Catecismo

2 La Confesión de fe

Una Confesión de fe resume los contenidos esenciales de una doctrina de fe. El que la profesa cumple con una de las condiciones previas para pertenecer a la respectiva congregación religiosa: creer en aquello que todos los otros miembros de la congregación profesan. En estos términos, una congregación religiosa se define a sí misma por su Confesión y por ella, se distingue de otras.

2.1 Las Confesiones de fe bíblicas Volver arriba

Ya el antiguo pacto tenía sus fórmulas de Confesión. La Confesión a Jehová como el Dios de Israel se vincula con su histórico acto de salvación para su pueblo, la liberación de la esclavitud egipcia (Dt. 26:5-9). Tal Confesión a un solo Dios implica el rechazo hacia otros dioses (Jos. 24:23).

El centro del Servicio Divino en las sinagogas es la Confesión de fe: “Oye, Israel" (“Schma Jisrael") que dice, entre otras cosas: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. [...] Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa" (Dt. 6:4-7).

Las Confesiones de fe del Nuevo Testamento dan expresión al acto de salvación de Dios en Jesucristo. Desde una época temprana, los cristianos ya utilizaban fórmulas para expresar su fe en el caso de los Bautismos o los Servicios Divinos.

Un ejemplo de ello es la fórmula “Jesús es el Señor" (Ro. 10:9). Una importante afirmación de las Confesiones de fe de la Iglesia del principio es la declaración de la resurrección del Señor: “Ha resucitado el Señor verdaderamente" (Lc. 24:34; comparar con 1 Co. 15:3-5). También “El Señor viene" (1 Co. 16:22, en arameo: Maran-ata) puede ser entendido como una Confesión. Era comúnmente utilizada primero en comunidades que hablaban el arameo, en la Iglesia del principio.

Se pueden encontrar más Confesiones a Jesucristo, su naturaleza y su obra en los himnos de la Iglesia del principio como por ejemplo en 1 Timoteo 3:16: “Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria" (Fil. 2:6-11, Col. 1:15-20).

2.2 Surgimiento de las Confesiones de fe de la Iglesia antigua Volver arriba

Cuando el Evangelio se propagó más y más en el Imperio Romano, muchos de los que se habían convertido a la fe cristiana permanecían arraigados, por lo menos en parte, a sus antiguas convicciones religiosas o filosóficas. De la unión de estas convicciones con la doctrina cristiana resultaron doctrinas heréticas que confundían a los creyentes. En particular, la Trinidad Divina y la doctrina de la naturaleza de Jesucristo causaron severos conflictos. Para remediar este problema, se realizaron esfuerzos para formular Confesiones de fe que fueran valederas para la fe de la comunidad y, por consiguiente, para la fe de cada creyente. El criterio para decidir si un enunciado sobre la naturaleza y el obrar de Dios podía formar parte de una Confesión de fe, era su conformidad con la enseñanza de Jesucristo y sus Apóstoles. En el curso del tiempo fueron formuladas las siguientes Confesiones de fe: la Confesión de fe apostólica, la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla y la Confesión de fe atanasiana.

2.2.1 La Confesión de fe apostólica Volver arriba

La Confesión de fe apostólica (también llamada “Símbolo de los Apóstoles" o “Apostolicum") tuvo su origen en el período posapostólico temprano. Algunas de sus afirmaciones esenciales se basan en la prédica ofrecida por el Apóstol Pedro en la casa de Cornelio (Hch. 10:37-43). Los principios básicos de la Confesión de fe apostólica se compilaron en el siglo II y se modificaron ligeramente en el siglo IV.

Dice así:

“Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; ascendió a los cielos; está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia universal [católica], la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Amén."

2.2.2 La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla Volver arriba

En el año 325, el emperador Constantino convocó al concilio de Nicea. Aproximadamente entre 250 y 300 Obispos accedieron a la invitación del emperador. Constantino vio en la fe cristiana, entonces ampliamente difundida, un poder potencial para apoyar al Estado. Debido a que la unidad de la cristiandad estaba severamente amenazada por una controversia sobre la naturaleza de Cristo (“controversia ariana"), él estaba muy interesado en que los Obispos formulasen una doctrina más unánime.

El resultado más importante del concilio fue la Confesión de fe de Nicea. En concilios posteriores que tuvieron lugar hasta el siglo VIII – entre ellos el significativo concilio de Constantinopla (381 d. C) – se le fue dando mayor precisión y se ha llamado la “Confesión de fe (Credo) de Nicea-Constantinopla". En particular, más allá del Apostolicum, estableció la Confesión a la Trinidad Divina y destacó los rasgos característicos de la Iglesia.

La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla dice así:

“Creo en un solo Dios, Padre omnipotente, hacedor del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios unigénito y nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho, consustancial con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas, quien por nosotros los hombres y la salvación nuestra, descendió de los cielos. Y se encarnó de María Virgen por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre, y fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, padeció y fue sepultado. Y resucitó al tercer día, según las Escrituras. Y subió al cielo, está sentado a la diestra del Padre, y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos; y su reino no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre y del Hijo [2], que con el Padre y el Hijo ha de ser adorado y glorificado, que habló por los santos profetas. Y en una sola santa Iglesia universal [católica] y apostólica. Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo futuro. Amén."

La Confesión de fe atanasiana responde en sus enunciados a la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla, aunque es mucho más detallada. Tuvo su origen probablemente en el siglo VI y se hizo pública en el sínodo de Autun (alrededor del año 670 d. C).

[2] La afirmación de que el Espíritu Santo también “procede del Hijo" (“filioque"), no pertenece al texto original de la Confesión. La formulación fue agregada en el siglo VIII dentro de la Iglesia Occidental. Esto trajo controversias con la Iglesia Oriental, que hasta el día de hoy no acepta este agregado. Dicha controversia fue uno de los motivos de la separación de la Iglesia Oriental y la Occidental en el año 1054 d.C. De la Iglesia Occidental surgieron la Iglesia Católica Romana, las Iglesias Católicas Antiguas y las Iglesias de la Reforma, de la Iglesia Oriental las Iglesias Ortodoxas Nacionales.

2.3 Las antiguas Confesiones de fe y su significado para la Iglesia Nueva Apostólica Volver arriba

La doctrina de la Iglesia Nueva Apostólica se basa en la Sagrada Escritura. Las Confesiones de fe de la Iglesia antigua hablan sobre los fundamentos de la fe cristiana, así como los testifican el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las Confesiones de fe de la Iglesia antigua no van más allá de lo que revela la Sagrada Escritura, más bien lo resumen en palabras concisas y valederas. Por lo tanto, exceden los límites confesionales y representan – como el Santo Bautismo con Agua – un órgano que vincula a los cristianos.

La Iglesia Nueva Apostólica se profesa a la fe formulada en ambas Confesiones de la Iglesia antigua: la fe en el trino Dios, en Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, en su nacimiento por la virgen María, en el envío del Espíritu Santo, en la Iglesia, en los Sacramentos, en la espera del retorno de Jesucristo y en la resurrección de los muertos.

EXTRACTO Volver arriba

Una Confesión de fe resume los contenidos esenciales de una doctrina de fe. Una congregación religiosa se define a sí misma por su Confesión y por ella, se distingue de otras.(2)

Ya el antiguo pacto tenía sus fórmulas de Confesión, en las cuales se vincula la Confesión a un único Dios con su histórico acto de salvación para su pueblo, la liberación de la esclavitud egipcia. (2.1)

Las Confesiones de fe del Nuevo Testamento dan expresión al acto de salvación de Dios en Jesucristo. (2.1)

Cuando se produjeron conflictos acerca de la Trinidad Divina y la doctrina de la naturaleza de Jesucristo, se formularon para la Iglesia Confesiones de fe. El criterio para su formulación fue el Nuevo Testamento, es decir, la enseñanza de Jesucristo y sus Apóstoles. (2.2)

Surgieron la Confesión de fe apostólica (Apostolicum) y la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla. Los principios básicos de la Confesión de fe apostólica se compilaron en el siglo II y se modificaron ligeramente en el siglo IV. La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla establece en particular la Trinidad Divina. (2.2.1; 2.2.2)

Las Confesiones de fe de la Iglesia antigua resumen en forma concisa y valedera lo testificado en la Sagrada Escritura. Por lo tanto, exceden los límites confesionales y representan un órgano que vincula a los cristianos. (2.3)

La Iglesia Nueva Apostólica se profesa a la fe formulada en ambas Confesiones de la Iglesia antigua. (2.3)

2.4 La Confesión de fe nuevoapostólica Volver arriba

Una de las funciones del apostolado es la de interpretar en forma determinante la Sagrada Escritura y las Confesiones de fe de la Iglesia antigua. Un resultado significativo es la Confesión de fe nuevoapostólica, la cual expresa en forma valedera la fe y la doctrina de la Iglesia Nueva Apostólica.

La Confesión de fe nuevoapostólica está estrechamente relacionada con las Confesiones de la Iglesia antigua. Los tres primeros artículos responden en gran parte a la Confesión de fe apostólica, es decir que destacan la importancia de esta antigua Confesión. Los siete artículos que siguen constituyen una interpretación, continuación y complementación de estas Confesiones, en lo que respecta a los ministerios, los Sacramentos, la doctrina de las últimas cosas, así como la relación del hombre con la sociedad.

Desde sus orígenes, la Confesión de fe nuevoapostólica fue modificada en varias oportunidades. Esto aconteció respondiendo al desarrollo de la doctrina de la fe nuevoapostólica conforme a los hechos que tuvieron lugar en cada época. La interpretación puede realizarse en forma reiterada. Forma parte de la tradición viva, así como aconteció con los escritos del Nuevo Testamento mismo y con el trabajo de interpretación basado en ellos, efectuado por las siguientes generaciones. La tradición viva, por ende, no es rígida sino que se caracteriza por la preservación y el cambio. Ambos son significativos para la tradición y por consiguiente también para la interpretación: la preservación es irrenunciable para la doctrina de la Iglesia, si esta no se quiere olvidar de la historia ni separarse de sus orígenes; el cambio es irrenunciable para la doctrina de la Iglesia, si esta no quiere pasar por alto las generaciones presentes ni volverse rígida en reconocer a cada época en particular.

Con el paso del tiempo, en la Confesión se sigue sosteniendo la fe en el trino Dios, en Jesucristo como el Dios que se hizo carne, en su muerte en sacrificio, su resurrección y su retorno, en la Iglesia como instancia transmisora de salvación, en el envío de los Apóstoles y en los Sacramentos con los que Dios se dedica a los hombres.

Los cristianos nuevoapostólicos deben profesarse a los artículos de la fe. La Confesión de fe debe constituir la impronta de su posición en la fe. También sirve para dar a conocer a otras personas en forma concisa los contenidos esenciales de la fe nuevoapostólica.

La Confesión de fe ha sido formulada sabiendo que el amor, la gracia y la omnipotencia de Dios no pueden ser desarrollados suficientemente en explicaciones doctrinarias y confesionales, y que siempre son más amplios que lo que los hombres puedan decir de ellos. La Confesión de fe no pone límites que nieguen a otros cristianos su participación en la salvación.

2.4.1 El primer artículo de la fe Volver arriba

Yo creo en Dios, el Padre, el Todopoderoso, el Creador del cielo y de la tierra. Volver arriba

El primer artículo habla sobre la existencia de Dios, el Padre, como el Creador (ver 3.3). El Antiguo y el Nuevo Testamento atestiguan que Dios es el Creador. La creación comprende cielo y tierra, osea, según dice en la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla, “las cosas visibles e invisibles". Lo material y lo espiritual existen gracias al acto creador de Dios. Dios es el Autor de la realidad entera, y ella da testimonio de Él.

Dios es todopoderoso no sólo con respecto a su obra en la creación, sino que es el Todopoderoso en todo tiempo. La omnipotencia de Dios se ve, entre otras cosas, en el hecho de que es el Autor de la Creación sin haber estado sujeto a ninguna condición. En un acto de libre voluntad, Dios crea de la nada todo lo que existe (“creatio ex nihilo", comparar con He.11:3).

Aunque el primer artículo hable de Dios, el Padre, como Creador, no obstante Dios, el Hijo, y Dios, el Espíritu Santo, también están incluidos en el acontecimiento de la creación, puesto que el trino Dios como un todo es el Creador, como lo alude Génesis1:26: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza". Juan 1:1 y Colosenses1:16 indican explícitamente la existencia del Hijo como Creador.

2.4.2 El segundo artículo de la fe Volver arriba

Yo creo en Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, nuestro Señor, concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María, que padeció bajo Poncio Pilato, que fue crucificado, muerto y sepultado, que entró en el reino de la muerte, que al tercer día resucitó de los muertos y ascendió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios, el Padre todopoderoso, de donde vendrá nuevamente. Volver arriba

El segundo artículo de la fe trata sobre Jesucristo, que es el fundamento y contenido de la fe cristiana. Cada enunciado de este artículo tiene un punto de referencia inmediato en el Nuevo Testamento. El nombre “Jesucristo" ya es una confesión, la de Jesús de Nazaret como el Mesías (del hebr.: “Ungido", del gr.: Cristo) prometido y esperado por Israel.

Pero Jesús no es solamente el Mesías, sino también “el unigénito Hijo de Dios" (Jn.1:14 y 18). Con esta formulación se expresa la relación sustancial entre Dios, el Padre, y Dios, el Hijo. La Confesión de fe de Nicea-Constantinopla deja en claro esta fórmula del “unigénito Hijo": el Hijo es “nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial con el Padre". Este “unigénito Hijo" es “nuestro Señor". En el Antiguo Testamento “Señor" es el nombre de Dios y en el Nuevo Testamento se traslada a Jesús para poner en claro su naturaleza divina. “Señor" significa aquí también que Jesucristo reina en los cielos y en la tierra (Fil.2:9-11).

Los enunciados que siguen conciernen al origen divino del hombre Jesús y su nacimiento milagroso. Jesús es concebido por el Espíritu Santo (Lc.1:35; Mt.1:18). Por lo tanto, no tiene su origen en la procreación natural de un hombre, porque María era virgen cuando dio a luz a Jesús (Lc.1:27). Nacer de una virgen no debe considerarse como algo secundario ni tampoco como una mera idea mitológica antigua, sino que forma parte de las convicciones cristianas fundamentales. La mención de María en los Evangelios demuestra que Jesús realmente era hombre y que tenía una madre.

La historicidad de Jesús queda en claro además al nombrar a “Poncio Pilato", que era gobernador romano en Palestina en los años 26 a 36d.C., de modo que la pasión de Jesús ocurrió durante el período de su gobierno (Jn.18:28 ss.).

A continuación se mencionan los tres acontecimientos esenciales que conciernen a Jesús: “crucificado, muerto y sepultado". Esto vuelve a demostrar la verdadera existencia humana de Jesús: Él tuvo que padecer una muerte infame, la muerte en la cruz. Él murió y fue sepultado, participando en el destino universal de la humanidad. Lo particular se expresa recién con el acontecimiento de “que al tercer día resucitó de los muertos", algo que va mucho más allá de las experiencias humanas y que únicamente se puede afirmar y comprender a partir de la fe. Detrás de este enunciado hay una fórmula de confesión que ya se menciona en 1Corintios15:3-4: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras". La doble indicación “conforme a las Escrituras" pone de manifiesto que estos acontecimientos no son de poca importancia, sino que son necesarios dentro de la historia de la salvación. Jesucristo “resucitó de los muertos", su resurrección es una condición previa y una promesa para la resurrección de los muertos.

Por cierto, en el Símbolo de los Apóstoles se halla aún entre los enunciados “muerto y sepultado" y “al tercer día resucitó", la inserción “descendió a los infiernos" o bien “entró en el reino de la muerte". La prueba de esto en el Nuevo Testamento se encuentra en 1Pedro3:19, donde dice que Jesús después de la muerte en la cruz “predicó a los espíritus encarcelados".

A la confesión “resucitó de los muertos" le sigue el enunciado de que Jesucristo “ascendió al cielo" (Hch.1:9-11). Así termina la vida terrenal de Jesús, así como su inmediata presencia como Resucitado. La recepción del Resucitado en el cielo significa su retorno al Padre y su exaltación. La exaltación de Jesucristo queda plasmada en la siguiente expresión lingüística: “Está sentado a la diestra de Dios, el Padre todopoderoso" (Col.3:1).

El final del segundo artículo de la fe expresa que el Señor exaltado vendrá nuevamente para tomar a los suyos a sí mismo (Jn.14:3).

2.4.3 El tercer artículo de la fe Volver arriba

Yo creo en el Espíritu Santo, en la Iglesia, que es una, santa, universal y apostólica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Volver arriba

Al comienzo del tercer artículo se confiesa la fe en el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la tercera persona de la divinidad. Sobre la naturaleza divina del Espíritu Santo y su unión con el Padre y el Hijo hace mención la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo ha de ser adorado y glorificado, que habló por los santos profetas". Aquí el creyente se profesa al Espíritu Santo y a su naturaleza divina.

Una obra del Espíritu Santo es la Iglesia. La Iglesia no es algo que salió de los hombres ni fue creado por ellos, antes bien es una dádiva divina. Es la reunión de aquellos que están bautizados, llevan su vida en el seguimiento a Cristo y se confiesan a Jesucristo como su Señor. El destino de la Iglesia de Jesucristo consiste, por una parte, en hacer accesible al hombre la salvación y la comunión eterna con el trino Dios y, por otra parte, en ofrecer adoración y alabanza a Dios.

La Iglesia de Jesucristo tiene un lado escondido y un lado visible. En este sentido, la Iglesia de Cristo se remite a las dos naturalezas de Jesucristo, que es verdadero hombre y verdadero Dios al mismo tiempo. El lado escondido de la Iglesia (ver también 6.3) no puede sondearse con el entendimiento humano, pero se hace accesible por la fe y puede experimentarse, por ejemplo, en los Sacramentos y en la palabra de Dios en la prédica, es decir, en todas las señales de salvación divina y cercanía divina. El lado visible de la Iglesia hace referencia a la verdadera naturaleza humana de Jesucristo. Al igual que el hombre Jesús, la Iglesia es parte de la historia de la humanidad. Sin embargo, el hombre Jesús no tuvo pecado, pero esto no sucede en el lado visible de la Iglesia, pues debido a que obran en ella los hombres, toma parte de su pecaminosidad. Por lo tanto, en la Iglesia también se encuentran errores y deficiencias.

El Símbolo de los Apóstoles habla únicamente de la “santa Iglesia universal". La formulación “que es una, santa, universal y apostólica" proviene de la Confesión de fe de Nicea-Constantinopla. Esta formulación destaca los criterios esenciales de la Iglesia de Cristo: ella es “una", ella es “santa", ella es “universal" y ella es “apostólica".

La Iglesia es “una": El hecho de que la Iglesia de Jesucristo es una, tiene su fundamento en la confesión a Dios, que es uno. Dios, el Padre, es el Creador. Jesucristo es la única cabeza de la Iglesia, Él es el Señor, que es uno. El Espíritu Santo, que es uno, obra en esta Iglesia y llena a los creyentes con el reconocimiento de la verdad.

La Iglesia es “santa": La santidad ha sido concedida a la Iglesia por Dios. En ella se hace visible lo santo - en los Sacramentos - y obra en ella el Espíritu Santo.

La Iglesia es “universal" (del gr.: “católica"): La universalidad o catolicidad de la Iglesia significa que abarca todo, por lo que supera ampliamente todo lo que el hombre puede llegar a experimentar. En la Iglesia halla su expresión directa la voluntad universal de salvación de Dios, en tanto que comprende este mundo y el del más allá, lo pasado y presente. También llega al futuro, hallando su consumación en la nueva creación.

La Iglesia es “apostólica": La apostolicidad de la Iglesia tiene un aspecto contextual y un aspecto personal. La Iglesia es apostólica, en primer lugar, porque en ella es proclamado el Evangelio de la muerte, la resurrección y el retorno de Cristo, así como lo han predicado los Apóstoles del primer tiempo. Por otro lado, la Iglesia es apostólica porque en ella el ministerio apostólico se hace realidad históricamente en Apóstoles actualmente activos.

En su realización histórica, la Iglesia no responde plenamente al mandamiento de unidad, santidad, universalidad y apostolicidad. Esto estriba, entre otras cosas, en la pecaminosidad de los hombres que obran en ella. A pesar de estas insuficiencias, la Iglesia de Cristo no permanece escondida o inaccesible. Se percibe con la mayor claridad allí donde se encuentran el ministerio de Apóstol, la dispensación de los tres Sacramentos a vivos y muertos, como también el verdadero anuncio de la palabra. Allí está erigida la Obra Redentora del Señor [3], donde se está preparando a la novia de Cristo para las bodas en el cielo.

Aunque todos los creyentes en general son partícipes de la santidad de la Iglesia, la “comunión de los santos", en sentido estrecho, es una magnitud escatológica. Está formada por aquellos que pertenecerán a la novia, es decir que recién se manifestará en el retorno de Cristo. En sentido más amplio, no obstante, “comunión de los santos" también es una magnitud presente: forman parte de ella todos los que pertenecen a la Iglesia de Cristo. Finalmente, la comunión de los santos se mostrará en la nueva creación en su consumación.

La posibilidad del “perdón de los pecados" que tiene su origen en el sacrificio de Cristo, también es un objeto de la confesión. La liberación fundamental del dominio del pecado tiene lugar en el Santo Bautismo con Agua, en el cual es lavado el pecado original.

El tercer artículo de la fe finaliza con dos esperanzas escatológicas, que son la “resurrección de los muertos" y la “vida eterna". La fe en la resurrección de Jesús y la consiguiente resurrección de los muertos, forman parte de las convicciones cristianas esenciales. La “resurrección de los muertos" significa que los muertos en Cristo reciben su cuerpo glorificado, con el cual pueden ser partícipes de la gloria de Dios (1Co.15:42-44).

El tercer artículo de la fe concluye con una mirada a la “vida eterna", la comunión infinita con Dios en la nueva creación.

[3] Bajo el concepto “Obra Redentora del Señor" se entiende en general el acto salvífico de Jesús, el cual ya finalizó. Si este concepto se utiliza aqui es para hacer referencia a la parte de la Iglesia en la que están activos los Apóstoles y transmiten aquellos dones salvíficos que sirven a la preparación de las primicias, la novia de Cristo.

2.4.4 El cuarto artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que el Señor Jesús gobierna en su Iglesia y que para ello ha enviado a sus Apóstoles y hasta su retorno aún los envía con el encargo de enseñar, de perdonar pecados en su nombre y de bautizar con agua y con Espíritu Santo. Volver arriba

El cuarto artículo de la fe especifica la fe en la Iglesia ya mencionada en el tercer artículo. Este artículo trata primero del reinado de Jesucristo. Él es quien gobierna en su Iglesia, porque “él es la cabeza del cuerpo" (Col.1:18). Este reinado halla expresión, entre otras cosas, en el envío de los Apóstoles. El mandato misionero (Mt.28:19-20) muestra la relación de causalidad existente entre el anuncio del Evangelio y la dispensación de los Sacramentos por un lado, y el apostolado por el otro. Aquí se toma de nuevo la apostolicidad de la Iglesia, cuyos fundamentos ya se han tratado en el tercer artículo de la fe, poniéndola en el marco concreto de la Iglesia tal como puede ser experimentada históricamente.

Dentro de la historia, el ministerio de Apóstol no está limitado a la época de la Iglesia del primer tiempo. Debe cumplir su función “hasta su retorno" [el retorno de Jesús]. A continuación se describe lo que Jesucristo obra a través de sus Apóstoles y que puede ser experimentado por cada creyente: “con el encargo de enseñar, de perdonar pecados en su nombre y de bautizar con agua y con Espíritu Santo".

El encargo “de enseñar" hace referencia al verdadero anuncio del Evangelio de la muerte, la resurrección y el retorno del Señor.

Otra función del apostolado consiste en “perdonar pecados en su nombre" [en el nombre de Jesús] (Jn.20:23), osea en el anuncio legítimo del perdón de los pecados a los hombres por el sacrificio y el mérito de Jesucristo.

El cuarto artículo de la fe concluye con una referencia a los Sacramentos del Santo Bautismo con Agua y del Santo Sellamiento. El apostolado cumple la función de bautizar con agua y con Espíritu Santo, o sea, de realizar la dispensación de aquellos Sacramentos que permitan la nueva existencia ante Dios.

2.4.5 El quinto artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que los escogidos por Dios para un ministerio son instituidos únicamente por Apóstoles, y que el poder, la bendición y la santificación para su servir provienen del ministerio de Apóstol. Volver arriba

Igual que el cuarto artículo de la fe, el quinto también habla de la importancia del ministerio de Apóstol. Mientras que en el cuarto artículo se destacaba la relación entre el ministerio de Apóstol y la verdadera doctrina, el perdón de los pecados y la dispensación de los Sacramentos, se trata aquí del ministerio espiritual. Dios es aquel que escoge a alguien para un ministerio. El ministerio no es, por lo tanto, obra humana ni tampoco de la comunidad, sino una dádiva de Dios a su Iglesia. El hombre, como expresa este artículo de la fe, lleva su ministerio por voluntad divina y no por decisión humana. Esto es llevado a cabo y puesto por obra a través del ministerio de Apóstol. El ministerio y el apostolado están directamente relacionados. Allí donde obra el ministerio de Apóstol, existe, pues, un ministerio espiritual (ver 7). Además, en la Iglesia de Cristo existen múltiples servicios para anunciar el Evangelio y en beneficio de los creyentes, que también pueden efectuarse sin una ordenación.

Los portadores de ministerio reciben a través del ministerio de Apóstol “el poder, la bendición y la santificación para su servir". El ministerio no es una finalidad en sí ni tampoco está dirigido a sí mismo, sino que tiene su lugar en la Iglesia y, en la mayoría de los casos, en una comunidad concreta. El “servir" se entiende como obrar dedicándose a Jesucristo y a la comunidad.

La ordenación para el ministerio espiritual consta de tres aspectos: “poder, bendición y santificación". Sobre todo para los ministerios sacerdotales, el momento del “poder" es de importancia decisiva, puesto que están autorizados para anunciar el perdón de los pecados por encargo del Apóstol y para consagrar la Santa Cena. Los ministerios sacerdotales participan, pues, en la debida administración de los Sacramentos que tienen a su cargo los Apóstoles. También el debido anuncio de la voluntad de salvación universal de Dios se lleva a cabo con el “poder" dispensado por el apostolado. Mediante la “bendición" se prometen el acompañamiento divino y la ayuda del Espíritu Santo para desempeñar el ministerio sacerdotal o diaconal. La “santificación" indica que el mismo Dios en su santidad e intangibilidad quiere obrar a través del ministerio. La “santificación" también es necesaria porque la Iglesia misma es una Iglesia “santa".

Aunque el portador de ministerio sea escogido por Dios, puede ser que no esté a la altura de su ministerio o hasta fracase en el mismo. Sin embargo, esto no permite poner en duda el llamado original de Dios.

Puesto que “el poder, la bendición y la santificación para su servir provienen del ministerio de Apóstol", cada portador de ministerio se encuentra en una relación indisoluble con el ministerio de Apóstol.

2.4.6 El sexto artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que el Santo Bautismo con Agua es el primer paso para la renovación del hombre en el Espíritu Santo, y que el bautizado es adoptado en la congregación de aquellos que creen en Jesucristo y se profesan a Él como su Señor. Volver arriba

El sexto artículo de la fe está dirigido al Santo Bautismo con Agua. Presenta los elementos esenciales del Bautismo con Agua. A través del mismo se elimina la separación entre el hombre y Dios que había desde el principio. Esto no se logra por el mérito del hombre, por su libre entrega a Dios, sino más bien por el hecho de que Dios se inclina hacia el hombre y lo libera del dominio del pecado. Gracias a esta dedicación de Dios, el hombre puede ser partícipe del sacrificio de Cristo, de su poder que vence al pecado. Esto se evidencia en forma directa en la eliminación del pecado original por el Bautismo con Agua y en el hecho de que el bautizado es incorporado en la Iglesia de Jesucristo; se convierte en cristiano.

El Santo Bautismo con Agua aún no comprende todo lo necesario para la nueva existencia del hombre ante Dios. Marca “el primer paso para la renovación del hombre en el Espíritu Santo". Este acontecimiento de renovación en el Espíritu Santo iniciado con el Santo Bautismo con Agua tiene su continuación en la dispensación de Espíritu Santo en el Santo Sellamiento. Sólo entonces el hombre habrá renacido de agua y Espíritu.

El Bautismo con Agua constituye no sólo la comunión con Dios, sino también la comunión de los cristianos entre sí, porque “el bautizado es adoptado en la congregación de aquellos que creen en Jesucristo y se profesan a Él como su Señor". Lafe en Jesús como Cristo y Señor, como el poder que determina su vida, es algo que vincula a los cristianos creyentes entre sí.

2.4.7 El séptimo artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que la Santa Cena ha sido instituida por el Señor mismo en memoria del una vez ofrecido, plenamente valedero sacrificio y de la amarga pasión y muerte de Cristo. El gustar dignamente la Santa Cena nos garantiza la comunión de vida con Jesucristo, nuestro Señor. Es celebrada con pan sin levadura y vino; ambos deben ser separados y suministrados por un portador de ministerio autorizado por el Apóstol. Volver arriba

Así como el sexto artículo de la fe trata sobre el Santo Bautismo con Agua, el séptimo artículo toma como tema la Santa Cena. La primera frase señala su institución por Jesucristo. La segunda frase habla de los efectos relacionados con gustar dignamente la Cena, y la frase final aclara que es necesario el ministerio autorizado para su consagración y suministro.

Primero se confiesa que la Santa Cena es una cena de conmemoración. Este aspecto ya se pone de relieve en el más antiguo texto conocido de la Santa Cena. Jesús mismo es el que exhorta a conmemorar (1Co. 11:24-25). La Santa Cena nos recuerda el “una vez ofrecido, plenamente valedero sacrificio" y la “amarga pasión y muerte de Cristo". Se conmemora en primer lugar el sacrificio de Jesús y su importancia intemporal. A ello se une la memoria de su “pasión y muerte", como lo atestiguan los Evangelios. La Santa Cena nos recuerda, pues, los acontecimientos concretos inmediatamente anteriores a la crucifixión, así como la importancia permanente de la muerte en la cruz.

La participación en la Santa Cena tiene importantes efectos, siempre y cuando sea tomada “dignamente" (1Co.11:27), lo cual se logra, entre otros, por la fe, aceptando el perdón de los pecados y con un corazón dispuesto al arrepentimiento. Gustando dignamente la Santa Cena nos es garantizada la “comunión de vida con Jesucristo, nuestro Señor" (Jn. 6:56). En este sentido, la Santa Cena fortalece la fe en Jesucristo como también la voluntad y la capacidad de seguirle. En la Santa Cena, el creyente tiene comunión sacramental con Jesucristo, su Señor, y es fortificado para llevar una vida acorde.

Luego se habla de cómo están constituidos los medios sacramentales: “es celebrada con pan sin levadura y vino". Para poder celebrar la Santa Cena, hace falta que haya “pan sin levadura" y “vino", ambos en paralelo con la cena de la Pascua. Así como el agua en el Santo Bautismo con Agua, el “pan sin levadura y el vino" son los requisitos previos visibles para este Sacramento.

Después de tratar sobre las señales exteriores, el final del séptimo artículo nombra las condiciones previas para lograr la realidad sacramental, o sea, la presencia de cuerpo y sangre de Cristo. Pan y vino deben “ser separados y suministrados por un portador de ministerio autorizado por el Apóstol". El ministerio de Apóstol y los portadores de ministerio autorizados por él hacen posible la presencia de cuerpo y sangre de Cristo en pan y vino (ver 8.2.22).

El ministerio autorizado, necesario para dar lugar a la plena realidad sacramental, lleva a cabo dos cosas: consagra y suministra la Santa Cena. “Consagrar" o “separar" significa primero que pan y vino son separados de su uso habitual (“En el nombre de Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, separo pan y vino para la Santa Cena"), y al ser pronunciadas las palabras de institución hace posible la presencia oculta de cuerpo y sangre de Cristo en los elementos visibles del pan y del vino. “Suministrar" o “dispensar" la Santa Cena significa, en este contexto, hacer accesibles cuerpo y sangre de Cristo a la comunidad, como se expresa en la invitación para tomar la Santa Cena y en la distribución de las hostias consagradas.

2.4.8 El octavo artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que los bautizados con agua deben recibir el don del Espíritu Santo a través de un Apóstol para alcanzar la filiación divina y las condiciones previas para la primogenitura. Volver arriba

El octavo artículo de la fe trata del Santo Sellamiento o Bautismo con Espíritu, es decir, de la transmisión del don del Espíritu Santo al creyente.

El Santo Sellamiento es el Sacramento que se atribuye únicamente al ministerio de Apóstol. La condición previa para recibirlo es el Santo Bautismo con Agua. Sólo los bautizados deben recibir el don del Espíritu Santo.

El Santo Sellamiento tiene efectos en el presente y en el futuro. El efecto presente de la recepción del don del Espíritu Santo es la “filiación divina" (Ro.8:14-17). La “filiación divina" es propia del cristiano que ha renacido de agua y Espíritu. Representa en cierto modo una anticipación del futuro estado de primogenitura y “sacerdocio real" (1P. 2:9). La “filiación divina" es, por lo tanto, aquella situación del hombre ante Dios caracterizada por la recepción de todos los Sacramentos y por la orientación de su vida hacia el retorno de Cristo conforme a la debida prédica del Evangelio. El efecto futuro de la recepción del don del Espíritu Santo es la primogenitura. Sin embargo, el sellado aún no posee la primogenitura, sino que mediante el Bautismo con Espíritu ha alcanzado la condición previa para tenerla. Entonces, si aspira a llegar al día del Señor, el creyente podrá tomar parte de la comunidad nupcial, de la “comunión de los santos". El sellado tiene el deber de permanecer en el seguimiento a Cristo y dejarse preparar por la palabra y los Sacramentos para el retorno de Jesucristo.

2.4.9 El noveno artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que el Señor Jesús vendrá nuevamente tan seguro como ascendió al cielo y que tomará consigo a las primicias de los muertos y los vivos que esperaron su venida y fueron preparadas; que después de las bodas en el cielo regresará con ellas a la tierra, establecerá su reino de paz y ellas reinarán con Él como el sacerdocio real. Al finalizar el reino de paz, Él hará el juicio final. Luego Dios creará un cielo nuevo y una tierra nueva y morará junto a su pueblo. Volver arriba

El noveno artículo de la fe constituye una precisión escatológica de los enunciados correspondientes al segundo y tercer artículo (retorno de Cristo, resurrección de los muertos, vida eterna). Lo detallado que es este artículo demuestra el gran valor que se le atribuye dentro de la fe nuevoapostólica a los acontecimientos del futuro.

Al comienzo este artículo se refiere a Hechos1:11: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo". Además, este artículo se conecta con los enunciados escatológicos del segundo artículo de la fe.

Unido al retorno de Jesucristo va el hecho de que el Señor “tomará consigo a las primicias de los muertos y los vivos que esperaron su venida y fueron preparadas" (comparar con 1Ts.4:16-17). Las “primicias de los muertos y los vivos" serán provistas de un cuerpo espiritual y serán arrebatadas hacia Cristo en su retorno. Las “primicias" son aquellos que llegaron a ser propiedad de Dios, que tenían una esperanza viva en la venida del Señor y se han dejado preparar para el retorno de Cristo.

El retorno de Cristo es el acontecimiento central del cual dependen otros acontecimientos escatológicos. El arrebatamiento de “los vivos y los muertos" tiene como objetivo la comunión con Jesucristo, cuya imagen son las “bodas en el cielo". Las “bodas en el cielo" constituyen el comienzo de la comunión inmediata del Señor y la comunidad nupcial.

Las “bodas en el cielo" son de duración limitada. Al término de ellas, Jesucristo se dirigirá junto con los suyos a todos aquellos hombres que no han tenido parte en ese acontecimiento. Entonces Jesucristo aparecerá visible en la tierra, donde erigirá “su reino de paz" (Ap.20:4 y 6). Como “real sacerdocio" (1P.2:9; Ap.20:6), la comunidad nupcial, cuyo símbolo numérico es “ciento cuarenta y cuatro mil" (Ap. 14:1), tendrá parte en el reinado de Cristo. El Evangelio será anunciado a todos los hombres, a los vivos y a los muertos.

Recién “al finalizar el reino de paz, Él [Jesucristo] hará el juicio final". Entonces se verá en toda la creación que Jesucristo es el Juez justo ante el cual no queda nada escondido (Jn.5:22 y 26-27).

La última frase del noveno artículo de la fe transmite una visión de la nueva creación de Dios: “Luego Dios creará un cielo nuevo y una tierra nueva y morará junto a su pueblo". Apocalipsis 21 y 22 se refieren, entre otros, a la nueva creación; será un espacio que contará con la plena presencia de Dios. Cuando se dice que Dios morará entonces junto a su pueblo, esto se refiere a una forma completamente nueva de existencia con Dios, la “vida eterna", mencionada al final del tercer artículo.

2.4.10 El décimo artículo de la fe Volver arriba

Yo creo que estoy comprometido a obedecer a las autoridades mundanas, siempre que con ello no sean transgredidas las leyes divinas. Volver arriba

El décimo artículo de la fe se distingue radicalmente de los nueve que le preceden. Mientras que el objeto de la confesión de los nueve primeros artículos es Dios como Creador, el Hijo y el Espíritu Santo, la Iglesia, sus ministerios y Sacramentos, así como la esperanza para el futuro, el décimo se refiere a la relación del cristiano con el Estado.

En el décimo artículo queda demostrado que la vida cristiana no se desarrolla fuera de la realidad estatal y social. Se observa que la fe cristiana tiene una relación básicamente positiva con el Estado, con las “autoridades mundanas". Esta relación positiva se resume bajo el concepto de la “obediencia".

Ya en tiempos del Nuevo Testamento se ha reflexionado sobre la relación entre la comunidad cristiana y las autoridades del Estado (1P. 2:11-17). Son conocidas las explicaciones de Romanos13:1-7, donde se califica al Estado como “servidor de Dios". Este pasaje ha provocado muchos malentendidos, puesto que parecía como si también hubiese un deber de obediencia incondicional frente a un Estado inconstitucional. Sin embargo, dicha interpretación no tiene en cuenta que el Estado es servidor de Dios, por tanto la voluntad divina, tal como se manifiesta por ejemplo en los Diez Mandamientos, debería ser también un parámetro para el derecho público.

Romanos 13:1-7 es también el antecedente del décimo artículo de la fe, el cual no sólo exige “obediencia" frente a las “autoridades" – es decir, lealtad ante el Estado –, sino que al mismo tiempo menciona parámetros que legitiman esta obediencia: “siempre que con ello no sean transgredidas las leyes divinas". Tampoco el Estado dispone de una libertad absoluta, sino que está sujeto al orden divino. Sus leyes, al menos, no deben ir en contra del orden divino, mejor aún es que estén en armonía con éste. Cuando la voluntad divina y la legislación del Estado no se contradicen o incluso en cierto modo se complementan, el cristiano está comprometido a aceptar estas leyes para sí como positivas y valederas. Pero si ambos se contradicen, vale para el individuo la siguiente palabra: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5:29).

EXTRACTO Volver arriba

Una de las funciones del apostolado es la de interpretar en forma determinante la Sagrada Escritura y las Confesiones de fe de la Iglesia antigua. Un resultado significativo es la Confesión de fe nuevoapostólica. (2.4)

El primer artículo de la fe habla sobre la existencia de Dios, el Padre, como el Creador. (2.4.1)

El segundo artículo de la fe trata sobre Jesucristo, que es el fundamento y contenido de la fe cristiana. (2.4.2)

El tercer artículo de la fe confiesa la fe en el Espíritu Santo, la tercera persona de la divinidad, la fe en la Iglesia y en ulterior salvación. (2.4.3)

El cuarto artículo de la fe dice que Jesucristo gobierna en su Iglesia y que este reinado halla expresión en el envío de los Apóstoles. (2.4.4)

El quinto artículo de la fe expresa que Dios es aquel que escoge a alguien para un ministerio y que los portadores de ministerio reciben a través del ministerio de Apóstol poder, bendición y santificación. (2.4.5)

El sexto artículo de la fe está dirigido al Santo Bautismo con Agua. (2.4.6)

El séptimo artículo de la fe toma como tema la Santa Cena. (2.4.7)

El octavo artículo de la fe trata del Santo Sellamiento. (2.4.8)

El noveno artículo de la fe habla del retorno de Cristo y de los hechos que acontecerán a su continuación. (2.4.9)

El décimo artículo de la fe tiene como contenido la relación del cristiano con el Estado. (2.4.10)