristo y de la cercanía del reino de Dios aquellos milagros en los cuales las personas recibieron una plenitud de dádivas terrenas. Son ejemplos de ellos la pesca de Pedro (Lc. 5:1-11) y lo sucedido en las bodas de Caná, cuando Jesús convirtió el agua en vino (Jn. 2:1-11).

EXTRACTO Volver arriba

El punto central del anuncio de Jesús lo constituye el reino de Dios en su forma presente y futura. En Jesucristo, el reino de Dios está ahora presente en persona. (3.4.8.4)

El contenido fundamental del Evangelio es la gracia, el amor y la reconciliación manifestados en Jesucristo. (3.4.8.4)

Todos los Evangelios informan sobre hechos milagrosos que acontecieron realmente y que testifican sobre la mesianidad de Jesús. Sus milagros evidencian la dedicación llena de misericordia de Dios al hombre que sufre. (3.4.8.5)

Múltiples son los milagros que realizó el Hijo de Dios: curación de enfermos, expulsión de espíritus malos, resucitación de muertos, milagros de la naturaleza, milagros de la alimentación, milagros de dádivas. (3.4.8.5)

3.4.8.6 Las parábolas y palabras simbólicas de Jesús Volver arriba

En sus prédicas, Jesús usaba muchas parábolas, incluyendo en esos discursos simbólicos el mundo cotidiano de sus oyentes. En Mateo 13:34-35 dice: “Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: ‘Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo´".

Tomaba como tema para sus parábolas los elementos esenciales de su doctrina haciendo accesibles los misterios del reino de los cielos: “El reino de los cielos es semejante..." (Mt. 13:1ss.).

Más de cuarenta parábolas fueron transmitidas por los primeros tres Evangelios. A través de ellas, Él explicó aspectos esenciales del Evangelio: la cercanía del reino de Dios, el mandamiento de amor al prójimo, la actitud del hombre, la venida del Hijo del Hombre.

El reino de Dios está presente en Jesucristo

En la parábola de la semilla de mostaza, Jesús mostró el modesto comienzo del reino de Dios y su crecimiento. En la parábola de la levadura, dejó en claro que al final Cristo prevalecerá sobre todo (Mt. 13:31-33).

En la parábola del tesoro escondido en el campo y en la parábola de la perla de gran precio se muestra al hombre que reconoce la riqueza escondida en Cristo y aprovecha la posibilidad que se le ofrece de tomar parte en el reino de Dios (Mt. 13:44-46).

En este reino de Dios, el “reino de los cielos que se ha acercado", Dios se manifiesta como el Padre celestial lleno de amor. Así, las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo (Lc. 15:4-32) muestran la voluntad de reconciliación y el amor de Dios hacia el pecador. El Señor invita a todos sin acepción de personas, ofreciéndoles comunión con Él.

El amor al prójimo

Los mandamientos más grandes en la ley son amar a Dios y amar al prójimo. En el relato del buen samaritano (Lc. 10:30-35), el Hijo de Dios dio una idea clara de quién es el prójimo y de que el amor al prójimo significa no cerrar los ojos ante la necesidad de los demás, sino proveer ayuda. El modo de practicarlo puede deducirse también de la parábola del juicio de las naciones (Mt. 25:35-36).

La actitud del hombre

La parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14) está orientada a la actitud del corazón del hombre: no aquel que se alaba por sus obras, sino aquel que se acerca a Dios en humildad y busca gracia, será hecho justo. También en la parábola del sembrador uno de los temas es la actitud del hombre: demuestra que para recibir correctamente la palabra de Dios es necesario un corazón temeroso de Dios (entre otros, Lc. 8:15).

La parábola del siervo malvado también está relacionada con la actitud del corazón: se trata del perdón y convoca a los que han recibido la gracia de Dios a acoger a los demás con misericordia. Para aquel que reconoce la grandeza del amor de Dios será una necesidad reconciliarse con el prójimo (Mt. 18:21-35).

La venida del Hijo del Hombre

En las parábolas sobre la venida del Hijo del Hombre, Jesús reveló acontecimientos futuros. Mateo 24:37-39 realiza una comparación entre el tiempo previo a su retorno y los días de Noé: el retorno de Cristo será repentino. En este sentido, la parábola del ladrón en la noche finaliza con la exhortación: “Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis" (Mt. 24:44). El mismo mensaje transmite la parábola de las vírgenes prudentes e insensatas (Mt. 25:1-13): hay que velar y estar preparados para el repentino retorno del Señor. La parábola de los talentos exhorta a aprovechar el tiempo previo al retorno de Cristo (Mt. 25:14-30).

Todas estas parábolas profundizan en la comprensión de lo expresado por Jesús sobre su retorno, sobre la salvación y el juicio, sobre su reinado en la consumación de los siglos, sobre las potestades del mundo y sobre la vida eterna como verdadera vocación de los hombres.

Palabras simbólicas Volver arriba

En el Evangelio de Juan se encuentran palabras simbólicas que ponen de manifiesto la naturaleza de Jesús y por lo tanto son una automanifestación del Hijo de Dios. En los “Yo soy" se presenta como “el pan de vida" (Jn. 6:35) y “la luz del mundo" (Jn. 8:12). Él también es la “puerta" para la salvación (Jn. 10:9) y la “vid" (Jn. 15:5). Jesucristo es “resurrección", “el camino, la verdad y la vida" (Jn. 11:25; 14:6); sólo Él abre el acceso a Dios, el Padre. Estos siete “Yo soy" muestran la pretensión sublime y divina de Jesús: Él no sólo es el Enviado del Padre, sino Dios mismo.

3.4.8.7 Jesús y la ley Volver arriba

La ley mosaica poseía autoridad suprema para Israel; el observarla y el cumplirla eran considerados la clave para la relación del hombre con Dios. Jesús no abolió la ley, pero dejó en claro que Él posee mayor autoridad y que el Señor está por encima de la ley.

En el Sermón del Monte (Mt. 5-7), Jesús expresó su opinión sobre la ley delante de sus discípulos y el pueblo. En las así llamadas antítesis (“Oísteis que fue dicho. Pero yo os digo [...]"), a través de las cuales precisó la ley y llevó a los oyentes a entender la voluntad subyacente de Dios, se presentó como el único que tiene el poder pleno para interpretar la ley.

Al descubrir el núcleo de la ley mosaica, puso en claro que la ley – al igual que todo el antiguo pacto – señalaba hacia Él, y que Él había venido para cumplirla. Con su obediencia hace frente a la desobediencia de los primeros seres humanos; con el cumplimiento perfecto de la ley puso término al reinado ilimitado del pecado sobre el hombre.

3.4.8.8 Jesús y sus Apóstoles Volver arriba

Para la difusión del Evangelio, Jesús escogió del círculo de sus discípulos a doce Apóstoles (Lc. 6:12-16; Mr. 3:14). Ellos conformaron su entorno más cercano. Existía con ellos una relación de confianza particular. Cuando los demás discípulos se apartaron de Él porque no lo entendían, los Apóstoles permanecieron con Él y confesaron que Él era el Cristo.

Les dio un ejemplo de servir con humildad cuando Él les lavó los pies (Jn. 13:4 ss.). Solamente los doce estaban con Él cuando instituyó la Santa Cena (Lc. 22:14 ss.). Se dirigió a ellos en sus palabras de despedida (Jn. 13-16). A ellos les prometió el Espíritu Santo. A ellos les comunicó que volvería al Padre. Dio a ellos la promesa de su retorno. Para ellos y para quienes hubiesen de creer por su palabra, intercedió en la oración sacerdotal (Jn. 17). Se santificó a sí mismo “para que también ellos sean santificados en la verdad" (versículo 19).

A ellos se les apareció reiteradamente después de su resurrección (Hch. 1:2-3) y a ellos, antes de su ascensión, les dio el envío.

EXTRACTO Volver arriba

En sus discursos simbólicos, las parábolas, Jesús tomaba como tema los elementos esenciales de su doctrina. Las parábolas de Jesús tienen como objetivo su retorno y la preparación para el mismo. (3.4.8.6)

En las palabras simbólicas del Evangelio de Juan Jesús se muestra como verdadero Dios. (3.4.8.6)

Al descubrir el núcleo de la ley mosaica, puso en claro que la ley y todo el antiguo pacto señalaban hacia Él, y que Él había venido para cumplir la ley. (3.4.8.7)

Para la difusión del Evangelio, Jesús escogió del círculo de sus discípulos a doce Apóstoles. Existía con ellos una relación de confianza particular. A ellos se les apareció reiteradamente después de su resurrección y a ellos, antes de su ascensión, les dio el envío. (3.4.8.8)

3.4.9 El tiempo del padecimiento de Jesús y su muerte en sacrificio Volver arriba

Los Evangelios explican muy detalladamente los últimos días previos a la muerte de Jesús en sacrificio.

Cuando el Señor entró en Jerusalén montado sobre un asno, se cumplió la profecía de Zacarías 9:9. Con la purificación del templo Jesús puso en claro que la casa del Señor es santa. Las disputas con los fariseos y saduceos se agudizaron. Ellos atentaron contra su vida (Lc. 20).

Cuando Jesús fue ungido con un valioso perfume de nardo, esto aconteció, según sus palabras, en vista de su inminente muerte (Jn. 12:7). Algunos de los presentes estaban indignados porque sostenían que era un derroche. Si se hubiese vendido el perfume, el producto de 300 denarios hubiese sido una gran ayuda para los pobres. Judas Iscariote, uno de los doce Apóstoles, fue a los sacerdotes. Ellos le ofrecieron 30 denarios por traicionar a Jesús, una suma que se pagaba por un siervo (Ex. 21:32). Así se cumplió Zacarías 11:12-13, el Señor fue puesto en el mismo nivel que un esclavo.

3.4.9.1 Jesús instituye la Santa Cena Volver arriba

Para la fiesta de Pascua, el Señor estaba reunido con los doce Apóstoles. Cuando estaban sentados a la mesa, el Hijo de Dios instituyó la Santa Cena: “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados" (Mt. 26:26-28). Así se vuelven comprensibles las palabras por las cuales muchos de sus discípulos se habían apartado del Señor, cuando dijo: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (Jn. 6:53).

Durante la cena, el Señor señaló a quien lo traicionaría. Este “luego salió; y era ya de noche" (Jn. 13:30).

3.4.9.2 Jesús en Getsemaní Volver arriba

Después de la Santa Cena, Jesús fue con los Apóstoles al huerto de Getsemaní. Allí se puede reconocer la naturaleza humana del Hijo de Dios, en su temor ante la muerte en la cruz que se avecinaba. Se puso de rodillas e imploró en la oración: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc. 22:42). Luego se le apareció un ángel que lo fortaleció. El Señor se colocó totalmente bajo la voluntad de su Padre, estaba dispuesto para ofrecer el sacrificio.

Luego Jesús fue arrestado. Judas Iscariote lo había entregado a los soldados con un beso. Jesús no hizo uso de potencias celestiales para evitar ser arrestado, sino que bebió de la copa del padecimiento que su Padre le había dado (Jn. 18:11). Los discípulos lo abandonaron y huyeron.

3.4.9.3 Jesús ante el concilio Volver arriba

El concilio declaró a Jesús culpable de blasfemia a Dios y lo condenó a muerte. Se consideró que Jesús había blasfemado a Dios por haber pretendido ser el Hijo de Dios.

Durante el interrogatorio a Jesús ante el concilio, Pedro negó ser un discípulo de Jesús y conocerlo (Lc. 22:54-62). Cristo también sufrió por esta negación, pero no desechó a Pedro.

Después de que el concilio condenara a muerte a Jesús, Judas Iscariote se arrepintió de su traición y quiso devolver las 30 piezas de plata a los principales sacerdotes: “Yo he pecado entregando sangre inocente" (Mt. 27:1-5). Ya que los principales sacerdotes no quisieron aceptar el dinero, lo arrojó en el templo, se fue y se ahorcó. De sus palabras se puede concluir que Judas no quería la muerte de Cristo. A pesar de que con su traición se cumplieron las Escrituras (Mt. 27:9-10; Jer. 32:9; Zac. 11:12-13), esto no lo libera de la responsabilidad por su obrar.

3.4.9.4 Jesús ante Pilato y Herodes Volver arriba

Los judíos llevaron al Señor hasta la residencia del gobernador romano Pilato, a la que no entraban los judíos muy devotos para no contaminarse (Jn. 18:28). Pero Jesús debió entrar en el pretorio.

En el interrogatorio ante Pilato, Jesús señaló que su reino no era de este mundo y que no estaba detrás de pretensiones de poder mundano. Pilato no halló culpa en Él y lo remitió al rey Herodes. Los soberanos Herodes y Pilato, que antes estaban enemistados, se hicieron amigos aquel día (Lc. 23:12). Las potestades mundanas se unieron en contra del Señor.

Los romanos azotaron al Hijo de Dios. El pueblo exigió su crucifixión y le echó la culpa de haberse levantado en contra del emperador, a lo que le cabía la pena de muerte (Jn. 19:12). Pilato vio un camino para dejar a Jesús en libertad: debía decidir el pueblo, si dejar libre a Jesús o al malhechor Barrabás. El pueblo, instigado por los sacerdotes y ancianos, elige a Barrabás. A fin de expresar que él no era responsable de lo que vendría, Pilato se lavó las manos delante del pueblo y dijo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros". El pueblo respondió: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos" (Mt. 27:24-25). Pilato hizo azotar nuevamente a Jesús y lo entregó a los soldados para ser crucificado.

Por la participación del gobernador romano, la condena y posterior ejecución de Jesucristo ya no es únicamente asunto de Israel, también los gentiles toman parte. Decididamente los hombres son culpables de la muerte del Señor.

3.4.9.5 La crucifixión de Jesús y su muerte en sacrificio Volver arriba

En el camino a Gólgota, siguió a Jesús una gran multitud del pueblo. A las mujeres que lloraban por Él, les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos" (Lc. 23:28). Se refirió con ello a la destrucción de Jerusalén que vendría.

Con el Señor fueron ejecutados dos malhechores. La cruz de Jesús estaba en el medio. Aquí se cumplió Isaías 53:12: el Señor fue contado con los pecadores. Los difíciles padecimientos de Jesús desembocaron finalmente en una terrible lucha de muerte.

Las palabras de Jesús que pronunció en la cruz, dan testimonio de su grandeza divina. Incluso en el padecimiento y la muerte todavía se dirige a otros con palabras de misericordia, perdón, intercesión y desvelo, manifestando el amor y la gracia de Dios.

La tradición religiosa ha dado a las últimas palabras de Jesús, que han sido transmitidas en los Evangelios de diferentes formas, un cierto orden que también aquí seguiremos:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc. 23:34)

El Hijo de Dios, también misericordioso en la cruz, intercedió ante su Padre por todos los que lo habían llevado a la cruz y que no eran conscientes de la trascendencia de su acción. Aquí Jesús cumplió en forma perfecta el mandamiento de amar al enemigo (Mt. 5:44-45 y 48).

“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23:43)

El Señor se dirigió al malhechor crucificado junto a Él, que le pidió por gracia y de cara a la muerte reconoció al Salvador. El paraíso que el Señor le abrió al pecador arrepentido, es, según la idea de ese tiempo, el lugar donde se encuentran los devotos y justos.

“Mujer, he ahí tu hijo."“He ahí tu madre" (Jn. 19:26-27)

Jesús, de cara a la muerte, se ocupó de María, su madre, y la confió a su discípulo Juan. Aquí se ve el desvelo y el amor de Cristo, quien a pesar de su propia necesidad se dirigió al prójimo.

En la tradición religiosa, María es interpretada como el símbolo de la Iglesia, que ahora es colocada bajo la custodia del ministerio de Apóstol, representado por el Apóstol Juan.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mr. 15:34)

Con estas palabras de Salmos 22, los judíos devotos se dirigen a Dios cuando están próximos a morir. Se lamentan por un lado, por sentir su distancia, pero por el otro, dan testimonio de su fe en el poder y la gracia de Dios. Jesús se dirigió a su Padre con estas mismas palabras.

Pero Salmos 22 también se refiere al padecimiento y la confianza en Dios del justo. Además, este Salmo en muchos pasajes alude a la muerte de Cristo en sacrificio, siendo un testimonio del Antiguo Testamento sobre el Mesías Jesús.

“Tengo sed" (Jn. 19:28)

Con ellas se cumplió Salmos 69:21: “Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre". En un sentido figurado, esto significa que Jesús tuvo que beber de la copa del padecimiento hasta acabarse, cumpliendo así la voluntad del Padre con toda perfección.

“Consumado es" (Jn. 19:30)

Era alrededor de la novena hora, es decir, temprano por la tarde, cuando fueron pronunciadas estas palabras. Había llegado a su culminación una importante etapa en la historia de la salvación: Jesús había ofrecido el sacrificio para redención de los hombres. Su muerte en sacrificio puso fin al antiguo pacto, concertado únicamente con el pueblo de Israel. Entra ahora en vigencia el nuevo pacto (He. 9:16), al cual también tienen acceso los gentiles.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23:46)

De esta cita de Salmos 31:5 queda en claro que Jesucristo confió plenamente en su Padre también en ese instante.

Hechos dramáticos acompañaron la muerte del Señor: la tierra tembló, las rocas se partieron; el velo del templo, que separaba el santísimo del santuario, se rasgó por la mitad. Esto señala, por un lado, que con la muerte de Cristo el servicio de la ofrenda del Antiguo Testamento había hallado su fin y ya no tenía significado; el antiguo pacto estaba cumplido. Por otro lado, indica que por la muerte de Jesús en sacrificio, por “rasgarse el velo", o sea por el sacrificio “de su carne" (He. 10:20), está abierto el camino al Padre.

Bajo la impresión de lo sucedido, el centurión romano y los soldados que cuidaban a Jesús, exclamaron: “Verdaderamente este era Hijo de Dios" (Mt. 27:54). Por lo tanto fueron gentiles los que atestiguaron de Jesús en su muerte como el Hijo de Dios.

José de Arimatea, que formaba parte del concilio, pidió a Pilato el cuerpo de Jesús para sepultarlo. Junto con Nicodemo, que una vez había sido instruido por el Señor sobre el renacimiento de agua y Espíritu (Jn. 3:5), puso a Jesús en un sepulcro en la roca que nunca había sido usado. Delante del sepulcro se hizo rodar una piedra. Los principales sacerdotes lo hicieron custodiar por guardias (Mt. 27:57-66).

El padecimiento de Jesús, así como su muerte, aconteció conforme a la Escritura en representación de los hombres y por eso tiene efectos de salvación: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados" (1 P. 2:21-24).

Padeciendo y muriendo, Cristo, el Mediador, reconcilia a los hombres con Dios y procura redención del pecado y la muerte. Así se cumplió la palabra de Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29). Por su muerte en sacrificio, el Señor quebró el imperio de Satanás y venció a la muerte (He. 2:14). Como Jesucristo había vencido todas las tentaciones de Satanás, pudo, por no haber cometido ni un solo pecado, tomar sobre sí los pecados de toda la humanidad (Is. 53:6) y por su sangre obtener un mérito por el cual pudo ser redimida toda deuda del pecado: su vida, entregada por los pecadores, es el precio del rescate. Su muerte en sacrificio hace accesible al hombre el camino a Dios.

3.4.9.6 Referencias del Antiguo Testamento al padecimiento de Jesús y su muerte en sacrificio Volver arriba

Isaías 53 describe al siervo de Dios que es humillado y debe padecer, lo cual hace referencia a Jesucristo, “... despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto" (versículo 3). Su humillación se consuma en su amargo padecimiento y muerte: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. [...] El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (versículos 4-5). Aquí se refiere al camino del padecimiento de Cristo y a su muerte en sacrificio.

Después de la muerte de Jesús, uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, llevando a cumplimiento lo que dice en Zacarías 12:10: “Mirarán a mí, a quien traspasaron". Procediendo en forma diferente que con los malhechores que fueron crucificados con Él, a Jesús los soldados no le quebraron las piernas. Esto fue delineado en la primera Pascua, en la cual Dios señaló de qué manera debían comer el cordero (Ex. 12:46; Jn. 19:36).

Estos ejemplos hacen evidente que el Antiguo Testamento no sólo describe la historia del pueblo de Israel. Mirando retrospectivamente desde la cruz se puede reconocer que el Antiguo Testamento está orientado a Jesucristo y halla su cumplimiento en Él (ver también 1.2.5.2).

3.4.9.7 Referencias de Jesús a su padecimiento y muerte Volver arriba

Los Evangelios informan que el Señor anunció en diferentes ocasiones su padecimiento y muerte, pero también su resurrección. Como ejemplo mencionaremos aquí:

  • Tras la confesión de Pedro a Jesús: Tú eres “el Cristo de Dios", el Señor reveló a los discípulos: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día" (Lc. 9:22).

  • Poco después de lo acontecido en el Monte de la Transfiguración, Jesús enseñó a sus discípulos: “El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día" (Mr. 9:31).

  • Antes de entrar en Jerusalén, el Señor se dirigió a los doce: “El Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le encarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará" (Mt. 20:18-19).

  • Cuando los escribas y fariseos quisieron ver señales, Jesús se remitió a la historia del profeta Jonás: “Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches" (Mt. 12:40). Indicaciones similares dio en ocasión de la purificación del templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" (Jn. 2:19). Recién después de su resurrección quedó en claro para los discípulos que Jesucristo se había referido al templo de su cuerpo (Jn. 2:21-22).

3.4.9.8 Referencias a la muerte de Jesús en sacrificio en las epístolas de los Apóstoles Volver arriba

La muerte de Jesús en sacrificio y el camino que hizo accesible para redención del hombre, son temas centrales en las epístolas de los Apóstoles. Así leemos en 1 Juan 3:16: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros" (comparar con 1 P. 2:21-24).

La epístola a los Hebreos muestra el nuevo pacto en relación con el antiguo pacto colocando el sacrificio de Cristo en el centro de la historia de la salvación. Los principales sacerdotes del antiguo pacto eran pecadores y mortales; su sacerdocio finalizaba. Jesucristo, en cambio, no tiene pecado y es inmortal; su sacerdocio es imperecedero. Los sacerdotes del antiguo pacto debían ofrendar una y otra vez, el sacrificio de Cristo traído una única vez, en cambio, es válido eternamente (He. 9).

Muchos enunciados sobre la muerte de Jesús en sacrificio se incluyeron en las epístolas de los Apóstoles por haberse levantado doctrinas falsas. Así, se había desarrollado la idea de un embajador que vino al mundo y que se encarnó sólo en apariencias, que ni sufrió ni murió en la cruz. Otras doctrinas falsas negaban la resurrección del Señor. El Apóstol Pablo contrapuso: “... que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Co. 15:3-4).

En 2 Corintios 5:19 se describe el significado de la muerte de Jesús en sacrificio: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo".

3.4.9.9 La cruz Volver arriba

El núcleo del Evangelio es Jesucristo, quien por su muerte en la cruz y su resurrección dio origen a la salvación eterna. Así, la cruz de Cristo se convierte en la esencia del obrar divino de reconciliación con el hombre pecador. Las palabras del Apóstol Pablo de 1 Corintios 1:18 muestran un campo de desavenencia ante la comprensión de la muerte en la cruz: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios". La muerte en la cruz era considerada en general una derrota, un humillante final de alguien despreciado y excluido de la sociedad humana. Pero aquí, conforme a la sabiduría divina, la aparente derrota es en realidad una victoria que constituye la base de una Obra Redentora de infinita magnitud.

En la resurrección, Dios confirmó al Crucificado como el Cristo (Hch. 2:36); y sólo en Él hay eterna salvación.

EXTRACTO Volver arriba

Los últimos días antes de la muerte de Jesús en sacrificio se encuentran explicados detalladamente en los Evangelios. En el círculo de los Apóstoles, Jesucristo instituye la Santa Cena. Fue arrestado, siendo entregado por Judas Iscariote. Ante el concilio es culpado de blasfemia a Dios. (3.4.9.1; 3.4.9.2; 3.4.9.3)

Por la participación del gobernador romano Pilato, la condena y posterior ejecución de Jesucristo ya no es únicamente asunto de Israel, también los gentiles toman parte. Decididamente los hombres son culpables de la muerte del Señor. (3.4.9.4)

Su padecimiento y su muerte acontecen en representación de los hombres y por eso tienen efectos de salvación. Padeciendo y muriendo, Jesucristo, el Mediador, reconcilia a los hombres con Dios y procura redención del pecado y la muerte. Su muerte en sacrificio hace accesible al hombre el camino a Dios. (3.4.9.5)

La muerte de Jesús en sacrificio confirma las indicaciones del Antiguo Testamento. Jesús mismo había anunciado su padecimiento y muerte, y también su resurrección. En las epístolas de los Apóstoles se describe el significado de la muerte de Jesús en sacrificio. (3.4.9.6; 3.4.9.7; 3.4.9.8)

La cruz de Cristo se convierte en la esencia del obrar divino de reconciliación con el hombre pecador. (3.4.9.9)

3.4.10 El obrar de Jesucristo en el reino de los muertos Volver arriba

En 1 Pedro 3:18-20 dice que el Hijo de Dios después de su muerte en la cruz predicó a aquellos que desobedecieron en tiempos de Noé. El Señor lo hizo para ofrecer la salvación: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios" (1 P. 4:6). Por lo tanto, el obrar de salvación de Cristo también comprende a los muertos. Así como el Hijo de Dios sobre la tierra se dirigió a los pecadores, también lo hizo ante aquellos que en su vida sobre la tierra habían desobedecido a la voluntad divina.

Después del sacrificio de Jesús, la redención también fue posible para los muertos (ver 9.6). Él mismo había dicho: “Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán" (Jn. 5:25).

Por su muerte en sacrificio, el Hijo de Dios quitó al diablo el imperio sobre la muerte (He. 2:14-15). Él, Jesucristo, tiene las llaves de la muerte y el Hades (Ap. 1:18). El “Hades" no significa aquí un lugar de perdición, sino el lugar donde se hallan los difuntos, y “tener las llaves" significa ejercer el reinado.

Romanos 14:9 dice: “Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven". Como Señor fue exaltado por el Padre sobre todos: Dios le dio un nombre “que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra" (Fil. 2:9-10).

El ingreso del Hijo de Dios en el reino de los difuntos es un triunfo del vencedor de Gólgota, que le quitó a la muerte el espanto y su carácter definitivo.

EXTRACTO Volver arriba

El obrar de salvación de Cristo también comprende a los muertos. (3.4.9.10)

Jesucristo, tiene las llaves de la muerte y el Hades. El ingreso del Hijo de Dios en el reino de los difuntos es un triunfo del vencedor de Gólgota, que le quitó a la muerte el espanto y su carácter definitivo. (3.4.9.10)

3.4.11 La resurrección de Jesucristo Volver arriba

La resurrección de Jesucristo es la obra del trino Dios que aconteció de una manera que nunca antes había sucedido:

  • Por un lado, aquí se revela el poder de Dios, el Padre. Él resucitó a Jesús de los muertos (Hch. 5:30-32).

  • Por otro lado, se cumplen las palabras de Dios, el Hijo: “Tengo poder para ponerla [mi vida], y tengo poder para volverla a tomar" (Jn. 10:18).

  • Finalmente, se da testimonio del obrar de Dios, el Espíritu Santo: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros" (Ro. 8:11).

Jesucristo resucitó sin que ningún ser humano haya sido testigo ocular de este hecho. Sin embargo, la Sagrada Escritura informa de muchos testimonios sobre la resurrección del Hijo de Dios. Uno de ellos es la sepultura vacía, de la cual testifican los discípulos y discípulas. Otros testimonios son las diferentes apariciones del Señor en los cuarenta días entre su resurrección y su ascensión. La resurrección de Jesucristo no es la expresión de un deseo de sus seguidores en un intento de que sucesivas generaciones crean en un milagro, ni es la expresión de un pensamiento mitológico. La resurrección de Cristo es una realidad histórica. Efectivamente tuvo lugar.

3.4.11.1 Importancia de la resurrección de Jesucristo para la salvación Volver arriba

La resurrección de Jesús testifica el poder de Dios sobre la muerte. En Jesucristo este poder es inmanente a su naturaleza como Hijo de Dios.

En la resurrección de Jesucristo se cumplieron las promesas del Antiguo Testamento (Lc. 24:44-46; Os. 6:2) y también aquellas que el mismo Hijo de Dios había dado previamente (Mr. 9:30-31; 10:34).

Sin la fe en su resurrección, la fe en Jesucristo no tiene sentido: “Y si Jesucristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe" (1 Co. 15:14). Sólo por la resurrección de Cristo, el creyente tiene una fundada esperanza en la vida eterna, pues la resurrección hizo posible vencer la muerte resultante de la caída de Adán en el pecado y la consiguiente separación de la humanidad de Dios (1 Co. 15:21-22).

El confesarse a Jesús como el Cristo y la fe en su resurrección tienen una importancia fundamental para la redención del hombre (1 P. 1:3-12). Esta fe en la resurrección de Cristo como primicia de los muertos, coloca el fundamento para la fe en la resurrección de los muertos en Cristo y la transfiguración de los vivientes en su retorno: “... los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (1 Co. 15:52).

3.4.11.2 Las apariciones del Resucitado Volver arriba

Cuando María Magdalena y otras mujeres llegaron al sepulcro temprano por la mañana, vieron que la piedra había sido removida y el sepulcro estaba vacío. Así, ellas fueron las primeras testigos de la resurrección de Jesús. Un ángel atestiguó que Jesús había resucitado (Mt. 28:5-6). Más tarde, el Resucitado se dio a conocer a María Magdalena y luego se presentó ante Pedro y los demás Apóstoles.

Las apariciones del Señor después de Pascua documentan que Cristo verdaderamente resucitó. Las personas a las cuales se mostró eran personas mencionadas concretamente y que lo reconocieron. Esto refuta cualquier especulación de que los discípulos hubiesen hurtado el cuerpo para que pareciese una resurrección (Mt. 28:11-15).

En sus apariciones, el Hijo de Dios resucitado proveía orientación a sus discípulos y les daba instrucciones sobre lo que debían hacer en el futuro. Les enseñó, les confirió autoridad y encargos.

A los discípulos de Emaús les explicó la Escritura y partió con ellos el pan (Lc. 24:25-35).

En la noche del día de su resurrección, el Señor se presentó entre sus discípulos. Su saludo “Paz a vosotros", les quitó el temor y les transmitió confianza. El Señor les dio el encargo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío". Como el Resucitado y Señor sobre muerte y pecado, les confirió a los Apóstoles autoridad y poder, sopló, y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos" (Jn. 20:19-23).

En otra ocasión, el Señor se apareció a algunos de sus discípulos en el mar de Tiberias. El Apóstol Pedro recibió el encargo de apacentar los corderos y ovejas de Cristo, es decir, la comunidad (Jn. 21:15-17).

El Señor resucitado se mostró a sus Apóstoles “vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios" (Hch. 1:3; comparar con Jn. 21:1-14).

Este testimonio de la resurrección de Cristo fue llevado por los Apóstoles a todo el mundo. El Apóstol Pablo escribió en 1 Corintios 15:6 que el Señor fue visto como resucitado por más de quinientos hermanos a la vez. Luego relata que él mismo había sido el último en ver al Señor. El hecho al que hace referencia, ocurrido cerca de Damasco (Hch. 9:3-6), tiene otra calidad: aquí se trata de una revelación del Cristo exaltado desde el cielo. No obstante, en el verdadero sentido, es testigo de la resurrección de Cristo sólo aquel que vio a Cristo en la tierra en el tiempo posterior a la resurrección hasta la ascensión.

3.4.11.3 El cuerpo de resurrección de Jesucristo Volver arriba

El cuerpo de resurrección de Jesucristo es un cuerpo glorificado. Su resurrección no significa un regreso a la existencia terrena; se diferencia básicamente de cuando hizo resucitar a Lázaro (Jn. 11:17-44), quien más adelante volvió a morir. El Cristo resucitado había sido arrebatado definitivamente de la muerte: “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él" (Ro. 6:9). Dios hizo resucitar a Jesús y no permitió que su cuerpo viera corrupción (Hch. 13:34-35).

Cristo vive por el poder de Dios (2 Co. 13:4). Después de la resurrección, su cuerpo glorificado está más allá de la temporalidad y la mortalidad de la carne; no está atado a espacio ni tiempo. Con este cuerpo, el Señor se puso en medio de sus discípulos (Lc. 24:36), pasó a través de puertas cerradas (Jn. 20:19 y 26), partió el pan con los discípulos (Lc. 24:30), les mostró las marcas de sus heridas y comió con ellos (Lc. 24:40-43). Con esto puso en claro que no era un “espíritu", sino que estaba físicamente presente en medio de ellos como Jesucristo.

El Apóstol Pablo compara el cuerpo de resurrección de Cristo con el cuerpo que tendrán los muertos en Cristo después de su resurrección. Es un cuerpo espiritual, que resucitará en gloria y en poder (1 Co. 15:42-44). Los que estarán vivos recibirán en la transfiguración que ocurrirá en ocasión del retorno de Cristo, un cuerpo semejante al cuerpo de la gloria de Cristo (Fil. 3:21).

3.4.12 La ascensión de Jesucristo Volver arriba

Cuarenta días después de su resurrección, Jesucristo ascendió desde el círculo de sus Apóstoles a Dios, su Padre, al cielo. En su última conversación les mandó “que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre", pues debían ser “bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días" (Hch. 1:4-5).

Mientras Jesús bendecía a los Apóstoles, fue alzado hacia el cielo; una nube le ocultó de sus ojos. Y estando ellos todavía mirándole, se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas y dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo" (Hch. 1:11). A diferencia del hecho de la resurrección, del cual no hubo testigos oculares, los Apóstoles participaron directamente de la ascensión de Cristo. Reconocieron que el Resucitado había ascendido y retornado al Padre. La naturaleza humana del Señor se había incorporado definitivamente a la gloria divina, cumpliéndose las palabras: “Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre" (Jn. 16:28).

En Marcos 16:19 dice: “Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios". Por lo tanto, Cristo no entró en un santuario hecho de mano, como el sumo sacerdote del antiguo pacto, “... sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios" (He. 9:24). A la diestra de Dios, Cristo intercede por sus escogidos (Ro. 8:33-34).

La imagen de Cristo sentado a la diestra de Dios muestra que Él es partícipe del pleno poder y la gloria de Dios, el Padre. Esta gloria quiere compartirla en el futuro con los suyos: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado" (Jn. 17:24). Esto acontecerá cuando Cristo arrebate consigo a los suyos de entre los muertos y los que viven, y ellos estarán siempre con Él (1 Ts. 4:15-17).

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La resurrección de Jesucristo es obra del trino Dios. Aconteció sin testigos oculares; sin embargo, el Resucitado fue visto por muchos testigos. Su resurrección no es la expresión de un deseo ni es la expresión de un pensamiento mitológico, sino que efectivamente tuvo lugar. (3.4.11)

Por la resurrección de Jesús, el creyente tiene una fundada esperanza en la vida eterna, pues la resurrección hizo posible vencer la muerte resultante de la caída de Adán en el pecado y la consiguiente separación de la humanidad de Dios. (3.4.11.1)

La fe en la resurrección de Cristo como primicia coloca el fundamento para la fe en la resurrección de los muertos en Cristo y la transfiguración de los vivientes en su retorno. (3.4.11.1)

El Señor resucitado se mostró a sus discípulos; el Nuevo Testamento da cuenta de varios encuentros con el Resucitado. Este testimonio de la resurrección de Cristo fue llevado por los Apóstoles a todo el mundo. (3.4.11.2)

Después de la resurrección, el cuerpo glorificado de Jesús está más allá de la temporalidad y la mortalidad de la carne; no está atado a espacio ni tiempo. (3.4.11.3)

Cuarenta días después de su resurrección, Jesucristo ascendió desde el círculo de sus Apóstoles a Dios, su Padre, al cielo: la naturaleza humana del Señor se había incorporado definitivamente a la gloria divina. (3.4.12)

A diferencia del hecho de la resurrección, del cual no hubo testigos oculares, los Apóstoles participaron directamente de la ascensión de Cristo. En ese momento les fue prometido el retorno de Cristo. (3.4.12)

3.4.13 Jesucristo como la cabeza de la Iglesia Volver arriba

Jesucristo regresó al Padre; en el Espíritu Santo aun después de su ascensión está presente en la tierra. Él, a quien le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, cumple de esa manera su promesa: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt. 28:20). El Espíritu Santo glorifica a Cristo (Jn. 16:14) y da testimonio de su presencia en la Iglesia.

El Apóstol Pablo utiliza en diferentes ocasiones la imagen del “cuerpo de Cristo" para la Iglesia. Así, en un himno, un canto de alabanza a la gloria de Dios, Cristo es ensalzado como “la cabeza del cuerpo que es la iglesia" (Col. 1:18).

La comunidad del Señor tiene muchos miembros y no obstante es un cuerpo, “porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo" (1 Co. 12:13). Este simbolismo deja en claro que la comunidad del Señor no es una institución ni una organización. La comunidad del Señor es más que la suma de sus miembros, es un organismo viviente, guiado por Cristo, la cabeza. Es una dádiva de Dios y queda fuera de la disponibilidad del hombre (ver 6).

3.4.14 Jesucristo como la cabeza de la creación Volver arriba

Según Efesios 1:20-23, Cristo fue dado por cabeza sobre todas las cosas, “sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero". Como el “Logos" (ver 3.4.2), Cristo es la primicia de toda la creación. “En él fueron creadas todas la cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles [...]: todo fue creado por medio de él y para él" (Col. 1:16). Por Él Dios hizo el universo (He. 1:2). Como la cabeza de la creación, Cristo liberta al hombre, sujeto al pecado, llevándolo “de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Ro. 8:19-22). Esto también redundará en provecho del ser humano y se hará realidad en la nueva creación: “... ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron" (Ap. 21:4).

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En el Espíritu Santo, Jesucristo está presente en la tierra aun después de su ascensión. (3.4.13)

En el Nuevo Testamento se utiliza la imagen del “cuerpo de Cristo", que muestra que la comunidad de Jesucristo no es una institución ni una organización, sino un organismo viviente, guiado por Cristo, la cabeza. (3.4.13)

Como el “Logos", el Hijo de Dios es la primicia de toda la creación. Por Él Dios hizo el universo. (3.4.14)

3.4.15 La promesa del retorno de Jesucristo Volver arriba

La promesa del retorno de Jesucristo es un elemento central en la anunciación del Nuevo Testamento. Conceptos como “día del Señor", “día de Cristo", “futuro de nuestro Señor", “revelación de la gloria de Cristo", “aparición" y “venida de Cristo" se refieren siempre al mismo acontecimiento: Cristo vendrá nuevamente y tomará consigo a los suyos de entre los muertos y los vivos. Este acontecimiento no es el juicio final, sino que Él volverá por la novia de Cristo para llevarla a las bodas del Cordero (Ap. 19:7).

Hay gran cantidad de testimonios bíblicos sobre la promesa del retorno de Cristo; se encuentran a lo largo de todo el Nuevo Testamento:

  • En primer lugar es el Señor mismo quien dijo a sus Apóstoles: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Jn. 14:3). Exhortó a sus discípulos a velar y estar preparados: “Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá" (Lc. 12:40). En las parábolas de la venida del Hijo del Hombre (ver 3.4.8.6) se acentúa que el día de Cristo vendrá repentinamente y que producirá una separación: algunos serán aceptados, otros quedarán atrás.

  • Luego son ángeles los que prometieron a los Apóstoles en la ascensión de Jesús que Él vendrá nuevamente (Hch. 1:11).

  • Finalmente, la promesa del retorno de Cristo es confirmada en las epístolas de los Apóstoles; algunos ejemplos son: en 1 Juan 3:2 está descripto en pocas palabras el futuro glorioso de los hijos de Dios, quienes en su consumación serán semejantes al Señor. El Apóstol Santiago pide tener paciencia hasta la venida del Señor, “... porque la venida del Señor se acerca" (Stg. 5:8). El autor de la epístola a los Hebreos también exhorta a ser pacientes: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (He. 10:37). Cristo vendrá por segunda vez “... sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan" (He. 9:28).

  • La segunda epístola de Pedro está dirigida en contra de todos los que niegan el cumplimiento de la promesa del retorno de Cristo. Incluso excluye la posibilidad de que esta promesa se retarde (2 P. 3:9).

  • El Apóstol Pablo confirma la promesa del retorno de Cristo y en forma reiterada se refiere a este acontecimiento en sus epístolas. En ellas hace alusión concretamente a la resurrección de los muertos en Cristo y a la transfiguración de los vivientes en el día del Señor (1 Ts. 4:13-18). Ese día vendrá así como ladrón en la noche (1 Ts. 5:2). El Apóstol concluye su primera epístola a los Corintios con el saludo: “Maran-ata", el Señor viene (1 Co. 16:22).

  • En el Apocalipsis de Juan, es nuevamente el Hijo de Dios el que muestra lo que debe suceder pronto (Ap. 1:1). El llamado: “He aquí yo vengo pronto", es el mensaje central del Apocalipsis. A este llamado el Espíritu y la Esposa responden: “Amén; sí, ven, Señor Jesús" (Ap. 22:12 y 20).

Los pasajes bíblicos citados hablan del retorno de Cristo como un hecho que tendrá lugar pronto y con certeza, el cual traerá salvación y comunión con Cristo y por lo tanto, consuelo en la tribulación y la aflicción (Ro. 8:17-18). Así la promesa del retorno de Cristo es una buena nueva dirigida a todos los hombres. Aquellos que han aceptado a Cristo y tienen en ellos su Espíritu y su vida, y a pesar de su pecaminosidad se atienen a la palabra: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Col. 1:27), vivirán el cumplimiento de la promesa.

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La promesa del retorno de Jesucristo es un elemento central en la anunciación del Nuevo Testamento. Con este retorno de Cristo no es asociado el juicio final, sino más bien que Cristo tomará consigo de entre los muertos y los vivos a quienes tengan en ellos su Espíritu y su vida. (3.4.15)

Todo el Nuevo Testamento está surcado por testimonios sobre la promesa del retorno de Cristo. Habla de él como un hecho que tendrá lugar pronto y con certeza. (3.4.15)

3.5 Dios, el Espíritu Santo Volver arriba

La Sagrada Escritura brinda múltiples testimonios del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios. Asevera que el reconocimiento de Dios sólo se logra a través del Espíritu Santo: “Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Co. 2:11). El Apóstol Pablo lleva a que el reconocimiento de que Jesús es el Señor está en una relación inmanente con el Espíritu Santo: “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 Co. 12:3).

El tercer artículo de la fe testifica: “Yo creo en el Espíritu Santo". Esto se ajusta al texto del Apostolicum (ver 2.2.1). En la Confesión de Nicea-Constantinopla su contenido es más amplio: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo ha de ser adorado y glorificado, que habló por los santos profetas".

El Espíritu Santo es verdadero Dios. Procede del Padre y del Hijo y vive eternamente en comunión con ellos. Participa activamente en la creación (ver 3.3.1) y en la historia de la salvación. El Espíritu Santo es persona divina (ver 3.1.1), que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado como Señor.

En la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo también es llamado “Espíritu de Dios" (entre otros, Gn. 1:2; Ro. 15:19), “Espíritu de Jehová" (entre otros, 1 S. 16:13), “Espíritu del Señor" (entre otros, 2 Co. 3:17), “Espíritu de verdad" (Jn. 16:13), “Espíritu de [Jesu] Cristo" (Ro. 8:9; Fil. 1:19), “Espíritu de su Hijo" (Gá. 4:6) y “glorioso Espíritu de Dios" (1 P. 4:14).

El Nuevo Testamento habla del Espíritu Santo como el Consolador que estará para siempre (Jn. 14:16), también como “poder" y “don de Dios" (Hch. 1:8; 2:38). Este poder de Dios fue prometido y enviado por el Padre y el Hijo. Como poder y don, el Espíritu Santo es transmitido en el Santo Sellamiento, el cual junto con el Santo Bautismo con Agua conforma el renacimiento de agua y Espíritu, mediante el cual el creyente alcanza la filiación divina.

3.5.1 El Espíritu Santo como persona divina Volver arriba

Dios se ha revelado a la humanidad desde el comienzo (ver sección 1). Ya durante la creación, Dios habla y actúa como persona. Ser persona es parte de la naturaleza de Dios (ver 3.2.4) y se manifiesta en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo habla y gobierna, uno se puede dirigir a Él y se lo puede alabar; también Él es “Señor" (2 Co. 3:17).

El Espíritu Santo posee majestuosidad divina. Esto surge de la indicación del Apóstol Pedro de Hechos 5:3-4 que dice que mentirle al Espíritu Santo es mentirle a Dios. El hecho de que el Espíritu Santo es persona queda claro cuando envía hombres para anunciar el Evangelio (Hch. 13:4), cuando se comunica con el espíritu humano (Ro. 8:16) y cuando intercede por aquellos que oran a Dios (Ro. 8:26).

La actividad del Espíritu Santo se evidencia

  • en la encarnación de Jesucristo,

  • en las revelaciones divinas del pasado y del presente,

  • en el envío y obrar de los Apóstoles,

  • en los Sacramentos,

  • en la palabra de la prédica, especialmente en mantener viva la promesa de que Jesucristo vendrá nuevamente.

3.5.1.1 El Espíritu Santo en unidad con el Padre y el Hijo Volver arriba

La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla (ver 2.2.2) dice que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Conforme a las palabras de Jesús, el Padre y el Hijo son enviadores del Espíritu Santo en igual medida: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí" (Jn. 15:26). El Espíritu Santo procede del Padre (Jn. 14:26) y es enviado por el Hijo, es decir, procede también del Hijo (Jn. 16:7). Por ende, el Espíritu Santo es tanto el Espíritu del Padre como el Espíritu del Hijo. Esto también está expresado en las palabras de Jesús: “Él [el Espíritu Santo] me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío" (Jn. 16:14-15).

Entonces, se entenderá qué es el Espíritu Santo sólo en términos de su consustancialidad con el Padre y el Hijo. Como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es “Dios verdadero de Dios verdadero". No fue creado, y es de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo, y, como ellos, es eterno.

3.5.1.2 El Espíritu Santo y la encarnación del Hijo de Dios Volver arriba

Un acontecimiento central en la historia de la salvación es la encarnación de Jesucristo. La virgen María concibió del Espíritu Santo (Mt. 1:18; Lc. 1:35). Esta afirmación bíblica está incluida en la Confesión de fe nuevoapostólica: “Yo creo en Jesucristo, [...] concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María...".

También es el Espíritu Santo el que testifica sobre el envío del Hijo. La autoridad divina del Hijo de Dios hecho hombre se hizo evidente cuando descendió el Espíritu en el Bautismo de Jesús en el Jordán (Mt. 3:16-17; Jn. 1:32-34). De este modo, en su naturaleza humana, Jesús es ungido con el Espíritu Santo, a través del cual Dios lo confirma como el Mesías, el “Ungido". El Apóstol Pedro enseñó en la casa de Cornelio: “Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret" (Hch. 10:37-38). Los Evangelios testifican que el Espíritu Santo está presente permanentemente en el Hijo de Dios hecho hombre (entre otros, Lc. 4:1, 14, 18 y 21).

EXTRACTO Volver arriba

La Sagrada Escritura asevera que el reconocimiento de Dios sólo se logra a través del Espíritu de Dios. (3.5)

El Espíritu Santo es verdadero Dios. Procede del Padre y del Hijo y vive eternamente en comunión con ellos. El Espíritu Santo es persona divina, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado como Señor. (3.5.)

El Nuevo Testamento habla de Él como el “Consolador" que estará para siempre, también como “poder" y “don de Dios". Como poder y don, el Espíritu Santo es transmitido en el Santo Sellamiento. (3.5)

Ser persona es parte de la naturaleza de Dios y se manifiesta en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. (3.5.1)

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es Dios verdadero de Dios verdadero. No fue creado, y es de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo, y, como ellos, es eterno. (3.5.1.1)

La encarnación de Dios en Jesucristo fue provocada por el Espíritu Santo, pues la virgen María concibió de Él. El Espíritu Santo dio testimonio del envío del Hijo en el Bautismo de Jesús en el Jordán. De este modo, en su naturaleza humana, Jesús es ungido con el Espíritu Santo, a través del cual Dios lo confirma como el Mesías, el “Ungido". (3.5.1.2)

3.5.2 El Espíritu Santo como poder: el don del Espíritu Santo Volver arriba

La palabra griega “pneuma", que generalmente se traduce como “espíritu", tiene al igual que la hebrea “ruach" y la latina “spiritus", entre otras, el significado de “viento, aliento, espíritu de vida". Sobre el Espíritu como aliento divino de vida se puede leer en Génesis 2:7. Su efecto en sí es el hecho de estar vivo, manifestándose como poder divino de vida.

En el curso de la historia de la salvación, el Espíritu de Dios se reconoce como el poder que impulsa al hombre capacitándolo para ser una herramienta al servicio de Dios. Este poder puede influenciar al hombre, llenarlo y, es más, aún renovarlo (Tit. 3:5).

Jesucristo obró en el poder del Espíritu y “el poder del Señor estaba con Él" (Lc. 4:14; 5:17). Poco antes de su ascensión, el Resucitado prometió a sus Apóstoles: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo" (Hch. 1:8).

Después de su prédica de Pentecostés, el Apóstol Pedro les aseguró a aquellos que se dejasen bautizar, que iban a recibir el don del Espíritu Santo (Hch. 2:38).

Dios concede este don mediante la imposición de manos y oración de un Apóstol, como lo demuestra por ejemplo el hecho acontecido en Samaria (Hch. 8:14-17). El creyente recibe Espíritu Santo y al mismo tiempo, el amor de Dios (Ro. 5:5).

Aquí es importante diferenciar entre el Espíritu Santo como don de Dios y el Espíritu Santo como persona de la divinidad. Se transmite el don del Espíritu Santo, proveniente de Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

3.5.3 Testimonios de la actividad del Espíritu Santo en tiempos del Antiguo Testamento Volver arriba

Por su existencia eterna en unidad con el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo estuvo y está activo durante la creación y en la historia de la salvación. Por ende, la Sagrada Escritura provee múltiples testimonios de la actividad del Espíritu en los tiempos del Antiguo Testamento, a pesar de que en esa época no existía ni el entendimiento de la Trinidad Divina, ni la posibilidad de dispensar el Espíritu en el sentido neotestamentario. En el tiempo del antiguo pacto, el Espíritu Santo dio muchas promesas referentes a la venida del Mesías y al establecimiento del nuevo pacto.

3.5.3.1 El Espíritu de Dios Volver arriba

“Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Gn. 1:2). Esta referencia muestra que el trino Dios, es decir, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, ejercen su accionar en la creación (comparar con Gn. 2:7).

Cuando el Antiguo Testamento habla del “Espíritu de Dios", se refiere al Espíritu Santo. Aún no se lo realza como una persona divina, sino que se lo describe como un poder que da vida.

Han sido transmitidos ejemplos de la actividad del Espíritu de Dios en el tiempo de Moisés (Ex. 31:3; Nm. 11:25-29) y de los jueces en Israel (Jue. 3:10; 6:34; 11:29; 13:25), quienes, movilizados por el Espíritu de Dios, guiaron al pueblo del Señor con valor y fortaleza en la lucha contra sus enemigos.

Los reyes del pueblo de Israel también estuvieron llenos del Espíritu de Dios. Ejemplos de ello son Saúl (1 S. 10:6) y David (1 S. 16:13). Más tarde, Jesucristo se refirió a la actividad del Espíritu Santo a través del rey David con las palabras: “Porque el mismo David dijo por el Espíritu Santo (Sal. 110:1): Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies" (Mr. 12:36). Aquí, como en otros pasajes del Nuevo Testamento (entre otros, Hch. 1:16; 4:25), queda claro que David, inspirado por el Espíritu Santo, ya se refería a Jesucristo.

En tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo estaba en los hombres sólo temporariamente, y no, como en el nuevo pacto, como un don sacramental permanente (1 S. 16:14; Sal. 51:11).

3.5.3.2 La actividad del Espíritu Santo en los profetas del Antiguo Testamento Volver arriba

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dan prueba de que el Espíritu Santo estuvo activo en los profetas y hablaba a través de ellos (Ez. 11:5; Mi. 3:8; Zac. 7:12; Hch. 28:25). En el Nuevo Testamento, el énfasis está colocado en el hecho de que los profetas se referían a Jesucristo: “Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer" (Hch. 3:18).

EXTRACTO Volver arriba

Jesucristo obró en el poder del Espíritu. Antes de su ascensión prometió a los Apóstoles que vendría sobre ellos el poder del Espíritu Santo. (3.5.2)

Dios concede el don del Espíritu Santo mediante imposición de manos y oración de un Apóstol. Aquí es importante diferenciar entre el Espíritu Santo como don de Dios y el Espíritu Santo como persona de la divinidad. (3.5.2)

En tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo estaba en los hombres sólo temporariamente, y no, como en el nuevo pacto, como un don sacramental permanente. (3.5.3.1)

Han sido transmitidos ejemplos de la actividad del Espíritu Santo en el tiempo de Moisés, de los jueces y los reyes en Israel. El Espíritu Santo asimismo estuvo activo en los profetas. (3.5.3.1; 3.5.3.2)

3.5.4 La promesa del Espíritu Santo dada por Jesucristo Volver arriba

Antes de ir al Padre, Jesucristo anunció el Espíritu Santo a sus Apóstoles como el “Consolador" y “Espíritu de verdad". Del mismo modo, prometió el Espíritu Santo como ayuda divina y poder de lo alto que serían transmitidos a los suyos.

Jesús dijo que su partida de este mundo era la premisa para la venida del Espíritu Santo como Consolador (Jn. 16:7). La transmisión de Espíritu Santo como don, tuvo lugar recién después de que por su muerte, su resurrección y su regreso al Padre, fuera glorificado (Jn. 7:39).

3.5.4.1 El Consolador Volver arriba

Jesucristo es sostén y abogado de los suyos (Mt. 28:20; 1 Jn. 2:1). En sus palabras de despedida previas a su prendimiento y crucifixión, prometió otro Consolador, el “Parákletos" (derivado del griego “parakletos: “apoyo, intercesor, ayudador o consolador"): “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre [...] Mas el Consoldador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas la cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn. 14:16 y 26). El Espíritu Santo es ese “otro" Consolador y apoyo que permanece en la comunidad. Él da testimonio de Jesucristo y lo glorifica (Jn. 16:14).

Desde la ascensión del Señor y el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, mantiene latente el Evangelio entre los seguidores de Cristo, y los respalda (Mt. 10:19-20).

3.5.4.2 El Espíritu de verdad Volver arriba

Jesucristo también llamaba al Espíritu Santo el “Espíritu de verdad" (Jn. 15:26). Este Espíritu hace comprensible lo que agrada a Dios y qué se contradice con su voluntad: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Jn. 16:8). El Espíritu Santo distingue la verdad de la mentira (Hch. 13:9-10).

Durante el tiempo de su actividad en la tierra, el Señor no agotó por completo todas las explicaciones sobre la verdad ni sobre el transcurso de la historia de la salvación, pero hizo alusión a futuras revelaciones del Espíritu Santo: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir" (Jn. 16:12-13). De esta misma manera está activo el Espíritu Santo también en el presente (ver 1.3).

Todo lo que manifiesta el Espíritu de verdad, está relacionado con la esencia y obra de Cristo. Revela el reinado divino de Cristo (1 Co. 12:3). Confiesa que Jesucristo ha venido en la carne (1 Jn. 4:2) y transmite el reconocimiento de que Jesucristo vino como Hijo del Padre y así vendrá nuevamente.

3.5.4.3 El poder desde lo alto Volver arriba

Antes de su ascensión, el Señor resucitado prometió a sus Apóstoles: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto" (Lc. 24:49). Con ello anunciaba el derramamiento del Espíritu Santo así como ya lo había hecho Dios a través del profeta Joel (Jl. 2:28-29). En Pentecostés se cumplió esta promesa, comenzando la actividad pública de los Apóstoles.

La locución “poder desde lo alto" (del gr.: “dynamis": “poder") da a entender la plena, conmovedora y fortalecedora acción del Espíritu y remite a la poderosa intervención de Dios. De la misma manera que el Padre y el Hijo se manifiestan dentro del mundo histórico, la automanifestación de Dios en el Espíritu Santo tuvo lugar en Pentecostés, como un acontecimiento en la historia de la salvación. El Espíritu Santo fortalece a la Iglesia de Cristo en sus esfuerzos por vivir conforme al agrado de Dios preparándose así para el retorno de Cristo.

EXTRACTO Volver arriba

Jesucristo, sostén y abogado de sus discípulos, prometió otro Consolador. Él da testimonio de Jesucristo y lo glorifica, mantiene latente el Evangelio entre los seguidores de Cristo y respalda a la comunidad. (3.5.4; 3.5.4.1)

Jesucristo también llamaba al Espíritu Santo el “Espíritu de verdad". El Espíritu Santo distingue la verdad de la mentira. (3.5.4.2)

Jesús hizo alusión a futuras revelaciones del Espíritu Santo. Todas están relacionadas con la esencia y obra de Cristo. (3.5.4.2)

La locución “poder desde lo alto" remite a la poderosa intervención de Dios en la actividad del Espíritu Santo. (3.5.4.3)

La automanifestación de Dios en el Espíritu Santo tuvo lugar en Pentecostés, vinculándose con ella el comienzo de la actividad pública de los Apóstoles. (3.5.4.3)

3.5.5 El Espíritu Santo y la Iglesia Volver arriba

Las epístolas del Nuevo Testamento expresan que en las primeras comunidades cristianas estaba presente el Espíritu Santo. Jesucristo prometió a sus discípulos el Espíritu Santo como apoyo y Consolador y lo envió. La Iglesia es llamada “casa de Dios", “morada de Dios" o “templo de Dios" (1 Ti. 3:15; Ef. 2:22; 2 Co. 6:16).

En el antiguo pacto, el templo es la morada de Dios entre su pueblo (1 R. 8:13). Esto se toma como símbolo en el Nuevo Testamento y se lo utiliza para dar una idea de la presencia permanente de Dios y con ello también la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Los creyentes deben ser edificados “como piedras vivas [...] como casa espiritual" (1P. 2:5).

3.5.5.1 El derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés Volver arriba

Por el envío del Espíritu Santo en Pentecostés se manifiesta que Dios es trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo (ver 3.1.1). El Espíritu Santo enviado por el Padre y por el Hijo llenó a los Apóstoles y a todos los que estaban con ellos.

De esa manera, la Iglesia de Cristo (ver 6.4.2) puede ser experimentada en la historia. Este acontecimiento demuestra que el Espíritu Santo es una premisa necesaria para la Iglesia: Iglesia y Espíritu Santo van juntos.

En las comunidades guiadas por los Apóstoles, el Espíritu Santo está presente permanentemente, en ellas hay vida divina que se evidencia en la actividad y la palabra de los Apóstoles, y que también debe ponerse de relieve en la palabra y las obras de cada creyente (Ro. 8:14).

Al recibir el don del Espíritu Santo, el hombre, como hijo de Dios, tiene comunión con el Trino. En el retorno de Cristo, esta comunión experimentará su consumación para aquellos que sean arrebatados hacia el Señor.

3.5.5.2 Obrar del Espíritu Santo en los Sacramentos Volver arriba

El poder mediador de salvación, inmanente en los Sacramentos, se fundamenta en que las tres personas divinas actúan en estos actos.

En el Santo Bautismo con Agua, por lo tanto, también obra el poder del Espíritu Santo: Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, aparta al bautizado del distanciamiento que tenía con Él (ver 8.1).

La consagración de pan y vino para la Santa Cena sólo es posible porque en ese acto obra el Espíritu Santo; de manera tal que por medio de las palabras humanas el poder del Espíritu Santo adquiere realidad divina. Una Santa Cena plenamente valedera, es decir, la verdadera presencia de cuerpo y sangre de Cristo, tiene lugar cuando está sustentada por el poder del Espíritu Santo y la consagración de los elementos de la Santa Cena se realiza en virtud del poder concedido por los Apóstoles (ver 8.2.12).

La transmisión del don del Espíritu Santo a través de los Apóstoles acontece en el Sacramento del Santo Sellamiento, el Bautismo de Espíritu, en el cual se conceden al hombre poder de Dios, vida de Dios y amor de Dios. El Espíritu Santo determina en el renacimiento de agua y Espíritu que Dios more en el hombre (Ro. 8:9).

3.5.5.3 Obrar del Espíritu Santo en el ministerio de Apóstol Volver arriba

Los Apóstoles ejercen su ministerio en el poder del Espíritu Santo. La actividad del Espíritu Santo le otorga a su obrar una autoridad especial. Esto se muestra en la correcta administración y transmisión de los Sacramentos, en el correcto anuncio del Evangelio basado en la Sagrada Escritura, en mantener vigente la promesa del retorno de Cristo y en preparar a su novia para ello. En los Apóstoles actuales, el Espíritu Santo obra con la misma plenitud que en el tiempo de los primeros Apóstoles.

EXTRACTO Volver arriba

El Espíritu Santo estuvo presente en las primeras comunidades cristianas. La Iglesia es llamada “casa de Dios", “morada de Dios" o “templo de Dios". De esa manera se da una idea de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. (3.5.5)

El Espíritu Santo es una premisa necesaria para la Iglesia: Iglesia y Espíritu Santo van juntos. (3.5.5.1)

La transmisión de Espíritu Santo a través de los Apóstoles acontece en el Sacramento del Santo Sellamiento, el Bautismo de Espíritu. También en los Sacramentos del Santo Bautismo con Agua y la Santa Cena, el Espíritu Santo es el poder obrante. (3.5.5.2)

Los Apóstoles ejercen su ministerio en el poder del Espíritu Santo. (3.5.5.3)