Catecismo

13 El cristiano nuevoapostólico y su vida de fe

13.1 La oración Volver arriba

En muchas religiones, las oraciones son expresión de entrega a un ser superior. La oración es, en general, la forma de expresar la devoción.

El cristiano entiende por oración una posibilidad que Dios brinda al hombre para comunicarse con Él. En la oración, el creyente experimenta que Dios está presente, Dios oye y Dios responde. Así, el hombre creyente se inclina en humildad ante la majestuosidad y el amor de Dios. La oración está estrechamente relacionada con el Espíritu Santo (Ro. 8:26).

En el Antiguo y el Nuevo Testamento, la oración es expresar en palabras la fe en Dios, quien se ha revelado como Creador, Sustentador y Redentor. Dios se dirigió primero al hombre; por eso la oración siempre es la respuesta del hombre a la palabra emitida por Dios.

La idea simbólica de que orar es como el “respirar del alma" deja en claro lo necesaria que es la oración para la fe. Una fe sin oración no es una fe viva. En la oración se expresa el amor y el respeto hacia Dios. Las peticiones se presentan a Dios en la certeza de que el Todopoderoso guiará todas las cosas para bien del que ora y para su eterna salvación.

13.1.1 Las oraciones en el Antiguo Testamento Volver arriba

Una primera indicación bíblica sobre la oración se encuentra en Génesis 4:26: “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová". Esto define un rasgo esencial propio, de allí en más, de las oraciones: el hombre se dirige a Dios y lo invoca creyendo profundamente que Dios lo oye.

Salmos 95:6 exhorta: “Venid, adoremos". En muchos cánticos y salmos del Antiguo Testamento hay testimonios de la adoración de Dios; como ejemplo puede mencionarse el cántico de Moisés: “Porque el nombre de Jehová proclamaré. Engrandeced a nuestro Dios. Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos su caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto" (Dt. 32:3-4).

“Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia" (Sal. 106:1) exhorta el autor de los salmos. El agradecimiento al eterno Dios se manifiesta en la oración alabando y glorificando.

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente" (Sal. 51:10-12). Justamente estas peticiones, además de las referidas a la vida material, son las que testifican lo que es importante para quienes oran con fe.

“Moisés oró por el pueblo" (Nm. 21:7), cuando Dios por las murmuraciones de los israelistas había enviado serpientes venenosas. Mediante la intercesión tienen cabida en la oración el amor al prójimo y la misericordia.

En el libro de los Salmos se refleja toda la riqueza espiritual de la oración del Antiguo Testamento. En él, la oración ya toma la dirección de la oración neotestamentaria. Un ejemplo es la oración de Ana. Ella presenta a Dios su petición por un hijo; la Sagrada Escritura dice que ella había derramado su alma delante de Jehová (1 S. 1:15). Su oración de agradecimiento después de haber sido atendida con gracia, es un ejemplo de profunda alabanza a Dios, cuyo contenido está estrechamente emparentado con el cántico de alabanza, el “Magnificat" de María (1 S. 2:1-10; Lc. 1:46-55).

13.1.2 Jesús enseña a orar Volver arriba

A través de Jesucristo cambió básicamente la relación del hombre con Dios. Sobre el fundamento de esta nueva relación con Dios, el Señor enseña una forma de orar antes desconocida: es por un lado, la oración del hijo que habla con Dios como su Padre lleno de amor (Mt. 6:9), y por el otro, la oración “en espíritu y en verdad" (Jn. 4:24).

Sus discípulos eran judíos creyentes; por eso, aunque la oración les era familiar, quisieron aprender a orar así como Jesús. Uno de sus discípulos le pidió: “Señor, enséñanos a orar" (Lc. 11:1). Entonces Jesús pronunció la oración del “Padre Nuestro" (ver 12.1.7).

El Sermón del Monte contiene algunas indicaciones sobre la oración (Mt. 6:5-8): cuando uno ora, no hay que hacerlo para ser visto y además, que no sean muchas palabras, pues “vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotres le pidáis". La oración, antes bien, debe venir del corazón.

En tres parábolas, Jesús destacó aspectos importantes de la forma de orar: en la parábola del amigo que pedía, destacó que una oración fervorosa surte efecto (Lc. 11:5-10). La parábola de la viuda que rogaba, exhorta a orar con perseverancia y paciencia (Lc. 18:1-8). Con la parábola del fariseo y el publicano, mostró la importancia de la humildad al orar (Lc. 18:10-14).

Una indicación del Señor para orar en vista de su retorno, se halla en Lucas 21:36: “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre". Así, la oración también está vinculada con velar mientras se espera la venida del Señor.

13.1.3 Jesús ora Volver arriba

En el Evangelio de Lucas se informa que Jesús oró de modo especial antes de acontecimientos decisivos:

  • antes de que el Espíritu Santo descendiese sobre Él (Lc. 3:21-22);

  • antes de elegir a los doce Apóstoles (Lc. 6:12);

  • antes de designar a Pedro como la roca sobre la cual edifica su Iglesia (Lc. 9:18-21; agregando también Mt. 16:13-20);

  • antes de que el Padre lo transfigurase delante de los testigos de aquende y allende (Lc. 9:28-36);

  • antes de comenzar su amargo padecimiento (Lc. 22:41-46);

  • antes de morir en la cruz (Lc. 23:46).

Los Evangelios dan cuenta de la rica vida de oración de Jesús: muchas veces se retraía para conversar con su Padre (entre otros, Mt. 14:23; Mr. 1:35). Él lo alababa (Mt. 11:25-27) y le agradecía ya antes de que su oración hubiese sido atendida (Jn. 11:41-42).

En Juan 17 es transmitida la oración sacerdotal. En la intercesión por los Apóstoles y la Iglesia: “Mas no ruego solamente por estos [los Apóstoles], sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno" (Jn. 17:20-21), se puede reconocer cómo Jesucristo se presentaba como intercesor ante el Padre celestial (1 Jn. 2:1).

Antes de su padecimiento, Jesús oró. Se arrodilló y se inclinó en humildad bajo la voluntad de su Padre: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Esta oración fue un clamor del alma. Dios no dejó sin respuesta esta súplica: apareció un ángel para fortalecerle (Lc. 22:41-44). Incluso cuando el Señor estaba colgado de la cruz, oró por los que lo atormentaban (Lc. 23:34). Aun sus últimas palabras antes de morir fueron una oración: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23:46).

13.1.4 La oración de los primeros cristianos Volver arriba

Hechos 4:23-31 brinda una síntesis de cuán serias eran las oraciones en las primeras comunidades. Desde los comienzos, los primeros cristianos oraban en conjunto (Hch. 1:14). Se informa de intensas oraciones relacionadas con hechos de trascendencia, así por ejemplo la elección de Matías como Apóstol o la institución de los primeros siete Diáconos (ver 7.5). En situaciones de peligro, los Apóstoles eran acompañados por profundas oraciones (Hch. 1:24-25; 6:6; 12:12).

En las epístolas de los Apóstoles se destaca la importancia de la oración (Stg. 5:15-16). Los Apóstoles informaban que ellos oraban por la comunidad (Ef. 1:16-23) y alentaban a ser perseverantes en la oración (1 Ts. 5:17).

Surge de 1 Timoteo 2:1 que las oraciones de los creyentes deben incluir a todos los hombres: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres".

13.1.5 La oración de los cristianos nuevoapostólicos Volver arriba

La oración conjunta en el Servicio Divino cumple una función esencial: después de la invocación trinitaria a Dios, comienza la oración inicial, en la cual se presentan adoración, alabanza y agradecimiento por la protección y el acompañamiento, peticiones e intercesiones. Con el Padrenuestro, la comunidad pronuncia conjuntamente la oración del Hijo de Dios. Antes de la consagración de la Santa Cena, se pronuncia la oración del sacrificio, en la cual se agradece por el sacrificio de Cristo, el perdón de los pecados que ya ha acontecido, el envío de los Apóstoles y la promesa del retorno de Cristo. Al final de Servicio Divino se pronuncia una oración en la cual se agradece por lo recibido en el Oficio, se ruega por protección y acompañamiento de Dios en el camino y se expresa la nostalgia por el día del Señor; en las intercesiones tienen lugar, además de las súplicas de los hermanos en la fe, también las de todos los hombres. Así también se ruega que Dios acepte las ofrendas y bendiga a quienes han ofrendado.

Además de las oraciones conjuntas realizadas en los Servicios Divinos, los cristianos nuevoapostólicos cultivan una intensa vida de oración individual. Ellos comienzan y finalizan el día con una oración. Así también oran antes de las comidas. En el curso del día, asimismo, se dirigen una y otra vez a Dios a fin de sentir su cercanía y buscar su ayuda. En las familias, los padres oran con sus hijos, llevándolos a tener su propia vida de oración.

La oración no está ligada a una forma externa. No obstante se puede favorecer la profundidad de la oración, por ejemplo, cerrando los ojos, juntando las manos o arrodillándose. El que ora se retrae así del ajetreo de la vida cotidiana, hace una pausa y se inclina humildemente ante Dios.

Al orar no es necesario expresarse con palabras especialmente seleccionadas; Dios conoce el corazón del que ora. Si su actitud se caracteriza por humildad, fe, confianza y amor, esa oración ciertamente agrada al Todopoderoso. No es necesario que el que ora pronuncie las palabras, también las oraciones en silencio llegan hasta Dios.

En su contenido, la oración está determinada en general por adoración, agradecimiento, petición e intercesión. El conocer la majestuosidad de Dios y la gracia de poder llamarlo Padre (Ro. 8:15) instan a adorarlo. El agradecimiento incluye todo lo que ha surgido de la bondad de Dios: forma parte de ello ante todo lo grandioso que hizo Dios y aún hace en el hombre a través de la palabra, la gracia y los Sacramentos. Además se agradece por las dádivas materiales como alimento, vestimenta, vivienda, pero también por la protección y el amparo angelical. En las peticiones se traen ante Dios todos los deseos, como por ejemplo protección en la fe y ayuda divina en la vida cotidiana. La petición más importante se orienta al pronto retorno de Cristo y a alcanzar la dignidad para el mismo. La intercesión no está limitada a la propia familia o a la comunidad. Más bien comprende a todos los que necesitan la ayuda de Dios, sea en esta tierra como en el mundo de allende.

No toda oración debe estar integrada por estas cuatro partes, Dios también escucha una oración breve y fervorosa elevada a Él en situaciones particulares de la vida. Así, acaso las depresiones, los estados de angustia, los dolores corporales o el sufrimiento profundo pueden llevar a que ya no se encuentren los pensamientos para formular una oración. Tampoco en esos momentos, el que ora queda excluido de la ayuda y la cercanía de Dios. Al respecto dice Romanos 8:26: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles". También puede servir de ayuda orar el Padrenuestro o decir un salmo, como por ejemplo Salmos 23.

La oración finaliza con la palabra hebrea “amén", que significa: “así sea". Resulta intrascendente si uno mismo pronunció la oración o si participó de la misma en espíritu.

13.1.6 Efectos de la oración Volver arriba

La oración consciente hace que el hombre comprenda: ¡En toda mi existencia dependo de Dios! La posición del que ora tiene por impronta la fe infantil, humildad y temor de Dios. También se expresa en formulaciones como: “... por voluntad de Jesús" o “... en el nombre de Jesús".

Cuando una petición expresada en la oración es atendida, esto fortalece la fe y aumenta el agradecimiento. Pero el que ora también experimenta que no toda petición se cumple, lo cual no hace que el creyente pierda la confianza: tiene la certeza de que Dios oye cada oración y en su amor finalmente hará que todas las cosas ayuden a bien de los que le aman (Ro. 8:28).

EXTRACTO Volver arriba

La oración es la respuesta del hombre a la palabra emitida por Dios. En la oración, el creyente experimenta que Dios está presente, Dios oye y Dios responde. (13.1)

Los Salmos son un testimonio importante de la oración en el Antiguo Testamento. En ellos se encuentran adoración de Dios, agradecimiento, petición e intercesión. (13.1.1)

Jesucristo enseñó a orar como un hijo que habla con Dios como su “Padre" y a orar “en espíritu y en verdad". El Padrenuestro que Él enseñó, es el ejemplo para la oración de los cristianos. (13.1.2)

Los Evangelios dan cuenta de la rica vida de oración de Jesús. En Juan 17 es transmitida la oración sacerdotal, en la cual Jesucristo expresó su intercesión por los Apóstoles y la comunidad. (13.1.3)

Los primeros cristianos cultivaron desde el principio la oración conjunta. (13.1.4)

Además de las oraciones conjuntas realizadas en los Servicios Divinos, es importante para los cristianos nuevoapostólicos una intensa vida de oración individual. (13.1.5)

En su contenido, la oración está determinada por adoración, agradecimiento, petición e intercesión. La petición más importante se orienta al pronto retorno de Cristo y a alcanzar la dignidad. (13.1.5)

13.2 Disposición a la ofrenda Volver arriba

Por “disposición a la ofrenda" o “disposición al sacrificio" se entiende la disposición íntima de una persona de utilizar sus fuerzas y dones en bien de otros, dejando de lado total o parcialmente la realización de intereses propios.

El concepto “ofrenda" abarca muchos aspectos diferentes. Así en el uso general del idioma, se denomina “ofrenda" o “sacrificio" a las dádivas que se ofrecen a un ser superior, como a los hechos que las personas realizan para servir a otros. Los recursos pecuniarios que se donan para motivos religiosos, también se denominan “ofrendas" en el uso lingüístico religioso.

En la ofrenda se expresan honra a Dios, agradecimiento, entrega y sumisión.

13.2.1 Del servicio de los sacrificios en el Antiguo Testamento hasta la entrega de la vida a Dios Volver arriba

En casi todas las religiones de la antigüedad, eran muy importantes las ofrendas y el servicio de los sacrificios, como así también en Israel. Con las ofrendas se buscaba propiciar la misericordia de Dios, evitar el castigo y procurar reconciliación. Las ofrendas eran muy variadas.

Las primeras ofrendas mencionadas en la Biblia fueron las de los hijos de Adán y Eva: Caín ofrendó frutos del campo, Abel mató animales de su rebaño (Gn. 4:3-4). Dios miró a ambos ofrendadores y a sus ofrendas. Mientras aceptó con agrado la ofrenda de Abel traída con fe, rechazó a Caín y su ofrenda (He. 11:4 y Gn. 4:4-5). Por lo tanto, Dios no ve con agrado todas las ofrendas; lo decisivo para que Dios las acepte con agrado es el sentimiento con el que se le ofrecen las dádivas.

La ley mosaica imponía un servicio de sacrificios de múltiples facetas y rituales. Abarcaba el holocausto, la ofrenda de alimentos, la ofrenda de agradecimiento, la ofrenda por el pecado y la ofrenda expiatoria que eran ofrecidas a Dios (Lv. 1 a 7). Además de la ofrenda matutina y la vespertina, en determinados días del calendario los sacerdotes ofrecían sacrificios especiales por el pueblo. Se cubrían de esa manera los pecados del pueblo de Israel. También había ofrendas que traía cada individuo por diferentes motivos, acaso por faltas cometidas inconscientemente (Lv. 4 ss.) o por las inmundicias de su cuerpo (Lv. 15:14 ss.).

La totalidad de los servicios de los sacrificios establecidos en el Antiguo Testamento perdieron su valor para siempre por medio de la ofrenda de Cristo (He. 8 a 10:18).

En el nuevo pacto, la ofrenda adquiere otra dimensión. Así el Apóstol Pablo hace un llamado a los cristianos para que presenten sus cuerpos “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios" (Ro. 12:1). Esto significa que uno debe conformar su vida según los parámetros del Evangelio: el cristiano se entrega a Dios con todo lo que tiene y es.

13.2.2 Jesucristo, ejemplo de disposición a la ofrenda Volver arriba

El pensamiento sobre la ofrenda presentado en Romanos 12:1 debe verse tomando como base el antecedente de que Jesucristo dio su cuerpo, es decir, se entregó a sí mismo como ofrenda y sacrificio por amor al hombre (Ef. 5:2; He. 10:10). El creyente tiene presente el sacrificio de Jesús como un hecho santo e incomparable. Sabe que sólo el sacrificio de Cristo tiene efectos de redención.

A pesar de que ningún otro sacrificio puede ser comparado con el del Señor, su disposición a la ofrenda es un ejemplo que invita al seguimiento.

Ya antes de su padecimiento y su muerte quedó demostrada su disposición a la ofrenda en su humillación (Fil. 2:6-8). Su amor con entrega total ya se hizo evidente en el hecho de dejar la gloria junto al Padre, despojarse de su figura divina y venir a la bajeza de la naturaleza humana. El Apóstol Pablo convierte esta intención en un lineamiento para la conducta de todo cristiano: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros" (Fil. 2:3-4). Esto requiere una disposición a la ofrenda que también debe hacerse ostensible en la vida dentro de la comunidad.

13.2.3 Disposición a la ofrenda basada en la fe, el agradecimiento y el amor Volver arriba

En el sentido cristiano, la ofrenda no puede ser una obligación impuesta; tampoco se puede hacer esperando una retribución, sino que acontece voluntariamente y con fe, por agradecimiento y amor. Si uno ofrenda con esta actitud, la ofrenda, aunque requiera mucho esfuerzo, frecuentemente ya no es pecibida como un sacrificio. Así, muchas veces los creyentes no consideran una carga, sino un privilegio, el poder participar con sus dones y fuerzas en bien de la comunidad y del prójimo.

La disposición a la ofrenda nace del amor.

Si la disposición a la ofrenda es sustentada por el amor, se cumple la voluntad de Dios y se obra en el sentir de Jesús.

Quien da de lo que ha recibido, sea en bienes materiales o inmateriales, coloca señales de agradecimiento y amor. En Hebreos 13:16 está la exhortación: “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios".

La disposición a la ofrenda se exterioriza de muchas maneras. Una gran parte de la vida en la comunidad sólo es posible por el sentir de la ofrenda de los miembros de la comunidad, proveniente de una profunda convicción y amor a Dios y su Obra. Muchos hermanos y hermanas en la fe ponen una buena parte de su tiempo libre, de sus fuerzas y capacidades, al servicio de la comunidad sin recibir retribución alguna por ello. Muchos colaboran en la parte musical y en la enseñanza que se brinda en la Iglesia, otros prestan servicios para mantener los terrenos y los edificios de las iglesias, para adornar el altar y otras tareas. Los portadores de ministerio trabajan sin percibir honorarios, a excepción de muy pocos; los Servicios Divinos, la dispensación de los Sacramentos, los actos de bendición, así como las honras fúnebres, se efectúan gratuitamente. Son atendidas regularmente las familias y los enfermos; a los ancianos, discapacitados y a los que no tienen familia se les presta una atención particular. Se cumple así el doble mandamiento del amor.

Por lo demás, vale la exhortación de hacer el bien a los hermanos en la fe necesitados (Gá. 6:10). El amor al prójimo también impulsa a colaborar con personas que pasan por situaciones de emergencia (Mt. 25:34-46) y catástrofes; esto puede efectuarse mediante donaciones de dinero y de bienes. Asimismo, las obras caritativas sostenidas por la Iglesia en el marco de su responsabilidad social y con las cuales presta ayuda en emergencias en todo el mundo, se financian básicamente por aportes voluntarios.

La disposición a la ofrenda es para los cristianos nuevoapostólicos una cuestión de corazón. Es deseo de los creyentes expresar su agradecimiento y amor a Dios mediante dádivas concretas (ofrendas), sea con dinero o productos de la naturaleza. Se pueden orientar a tal efecto en el “diezmo" de Malaquías 3:10. Las ofrendas son colocadas habitualmente en las cajas de ofrendas dispuestas durante los Servicios Divinos u otros eventos religiosos o son transferidas a cuentas bancarias de la Iglesia. En ocasión del agradecimiento por la cosecha, en muchas regiones se ofrece una ofrenda de agradecimiento adicional.

Todos los recursos financieros se entregan voluntariamente y por lo general, en forma anónima. De esa manera es posible solventar todos los gastos sin percibir impuestos religiosos ni aportes de los miembros. Con la ofrenda se agradece a Dios y se realiza un aporte para la edificación y la consumación de su Obra.

En todas las ofrendas, lo decisivo es la actitud. Jesús en su tiempo “vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía" (Lc. 21:1-4).

En un sentido amplio, una ofrenda que pueden traer los creyentes, es la entrega del propio corazón, por lo cual se entiende brindar todos los dones y fuerzas, como asimismo la plena confianza en Dios. Así también en determinadas situaciones se puede constituir en ofrenda el poner la propia voluntad bajo la voluntad de Dios. Estas son ofrendas espirituales, como exigía el Apóstol Pedro (1 P. 2:5). Además, se ofrenda mucho tiempo y fuerzas al Señor colocándolos al servicio de Dios y su Obra y renunciando de alguna manera a ciertas cosas. Finalmente, constituye una ofrenda todo lo que el creyente hace o deja de hacer por amor a Dios.

13.2.4 Ofrenda y bendición Volver arriba

A Dios le agrada cuando se le ofrenda con la actitud correcta y une a ello su bendición. “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra" (2 Co. 9:6-8). De estas palabras se puede deducir que de las ofrendas no siempre tiene que resultar bendición material que pueda ser reconocida. La fe da lugar al reconocimiento de que la ofrenda que sale de un corazón limpio acarrea bendición, no obstante muchas veces quede oculta a la percepción inmediata.

En los Servicios Divinos se ruega a Dios que quiera bendecir a los ofrendadores como asimismo a todas las ofrendas. Esta bendición Dios no la coloca solamente sobre las ofrendas materiales, sino también sobre la ofrenda de tiempo, dones y capacidades para Él y su Obra, así como sobre la renuncia a beneficios personales. La bendición de Dios puede ser experimentada en lo material, mas es ante todo espiritual. Entendemos por ello la entrega de bienes divinos de salvación provenientes del mérito de Cristo (Ef. 1:3-7).

EXTRACTO Volver arriba

En la ofrenda se expresan honra a Dios, agradecimiento, entrega y sumisión. (13.2)

A pesar de que ningún otro sacrificio puede ser comparado con el de Jesucristo, su disposición a la ofrenda es un ejemplo que invita al seguimiento. (13.2.2)

La disposición a la ofrenda nace del amor. (13.2.3)

El creyente expresa su agradecimiento y amor a Dios mediante dádivas concretas, sea con dinero o productos de la naturaleza. (13.2.3)

En la vida de la comunidad, la disposición a la ofrenda se exterioriza en que muchos hermanos y hermanas en la fe ponen una buena parte de su tiempo, de sus fuerzas y capacidades, al servicio de Dios y de la comunidad sin recibir retribución alguna por ello. (13.2.3)

La bendición vinculada con la ofrenda puede ser experimentada en lo material, mas es ante todo espiritual. (13.2.4)

13.3 Matrimonio y familia Volver arriba

El matrimonio es la convivencia deseada por Dios de un hombre y una mujer sobre la cual posa su bendición. Constituye el fundamento para la familia. El matrimonio se basa en un acto de libre decisión por el cual ambos cónyuges se expresan fidelidad públicamente. El amor y la fidelidad mutuos son indispensables para el éxito del matrimonio.

La bendición de Dios constituye un elemento fundamental y valioso para el matrimonio y la familia.

13.3.1 El matrimonio como institución divina Volver arriba

El matrimonio monogámico de un hombre y una mujer es una institución divina y no sólo una institución humana. El matrimonio poligámico (matrimonio múltiple) no está en concordancia con la doctrina y la tradición cristiana.

El significado y el valor del matrimonio también quedan en claro por el hecho de que Dios ha protegido explícitamente esta institución anclándola en los Diez Mandamientos (ver 5.3.7).

Dios ha creado a los seres humanos como hombre y mujer uno para el otro. Se encuentran afirmaciones esenciales al respecto en la historia de la creación:

  • “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla" (Gn. 1:27-28). Ambos, hombre y mujer, fueron creados a imagen de Dios. Diferentes, aunque con el mismo valor ante Él, ambos se encuentran bajo la bendición de Dios y viven bajo la palabra del Creador de multiplicarse y de transformar y preservar la tierra como aquella parte de la creación confiada a ellos de acuerdo con la voluntad de Dios.

  • “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le daré ayuda idónea para él" (Gn. 2:18). El ser humano está hecho para vivir en compañía; en su cónyuge, el hombre y la mujer tienen a su homólogo a quien deben ayudar.

  • “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" (Gn. 2:24). Al contraer matrimonio, el hombre y la mujer se amalgaman en una sola entidad establecida para toda la vida.

Jesús también se exteriorizó sobre el matrimonio. En relación con la pregunta de si admitía el divorcio, tomó lo que ya había sido mencionado: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo y dijo [...] ‘Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne‘? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mt. 19:4-6).

El Apóstol Pablo toma como ejemplo para la relación conyugal a la relación entre Cristo y la comunidad. Convoca a los cónyuges a amarse y respetarse mutuamente (Ef. 5:21-33).

13.3.2 Matrimonio y bendición matrimonial Volver arriba

Las normas legales para las ceremonias matrimoniales, el estado matrimonial y el divorcio difieren de un país a otro; están sujetas a cambios como reflejo de las tendencias de la sociedad en constante evolución. La Iglesia Nueva Apostólica está a favor de la protección del matrimonio y la familia.

Recibir la bendición de boda en la Iglesia tiene gran importancia (ver 12.2.3.1). La bendición puede repercutir de diferentes maneras: afirma las fuerzas para que perdure el amor y la fidelidad; promueve la disposición para servir, ayudar y comprender; contribuye para perdonar los errores y reconciliarse. Sin embargo, la bendición recibida sólo podrá ejercer sus efectos cuando los cónyuges velen por ello en su conducta.

Es deseable que ambos cónyuges estén de acuerdo en los temas concernientes a la fe. El aceptar la palabra y la gracia, la oración compartida y las experiencias en la fe, dan firmeza al pacto matrimonial y fortalecen a la familia. De todas maneras, el hecho de que ambos cónyuges sean nuevoapostólicos no constituye una garantía en sí para una vida matrimonial armónica.

Antes del casamiento, en especial con un cónyuge de otra cultura, religión o confesión, se deben clarificar todas las cuestiones que hacen a la vida en común, lo cual redundará en beneficio del éxito en el matrimonio.

El adulterio constituye una grave violación de la confianza y un pecado (ver 5.3.7.2). Arrepentimiento sincero y penitencia, disposición a la reconciliación y la gracia de Dios pueden hacer posible a los cónyuges proseguir con el matrimonio. La Iglesia recomienda agotar todas las posibilidades para preservar y estabilizar el matrimonio.

En caso de llegar al divorcio del matrimonio, se debe prestar atención a que no tengan lugar exteriorizaciones ni actos hirientes. Ante todo a los hijos del matrimonio habría que demostrarles una conducta que les posibilite conservar también en el futuro la atención y dedicación de ambos padres.

13.3.3 Sexualidad y planificación familiar en el matrimonio Volver arriba

El matrimonio también sirve para perpetuar la raza humana: “Y los bendijo Dios [a los primeros seres humanos] y les dijo: Fructificad y multiplicaos" (Gn. 1:28).

La sexualidad en el matrimonio debe caracterizarse por la valoración y la capacidad de comprensión. Cuando se hallan en primer lugar la concordancia mutua y el amor, la sexualidad podrá fortalecer la relación conyugal como un importante eslabón de unión, contribuyendo al bienestar de ambos cónyuges.

La planificación de la familia es una cuestión de ambos cónyuges. No obstante, la Iglesia rechaza los métodos y medios anticonceptivos que tengan como efecto esencial la destrucción de óvulos ya fecundados. Se aprueba básicamente la fecundación artifical, pero se rechazan todas las medidas por las cuales podría ser destruida la vida.

EXTRACTO Volver arriba

El matrimonio es la convivencia deseada por Dios de un hombre y una mujer. Dios ha creado al hombre y la mujer uno para el otro. (13.3; 13.3.1)

La relación entre Cristo y la comunidad es tomada como ejemplo para la relación conyugal. (13.3.1)

La Iglesia Nueva Apostólica está a favor de la protección del matrimonio y la familia. (13.3.2)

Recibir la bendición de boda en la Iglesia tiene gran importancia. Puede repercutir afirmando las fuerzas para que perdure el amor y la fidelidad, pero solamente será así cuando los cónyuges velen por ello en su conducta. (13.3.2)

El adulterio constituye una grave violación de la confianza y un pecado. En caso de un divorcio, se debe prestar atención a que no tengan lugar exteriorizaciones ni actos hirientes. (13.3.2)

La sexualidad en el matrimonio debe caracterizarse por amor, valoración y capacidad de comprensión. (13.3.3)

13.3.4 Obligaciones de los padres Volver arriba

Como los hijos son una dádiva de Dios, los padres no sólo tienen un alto grado de responsabilidad frente a sus hijos y la sociedad, sino ante todo ante Dios. Ambos, padre y madre, son los principales responsables de su educación. Sólo con amor y sabiduría pueden cumplir con esta responsabilidad.

Los niños necesitan seguridad y ser cuidados con amor. Los padres, conjuntamente, educan a sus hijos en la fe y les enseñan a orientarse en valores morales. Esto requiere una significativa dedicación de tiempo; dado el caso, los padres deberían dejar de lado sus propios intereses en beneficio de sus hijos.

En el cumplimiento de su responsabilidad de educar a los hijos, los padres deberían ser conscientes de que por su propia conducta, y no por último por cómo se conducen en su unión conyugal, ejercen una función de ejemplo para los hijos.

Dentro de sus posibilidades, los padres, en su desvelo por sus hijos, promueven su desarrollo escolar y profesional para proveerles una base sólida para su futuro.

Los padres tienen el deber de educar y afirmar a sus hijos en la fe y el temor de Dios. Esto incluye familiarizar a los hijos con la palabra y la voluntad de Dios (Dt. 6:6-7), orar con ellos, asistir juntos a los Servicios Divinos y facilitarles su participación en los programas de enseñanza de la Iglesia. De esta manera, colocan las bases para que los hijos más adelante puedan conducir su vida como cristianos con convicción y se preparen para el retorno de Cristo.

13.3.5 Obligaciones de los hijos Volver arriba

Las obligaciones de los hijos hacia sus padres surgen del cuarto mandamiento (ver 5.3.5): ellos deben mostrar el debido respeto y consideración hacia sus padres. Esto se evidencia en una conducta definida por gratitud, amor, confianza y obediencia. Aún después de que los hijos dejen la casa de sus padres, les deben dispensar dedicación.

Si en la familia hubiera varios hijos, deben tratarse entre ellos con amor fraternal, contribuyendo de esa manera a la armonía familiar.

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Como los hijos son una dádiva de Dios, los padres no sólo tienen un alto grado de responsabilidad frente a sus hijos y la sociedad, sino ante todo ante Dios. (13.3.4)

Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la fe y el temor de Dios y así colocar las bases para que los hijos puedan conducir su vida como cristianos con convicción y se preparen para el retorno de Cristo. (13.3.4)

Las obligaciones de los hijos hacia sus padres surgen del cuarto mandamiento. (13.3.5)

13.4 Cumplimiento de las obligaciones en la profesión y la sociedad Volver arriba

Los vínculos religiosos, sociales y profesionales, en los que se hallan los seres humanos, condicionan su conducta de diferentes maneras. Para un cristiano, el punto inicial en el cumplimiento de estas obligaciones es la fe en Dios como aquel que establece y conserva el orden. La imposición de obligaciones y la exigencia para su cumplimiento son las características esenciales de la ley mosaica. Pero tampoco en el nuevo pacto el hombre está libre de obligaciones. Cumplirlas se entiende como una expresión de su fe en el Evangelio.

Los Diez Mandamientos proveen orientación para el cumplimiento de las obligaciones. Así, por ejemplo, se puede derivar del cuarto mandamiento el respeto y la gratitud que deben demostrar los hijos hacia los padres y la responsabilidad de los padres frente a sus hijos. Al final, tratan sobre respetar y aceptar a todas las autoridades hasta llegar a Dios. El tercer mandamiento también contiene indicaciones sobre la conducta en la vida cotidiana.

El tercer mandamiento dispone santificar el día de reposo; el texto bíblico continúa: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra" (Ex. 20:9). El individuo, por ende, tiene el deber de emplear sus energías no solamente para el propio bienestar y el de su familia, sino también en beneficio del Estado y la sociedad (Gn. 2:15; 3:17). Dios quiere dar a los hombres el pan cotidiano, pero ellos deben hacer su parte para tenerlo. Constituye una obligación para un cristiano, cumplir conscientemente las tareas que tiene asignadas en la vida cotidiana.

El cumplimiento de las obligaciones debe ocurrir dentro de ciertos límites. Las aspiraciones por una carrera no deben estar por encima del propio bienestar y del de su entorno.

El Apóstol Pablo enfatiza la obligación de los creyentes de obedecer las reglamentaciones de las autoridades estatales (Ro. 13:1 ss.). Pero sobre todas las cosas está el principio: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5:29). Pablo agrega que cada uno es responsable del bienestar común (Ro. 13:7).

13.5 La Iglesia Nueva Apostólica como parte de la sociedad Volver arriba

En la Iglesia Nueva Apostólica es anunciado el Evangelio de Cristo. Esta anunciación incluye el llamamiento a los creyentes de seguir a Jesús y su ejemplo, de amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismos (Mr. 12:30-31). Esto significa para los miembros de la Iglesia, tratar con respeto y tolerancia a todas las personas, independientemente de su origen social, su edad, su idioma y otras diferencias.

Dentro del marco de sus posibilidades y su encargo, la Iglesia como institución ayuda a promover el bienestar común, constituyéndose así en una parte integrante de la sociedad.

La Iglesia Nueva Apostólica intercede por la paz en el mundo, enseña la reconciliación y exhorta al perdón. Rechaza todo tipo de violencia.

Los cristianos nuevoapostólicos desarrollan actividades en la vida pública. La Iglesia no ejerce influencia en las concepciones y actividades políticas de sus miembros.

13.5.1 Posición frente al Estado Volver arriba

La Iglesia Nueva Apostólica valora las relaciones francas y constructivas con los gobiernos, las autoridades y las congregaciones religiosas. Adopta una postura neutral frente a los partidos políticos. En su actividad se orienta por las leyes vigentes en el respectivo país, de acuerdo con Romanos 13:1: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas" (comparar con Tit. 3:1 y 1 P. 2: 13). Esto, no obstante, no significa que todas las disposiciones surgidas de las “autoridades superiores" sean también de Dios, pues estas pueden cometer equivocaciones en sus funciones, incluso pueden producir graves daños. También el poder del Estado debe ser medido según los mandamientos divinos.

La Iglesia cumple con sus deberes dentro de las leyes y disposiciones del respectivo país; por su parte, espera que su posición sea respetada y reconocida.

La Iglesia espera que sus miembros cumplan las leyes y deberes cívicos de su país, siempre que sean acordes con los mandamientos divinos. Lo que se informa en Hechos 4 sobre Pedro y Juan puede servir de guía: cuando les fue prohibido enseñar en el nombre de Jesús, consideraron que su deber de obedecer a Dios era más importante que el deber de obedecer a las autoridades: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios" (Hch. 4:18-19). Más tarde se justificaron ante el concilio con las palabras: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5:29). Aquí se puede reconocer que es necesario, en principio, que un cristiano esté subordinado a las autoridades estatales, pero estas, no obstante, están subordinadas a las leyes divinas. Esta posición es expresada en el décimo artículo de la fe: “Yo creo que estoy comprometido a obedecer a las autoridades mundanas, siempre que con ello no sean transgredidas las leyes divinas". Por lo tanto, puede haber puntos de conflicto entre las leyes terrenas y los mandamientos divinos. En tales casos, es responsabilidad de cada uno decidir individualmente si, en base a su convicción de fe, se debería oponer a una norma establecida que transgreda las leyes divinas. Se debe entender por “normas establecidas" a las disposiciones provenientes de instancias superiores.

13.5.2 Relación con otras religiones y congregaciones religiosas Volver arriba

La Iglesia Nueva Apostólica y sus miembros respetan las manifestaciones religiosas de otras personas y se abstienen de expresarse peyorativamente sobre creyentes de otra fe, de otras religiones y congregaciones religiosas. Se esfuerzan para que su relación sea buena, pacífica y basada en el respeto mutuo. La Iglesia rechaza todo tipo de fanatismo religioso.

La relación de la Iglesia Nueva Apostólica con otras Iglesias cristianas es abierta y busca enfatizar la base común de la fe cristiana, reconociendo que cada una posee su respectiva interpretación (ver 6.5).

13.5.3 Compromiso social Volver arriba

La Iglesia Nueva Apostólica está comprometida con el Evangelio y los mandamientos de la ética cristiana. Por lo tanto, ve entre sus funciones “la práctica del amor al prójimo" en bien de los seres humanos sin consideración de sexo, edad, color de piel, nacionalidad ni religión. De manera tal, en el marco de las posibilidades ofrece asistencia a personas que se encuentran en situaciones difíciles de la vida. Esta tarea está sustentada por el compromiso voluntario de colaboradores de las comunidades, pero también brindando asistencia material.

La Iglesia planifica, promueve y apoya, en todo lo posible, a proyectos de utilidad pública, instituciones de beneficencia y acciones de ayuda caritativa en todo el mundo, también trabajando en colaboración con organizaciones de ayuda.

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Los Diez Mandamientos proveen orientación para el cumplimiento de las obligaciones. (13.4)

Los creyentes están comprometidos a obedecer las reglamentaciones de las autoridades estatales. Pero sobre todas las cosas está el principio de Hechos 5:29: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres". (13.4)

Dentro del marco de sus posibilidades y su encargo, la Iglesia como institución ayuda a promover el bienestar común. (13.5)

La Iglesia Nueva Apostólica adopta una postura neutral frente a los partidos políticos. (13.5.1)

Las manifestaciones religiosas de otras personas deben ser respetadas. La Iglesia rechaza todo tipo de fanatismo religioso. (13.5.2)

La Iglesia está comprometida con el Evangelio y los mandamientos de la ética cristiana. En el marco de las posibilidades apoya a proyectos de utilidad pública, instituciones de beneficencia y acciones de ayuda caritativa, también trabajando en colaboración con organizaciones de ayuda. (13.5.3)